Y todos tan contentos

  • Hace años que la representación política mayoritaria en España no es bipartidista. Hace años que la norma es un reparto entre cuatro partidos o una bipolarizacion bífida
  • Lo nuevo, lo que es realmente nuevo, y que la izquierda es incapaz de reconocer y analizar, es el avance de Ciudadanos, por encima del retroceso del PP

La lectura de los recientes resultados del CIS confirman mis peores pronósticos en relación con la capacidad de autocrítica de la nueva y la vieja políticas y, en consecuencia, con la escasa posibilidad de rectificar los errores cometidos.

Según hemos conocido esta semana, resulta que el principal significado de la encuesta para Unidos Podemos (y para algunos medios relevantes de opinión) es el desplome del bipartidismo, como si este no se hubiera producido ya hace tres años, en torno a las elecciones Generales de 2015. Es cierto que la caída se acentúa, en particular el desplome del PP, pero no deja de ser tan solo una confirmación de algo asimilado.

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Hace años que la representación política mayoritaria en España no es bipartidista. Hace años que la norma es un reparto entre cuatro partidos o una bipolarizacion bífida, con dos fuerzas políticas de la derecha frente a otras dos de la izquierda. Dicho en otros términos, con dos fuerzas políticas tradicionales frente otras dos de más reciente aparición.

Una fractura que suma a la división ideológica clásica entre izquierda y derecha nuevas divisiones, no solo la de lo nuevo y lo viejo, sino una fundamental: la generacional, que viene a sumarse a otras como la geográfica, la de género…

Sin embargo, insisto, nada de esto es nuevo. Ni el resultado del CIS hace otra cosa que confirmarlo. De hecho, ha sido objeto de estudios particulares desde entonces. Lo nuevo, lo que es realmente nuevo, y que la izquierda es incapaz de reconocer y analizar, es el avance de Ciudadanos, por encima del retroceso del PP. Un partido, el naranja, que se convierte en la principal fuerza de la oposición al Gobierno del PP y, lo que es aún más significativo para la izquierda, el incremento de la distancia de la derecha en su conjunto frente a las dos fuerzas mayoritarias de la izquierda.

No es un dato menor el de que la derecha monopolice al tiempo el Gobierno y la oposición mayoritaria, ni que la izquierda quede relegada a bastante distancia a la tercera y cuarta posiciones entre las fuerzas políticas.

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Se puede afirmar que esto ya había ocurrido tras el fracaso de la investidura de izquierdas en las primeras Generales del cambio de representación y el fin del bipartidismo. De hecho, facilitó la investidura en minoría de Rajoy con el apoyo de Ciudadanos y la abstención del PSOE y le ha permitido gobernar enterrando el espejismo del gobierno cameral, pero no sería la verdad.

El Congreso de los diputados muestra todavía hoy un equilibrio entre izquierda y derecha que solo desempatarían precariamente los nacionalistas e independentistas. Baste con ver los resultados ajustadísimos de las sucesivas votaciones presupuestarias. La encuesta del CIS, por el contrario, muestra un cambio cualitativo, y espero que coyuntural, en la relación hasta ahora equilibrada entre derecha e izquierda en favor de la derecha con el liderazgo pujante de Ciudadanos.

De ello podemos concluir también un cambio del ciclo de giro hacia la izquierda que comenzó hace tres años con motivo de las elecciones europeas, autonómicas y municipales, confirmado luego en las elecciones Generales de 2015.

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Si hubiese la mínima capacidad autocrítica en la izquierda, y no fuesen más importantes las mezquinas nostalgias hegemónicas y los no menos mezquinos sorpassos, lo prioritario sería este cambio electoral y de ciclo político hacia la derecha. Esta debería ser la principal preocupación, además de una llamada de atención y el principal objeto de análisis electoral.

No cabría duda entonces que el factor explicativo del retroceso de la izquierda y consiguiente avance de la derecha estaría en la cuestión catalana y el bucle nacionalista entre el independentismo y los nacionalismos españoles. Se abriría entonces el debate sobre por qué las izquierdas no han sabido presentar una agenda social compartida y potente frente a la lacra de la desigualdad, como alternativa a la movilización y el relato nacionalistas, cuando ha bastado con que éste se relajase para que aparecieran en un primer plano las reivindicaciones feministas el 8M y las de los pensionistas movilizados.

Se abriría también la reflexión de si la representación política de España, cuando se percibe en riesgo su unidad, la ostenta irremisiblemente la derecha para sectores mayoritarios de la ciudadanía o si, por el contrario, es posible una propuesta federalista y al mismo tiempo comprometida con la unidad de los trabajadores y de los sectores populares, pero también de la comunidad de historia, valores y sentimientos que hemos dado en llamar España.

Estoy convencido de que aún estamos a tiempo de no quedarnos todos tan contentos.

Gaspar Llamazares es promotor de Actúa.

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