No sólo no temen a Trump, sino que…

Pedro_Costa_MorataSeguramente habrán de ser las incidencias y prácticas heterodoxas de política interior lo que arruinará el periodo presidencial de Donald Trump, pero interesa adelantar hasta qué punto su eslogan de “America first”, ciertamente inaceptable, no va a intimidar a quienes llevan años tomándole las medidas a una potencia en fase degradante, aunque brutal y arrogante, como es Estados Unidos. Civilizaciones antiguas, sabias y pacientes como la coreana, la china, la persa-iraní, la rusa… que han sobrevivido bajo vestimentas histórico-políticas diversas, se enfrentan ahora a un personaje inculto, descarado y violento que, elegido en una nación de pertinaces mediocridades políticas, se propone algo tan absurdo como forzar la inflexión en una historia irreversible, como es la de la decadencia norteamericana; cuando el verdadero papel útil de su mandato sería gestionar esa pérdida inevitable de posiciones, esa reubicación, sin duda declinante, en el tablero internacional (como vino a hacer Obama, aun sin reconocerlo, a través de ciertas políticas desarrolladas durante sus ocho años en la Casa Blanca).

Aunque la presidencia norteamericana nos ha regalado a lo largo de los años con personajes ciertamente mejorables, sin duda este mandatario indescriptible incrementará las tensiones y el sufrimiento en el mundo, teniendo en cuenta sus rasgos y sus propósitos, pero no podrá conseguir que, precisamente, los estados que él se viene fijando como objetivos a batir o humillar, cedan ante sus bravatas e incluso dejen pasar la ocasión para infligirle algunas lecciones.

No había transcurrido un mes desde que Trump asumiera la presidencia imperial cuando Corea del Norte se permitió hacer lo que hacen otros: demostrar que posee una capacidad militar de cuidado, ensayando con misiles de largo alcance y capacidad nuclear. La prensa internacional, que no cesa de zaherir al régimen de Pyongyang, viene ocultando que las demostraciones de fuerza de este país suelen producirse cuando se desarrollan maniobras militares conjuntas de Corea del Sur y Estados Unidos, a las que considera, con razón, amenazantes.

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En este punto y espacio es donde la imprudencia anunciada de Trump puede chocar más fácilmente con China, que también critica esas maniobras y viene elevando el tono de su oposición al rearme de Corea del Sur y su frontera con el vecino comunista con el pretexto siempre del peligro nuclear norcoreano. Es en las relaciones con Pekín donde más claramente comprobarán los norteamericanos que su hegemonía quebró hace tiempo, y que ya no poseen la menor posibilidad de intimidar al gigante asiático. El ámbito coreano es el principal de los escenarios de crisis en los que pueden encontrarse Washington y Pekín, y en él no solamente interviene la aparente insolencia norcoreana, sino también la situación política surcoreana, en la que una vez más los Estados Unidos se sienten más cómodos apoyando a dirigentes dictatoriales o corruptos --como durante el largo periodo de poder incontestado de Park Chung-hee y más recientemente con su “democrática” hija, Park Geun-hye, depuesta por los tribunales-- que verdaderamente democráticos, que acaban tomando iniciativas de acercamiento con Pyongyang.  Corea del Sur vive desde al armisticio de Panmunjon (1953) una prolongada situación de crisis moral y política, sin que su espectacular desarrollo económico haya servido para adormecer una opinión publica caracterizada por la frustración y la desesperanza, en la que la presencia militar norteamericana pesa tanto o más que la cercanía comunista de los hermanos del Norte. China no admitirá que en el escenario coreano se desate ninguna crisis que ponga en peligro su seguridad, y por eso advierte a Estados Unidos sobre la inoportunidad de sus maniobras militares, sea con Corea del Sur, sea con Japón.

La segunda posibilidad de confrontación consiste en los contenciosos territoriales que enfrentan a China con los países vecinos a cuenta de ciertas islas e islotes dispersos en el Mar de la China y que son reivindicados, también, por Vietnam, Filipinas e incluso por Taiwán y Japón. En todos ellos los Estados Unidos han asistido cautamente al desarrollo de los acontecimientos, aunque alineándose generalmente con los oponentes a China. Habrá que ver si estas tensiones, cada vez más amenazadoras, son consideradas por el gobierno de Trump como una ocasión adecuada para “parar los pies” a Pekín o más bien opta por eludir la confrontación directa, ya que no dispone, aunque así lo crea, de la ventaja estratégica necesaria.

Tampoco Irán ha dejado de hacerle cara a la nueva situación, advirtiendo que Trump no es quién para arrogarse el papel de gendarme del mundo. Los dirigentes de Teherán ya han recordado al inquilino de la casa Blanca que desde la revolución de 1979 todos los presidentes han querido agredir, coaccionar o debilitar al país, sin que hayan conseguido otra cosa que hacerlo más estable y poderoso. Las bravuconadas de cow boy, por otra parte, estimularán la carrera de armamentos en la región del Próximo y Medio Oriente, y acabarán eximiendo a los dirigentes de Teherán de los compromisos adquiridos en las negociaciones con Occidente en relación con su acceso al átomo militar; porque es inaceptable que sea Israel la única potencia nuclear de la región, con el respaldo de Occidente y en especial de Estados Unidos, que el nuevo presidente acrecentará. Trump y sus generalotes se lo pensarán muy mucho antes de atacar --como empiezan a citar como posibilidad-- las instalaciones nucleares, aunque sean civiles, de Irán.

El caso de Rusia es otro ejemplo de potencia que ninguna inferioridad muestra ante las salidas de tono de Trump, y además “colorea” las relaciones bilaterales con un morbo que no tiene precedente en las relaciones Washington-Moscú, debido a los vínculos económicos, y sus corolarios de carácter político inevitable, del propio presidente norteamericano con el poder ruso. Pero puede dejarse aparte esta peculiaridad del contradictorio Trump, llamada a diluirse en la inevitable competencia planetaria entre las dos primeras potencias, y alguno de sus asesores habrá de recordarle que actualmente no es posible asustar a Rusia.

Incluso la pequeña Cuba, que no pudo hacerse grandes ilusiones con las iniciativas (espectaculares y seguramente sinceras) de Obama orientadas, al menos aparentemente, a la normalización de relaciones bilaterales, ya ha calificado de “irracionales” algunas de las iniciativas anunciadas por Trump, en especial las relativas al muro con México. Y tampoco tiene motivos el nuevo presidente para creer que va a conseguir con Cuba lo que no consiguió ninguno de los presidentes, desde Kennedy, que lo han precedido.

Como una amenaza para medio mundo debe tomarse ese otro eslogan trumpiano de que “América debe volver a ganar guerras”, que pone en evidencia el carácter ignorante, osado y hasta chabacano de este presidente, que parece incapaz de sacar conclusiones, 40 años después, de la derrota norteamericana en Vietnam tras poner en el campo de batalla ingentes cantidades de hombres y un material demoledor. Aquello fue una derrota neta, pero las guerras acometidas posteriormente por Estados Unidos no han hecho más que encadenar nuevas crisis y conflictos, haciendo mucho más inseguro el mundo y produciendo sufrimientos indecibles.

(*) Pedro Costa Morata es ingeniero, sociólogo y periodista.