De Guindos, fatuo pero agresivo: por unas décimas de PIB…

El ministro de Economía, Industria y Competitividad, Luis de Guindos, el pasado día 25, en la inauguración de la XXXIII Reunión del Círculo de Economía de Sitges.
El ministro de Economía, Industria y Competitividad, Luis de Guindos, el pasado día 25, en la inauguración de la XXXIII Reunión del Círculo de Economía de Sitges. / Andreu Dalmau (Efe)

Como otros de sus colegas en el Gobierno, Luis de Guindos es lo que parece y se define por sus palabras, nada ambiguas, más que por sus acciones. De la misma forma que el ministro de Justicia, Catalá, se define haciendo escarnio de la justicia cuando afirma, todo convencido, que “la responsabilidad política por la corrupción se salda en las urnas”, el de Economía, De Guindos, ya expresó fielmente su concepto del trabajo humano cuando tributó como meritorio pretencioso ante los comisarios comunitarios ávidos de carnaza, con aquel anuncio tan decidido como veraz y terrorífico: “Hemos aprobado una reforma laboral extremadamente agresiva”.

A primera vista, y siguiendo su actividad tranquila y lineal, parecería que De Guindos es un tipo prescindible, ya que dedica la mayor y más luminosa parte de su tiempo a algo tan inútil como hacer anuncios sobre los aumentos previstos del crecimiento económico para este año y los siguientes… que ni siquiera necesita elaborar desde su Ministerio dadas las numerosas entidades –UE, Banco de España, OCDE, FMI… – que hacen ese trabajo por él. Además, la mayor parte de sus tareas directas en la economía española viene determinada, o encuadrada, por las instrucciones y los mandatos de la Unión Europea, por lo que el trabajo que en realidad le queda para ganarse el sueldo es mínimo (y decreciente).

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Es verdad que, aparte de vivir pendiente de las estadísticas del PIB, este ministro tiene otras responsabilidades, pero también es cierto que casi sería mejor que no las tuviera. Por ejemplo, salvar a los bancos y disculpar sus crímenes y trapacerías con generoso dinero público asegurando –cuando quiere justificar que es esencial “preservar nuestro sistema financiero”– que tendrán que pagar un día esos fondos que se les regala para, una vez salvados, reconocer –en gesto muy familiar al maltratado contribuyente español– que esa recuperación es imposible. O promoviendo la competitividad del país, es decir, frenando los salarios con el instrumento de una política social indecente. “España está creciendo porque somos más competitivos…”, es decir, porque estamos empobreciendo a la mayor parte de la población española, con empleos cuya remuneración se reduce año a año, aumentando vertiginosamente las capas de población situadas en la transición entre la necesidad y la pobreza.

Se trata, qué duda cabe, de un tipo competitivo, con el currículum profesional adecuado de naturaleza empresarial y bancaria, curtido en sonoros consejos de administración, agraciado con fabulosos emolumentos y dotado de una formación de alto funcionario del Estado, ideal para dedicar su vida, como tantos otros y otras de su clan, a reventar y humillar al Estado desde dentro. Porque, en efecto, nuestro personaje es un exquisito representante de esa clase zángana, la financiera, relanzada por la última y más grave perversión del capitalismo, que financiariza todo lo que pilla, muy singularmente el futuro.

Hombre de negocios cómodos, político de la derecha eterna, ministro de la aristocracia transecular, De Guindos nos deslumbra por su inutilidad política y su indiferencia social; y nos asombra por el papel clave que sin embargo ostenta en el gigantesco plan de despojo y empobrecimiento con el que nos viene distinguiendo el gobierno de Rajoy. No porque sea ocioso su trabajo, que resulta providencial para el capital y las grandes empresas, sino porque asume con frialdad envidiable el papel de un auténtico enemigo del pueblo al que, sin embargo, se le permite que se enseñoree de nuestra suerte sin que se le altere el semblante ni se le arrugue el entrecejo: un tipo feliz, parece, cuya fortuna –que precede a su cargo ministerial y que continuará tras su cese– se hace cada día sobre las espaldas de millones de españoles en caída libre: el empeoramiento generalizado de todos los indicadores socioeconómicos desde los primeros años de 1980, bulle en el cerebro de este distante y estirado figurón, al que sólo el aumento del PIB parece importar.

Imposible sería, tentando su competencia científico-económica, hacerle ver que, en el entorno de las políticas económicas de las que es corresponsable, por cada décima de incremento del PIB (ese indicador que parece colmar sus aspiraciones políticas) las matemáticas de la macroeconomía podrían encontrar varios cientos de miles de ciudadanos expulsados del mercado de trabajo, otros tantos precarizados y muchos más precipitados desde un grupo de renta a otro (siempre más bajo); es decir, que el crecimiento de ese PIB se nos ha convertido en la clave de la regresión de decenios a la que se nos somete, y que no está previsto que remontemos nunca.

Los daños personales y sociales derivados de sus políticas o de las del Gobierno en el que participa, con seguridad que no le quitan el sueño. ¿La pobreza generalizada de millones de españoles con salarios con los que no pueden vivir con dignidad? Bueno… eso viene de lejos y no es culpa suya; además, si hemos (han) vivido décadas por encima de nuestras (sus) posibilidades, lo lógico es que ahora paguemos (paguen) esos excesos… ¿La pobreza infantil, galopante entre 2008 y 2015, que nos sitúa junto a Grecia y Rumania, en la cola de la UE? Bueno, esos datos parecen exagerados, pero en todo caso con el crecimiento del PIB esa pobreza infantil, así como la de tipo general, irá reduciéndose poco a poco… Se trata de alguien incapaz –ideológica, moral y políticamente– de aceptar que el transcurso de la crisis es una monumental estafa en la que él representa a un farsante adorador de fetiches y cuyo papel no puede ser más que ése: el de un mandado y vocero de las insidias comunitarias, que se cree a pie juntillas que lo que conviene a la UE conviene necesariamente a España. Un personaje que, de formación, familia y tribu inasimilables, resulta discretamente perturbador, ladinamente fugitivo de las invectivas de los humillados, cínicamente servidor de la versión más actual del Estado canalla, que depreda al ciudadano y a sí mismo, mientras protege y consolida a las clases de siempre; solidario, por educación e ideología con esa burocracia neoliberal que ha secuestrado a Europa y que, tranquila y segura, administra a pueblos y países el ricino de una disciplina fiscal-economicista que se ha convertido en el objetivo básico de una partida de elegantes desalmados, insensibles al dolor de millones de personas.

Lo de menos, en este retrato de estirado salvador de privilegiados, es la inevitable dosis de nepotismo: esas historias, que fracasaron gracias al escándalo levantado, de los generosos nombramientos de su sobrina Beatriz de Guindos y de su amigo José Manuel Soria, que confirman que nuestro personaje no duda en incurrir en las habituales prácticas amiguistas de las camarillas que se dotan de impunidad.

Un independiente, por lo demás, al que no se le caen los anillos de servir a un partido híper corrupto, dándoselas de estar por encima de minucias de ese jaez, ya que los suyo es salvar a la economía de anteriores manirrotos. De ahí que nos recuerde que la crisis en España “empezó en 2009”, como si pudiera ocultar que él fue parte importante del desencadenamiento de esta catástrofe, ya que figuró de forma señalada en los distintos gobiernos de Aznar desde 1996, cuando su doctrinarismo (o su incompetencia teórica y práctica) le hacía negar la existencia de la burbuja inmobiliaria, culpable de todo esto y a la que dieron lugar los gobiernos en los que participó.