Pablo Errejón e Íñigo Iglesias

Pablo Errejón e Íñigo Iglesias
íñigo Errejón, en primer plano, y Pablo Iglesias, en una imagen de archivo en el Congreso. / Juan Carlos Hidalgo (Efe)

Al principio del final, pudo parecer que la culpa era de los medios de comunicación. El periodismo de un país corrupto no puede gozar, de ninguna manera, de buena salud. Periódicos, radios y televisiones, unos intentando sobrevivir, otros tratando de que sus grupos no perdieran influencia y poder, miraban a Podemos con los mismos ojos que lo hacían sus socios PP y PSOE: intrusos desarrapados que venían a alterar el órden establecido. A por ellos.

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Algo de eso hubo. Pero ni siquiera hizo falta que el periodismo español llevase hasta el final su enésima demostración de podredumbre. Podemos no necesitaba la ayuda de nadie para tirar por tierra las esperanzas de cinco millones de personas. Se valían y sobraban ellos solos, nuevos políticos con parecidos ombligos, para tropezar en viejas piedras y revolcarse en antiguos charcos. “¿Veis como son iguales?”, se burlaban los liberales de Esperanza Aguirre con la solvencia que les otorgaba haber destapado la trama Gürtel.

Escucho por la mañana en la radio a Pablo Iglesias. Y por la tarde a Íñigo Errejón. Al día siguiente, en una televisión, por la mañana está Iñigo Errejón y por la tarde Pablo Iglesias. Como en una cinta sinfín, el 15-M convertido en día de la marmota, repiten ideas que tienen que ver con ellos mismos, con su presencia y su presente, con su futuro personal. Han perdido frescura, es evidente. Pero lo grave no es eso, lo grave es que llegan a parecer petulantes y ególatras. Hablan de sí mismos, de sus relaciones, de su amistad, de sus diferencias, de sus bromas y de sus planes en caso de éxito o fracaso. ¿La gente, los parados, los inmigrantes, las mujeres maltratadas, los desahuciados, los trabajadores pobres, las centrales nucleares? Ya, claro, por supuesto… pero eso después de Vistalegre.

ticketea

Escuchar a Pablo Iglesias y a Iñigo Errejón se ha vuelto previsible, aburrido, vacío. Han hablado demasiado. Demasiada radio, demasiada prensa, demasiada tele. La sensación de que han tocado fondo, de que ya han dicho todo lo que tenían que decir, es demoledora. Pocas ideas nuevas, pocas propuestas ilusionantes, pocas estrategias innovadoras. Las palabras de Pablo Iglesias e Íñigo Errejón rebotan en mis oídos como la lluvia en la uralita. Transversalidad, compañeros y compañeras, viraje ideológico, discrepancias, liderazgo, camarillas… Son los términos favoritos de Pablo Iglesias e Iñigo Errejón, pero podrían ser los de Pablo Errejón e Íñigo Iglesias, una monstruosa pareja de baile que, atornillada por los pies a su cajita de música, se ve obligada a bailar agarrada una canción de cuatro acordes, la misma, que se repite en un bucle infinito. Un coñazo, una decepción, una tristeza enorme.

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