Marcando paquete

Arnold Schwarzenegger, Emmanuel Macron y el primer ministro belga Charles Michel posan junto a un grupo de adolescentes
Arnold Schwarzenegger, Emmanuel Macron y el primer ministro belga Charles Michel posan junto a un grupo de adolescentes frente a la Torre Eifel, el pasado 12 de diciembre. / @EmmanuelMacron (Twitter)

Conforme se nos escapa el 2017 entre los dedos, el ciclo informativo se ha acelerado tan agresivamente que las noticias españolas parecen devorarse unas a otras como pirañas, compitiendo a vida o muerte en una actualidad cada vez más líquida. En este contexto virulento, por momentos grotesco, el papel del curador de información ―periodista o gurú mediático― que hace de intermediario entre la noticia y el público es hoy tan crucial como traicionero. En el río revuelto de la sobreinformación, los ‘expertos’ echan sus redes temprano, atrapan la noticia y la revenden ya etiquetada, es decir, clasificada por el feroz sistema binario que discrimina toda nuestra vida ideológicamente. En España este binarismo dogmático que ordena todo pensamiento o acto es una guerra civil posmoderna que dispara palabras como balas de AK-47. Al entrar en las redes cada mañana los mercaderes mediáticos nos venden su ‘pescaíto informativo’ ―la piraña es comestible, por cierto― con técnicas variadas que van desde la simpatía individual tipo tendero de barrio hasta la presión teledirigida de cientos de miles de escuderos mediáticos.

No hay nada inocente en esta feroz manipulación de la actualidad desde el instante mismo en que sucede. Sin esperar a que la historia la escriban los vencedores, el siglo XXI adapta a Orwell al mundo global posbélico, demostrando que hoy los vencedores son los que antes logran codificar la realidad, convirtiéndola en ‘historia’ desde el minuto uno. Como nos avisaba Roland Barthes, esta apropiación de la realidad sitúa el discurso histórico y el literario en el mismo plano, pues ambos se manifiestan en un formato narrativo y emplean técnicas comunes. Lo que hace el historiador con el dato es, denuncia Barthes, un acto poético casi idéntico al de la prosa literaria, que aplica una serie de teorías plausibles para explicar “lo que de verdad pasó”. La historia que nos enseñan en el colegio es por tanto una colección de versiones del pasado, que a su vez ha pasado por un proceso subjetivo de selección y discriminación institucional antes de llegar a nuestras sufridas entendederas. Del mismo modo, el curador de información del siglo XXI ―periodista o gurú mediático― pretende validar una hipótesis elegida a priori y que coincide con su particular visión del mundo.

Publicidad

«Millones de usuarios creen estar pensando y tomando decisiones cuando, de hecho, sufren un ‘efecto contagio’ idéntico al vivido en un estadio de fútbol»

Cuando el ciudadano occidental entra en las redes para informarse, a menudo creyéndose astuto por ahorrarse el precio de un periódico tradicional, se encuentra con una realidad ya tratada o producida donde todo ―desde el resultado de unas elecciones hasta un partido de fútbol, el estreno de una película o el tiempo soleado en la costa cantábrica― lleva una etiqueta política. En vez de informarse, el incauto individuo se da un chute de ideología que es, a fin de cuentas, una deformación de la realidad y, en última instancia, una deformación del pensamiento. Esta desfiguración de la realidad impone un esquema binario artificial, donde se incrustan todos los temas de la actualidad política, económica, social, cultural, deportiva e incluso meteorológica. Las redes sociales ―la “prensa” del siglo XXI, admitámoslo― engullen los temas y los vomitan en forma binaria, para que el público receptor multiplique por miles y por millones sus consignas prefabricadas y enfrentadas. Millones de usuarios creen estar pensando y tomando decisiones cuando, de hecho, sufren un ‘efecto contagio’ idéntico al vivido en un estadio de fútbol.

Pensar ha dejado de ser necesario, porque los curadores de información ―periodistas y gurús mediáticos― se encargan de machacar a diario lo que uno debe asumir. Al pretender acoplar los elementos arbitrarios de este universo binario, los políticos patinan. José Luis Rodríguez Zapatero nos contaba en 2004 que “la igualdad entre sexos es más efectiva contra el terrorismo que la fuerza militar”. El pospartidista Emmanuel Macron caía en el binarismo hace unos meses al pregonar que “para acabar con el terrorismo hay que acabar con el cambio climático”. Entre tanto, el ciudadano elige su equipo ideológico basándose en variables con frecuencia alejadas de los programas de los partidos políticos y, a menudo, sin saber bien por qué defiende violentamente las ideas del bando que se ha visto casi obligado a elegir. En noviembre de 2016 la muerte de Fidel Castro se revendió en Twitter España como una comparación con Franco y degeneró en un tema falsamente binario, igualando a ambos dictadores. Los ejemplos son infinitos. En España prácticamente no hay noticia que se salve. El desafío intelectual es desmontar esta mentalidad futbolística que consiste en elegir un bando ideológico y aceptar obligatoriamente la imposición doctrinal ―o caja respectiva de ideas― que conlleva. El gran reto para el 2018 es romper con esta dictadura binaria y empezar a pensar fuera de la caja. Y sobre todo rebasar la obligación de los paquetes de ideas etiquetadas arbitrariamente como ‘de izquierdas’ o ‘de derechas’. Occidente es la admirable creación conjunta de la izquierda y la derecha, que no pueden existir la una sin la otra.