Censura más que instrumental

Gaspar Llamazares, promotor de Actúa

En los últimos tiempos, el término instrumental en política hace furor, tanto si hablamos de partidos instrumentales, como de candidaturas, y más recientemente aplicado a las mociones de censura como alternativa creativa a la moción de censura presentada por Pedro Sánchez. El adjetivo instrumental niega al sustantivo, sea este partido, candidatura o moción de censura: ni unos ni otros existen más que como voluntad de negar al original.

Aunque era ya conocida la implicación del PP en los casos de corrupción, la sentencia de la primera parte del caso Gürtel significa un punto de inflexión, y no sólo porque se condena al partido del Gobierno como partícipe a título lucrativo, sino también porque son ya los propios tribunales los que han puesto en duda la credibilidad de la palabra del presidente del Gobierno. Credibilidad y legitimidad que, estando bajo mínimos, han caído con la sentencia literalmente al suelo. Y como decía G. Ferrero, la mentira del poder acababa con su legitimidad. Primero, hablando de conspiración contra el PP; luego, obstruyendo a la justicia e inhabilitando al juez instructor; más tarde, situándose como víctima y repudiando a los conmilitones encausados para finalmente considerarlos como parte de un pasado remoto y al margen del partido. Todo ello sumado a la reiterada negativa del presidente y del PP a una mínima autocrítica, mucho menos a asumir responsabilidades políticas.

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En este escenario era poco menos que ineludible la presentación de la moción de censura, aunque solo fuera para defender la dignidad de la política española frente a la corrupción, como gesto de resistencia democrática. Sin embargo, aunque comprensible, es dudoso que la táctica más adecuada haya sido presentarla inmediatamente, sin dar tiempo primero a la presión de la opinión pública para exigir responsabilidades al máximo nivel y con ello favorecer el diálogo para configurar una mayoría parlamentaria alternativa y favorecer el éxito de la iniciativa.

Una crítica legítima aquella que ya se formuló frente a la moción presentada por Pablo Iglesias y que hace que prevalezcan las razones electorales y de partido frente al objetivo de un Gobierno de regeneración democrática, diálogo político y territorial.

Es verdad que esto no es nuevo en las mociones de censura al margen de su formulación como constructivas. Pedro Sánchez reclama un Gobierno del PSOE para esa regeneración democrática, una agenda de urgencias sociales, cumplir con los compromisos con la UE y, solo después, convocar elecciones. Ciudadanos, cogido a contrapié y escudándose en la ausencia de diálogo, ha anunciado que votará contra la moción del PSOE, aunque propone pactar más tarde otra moción de carácter “instrumental” (también con el PSOE) para convocar elecciones. Su argumento es que no quieren mezclarse con "populistas ni separatistas". Anuncio que supone una nueva finta del partido autodenominado constitucionalista con un tipo de censura que no existe ni cuenta con el mínimo de apoyos necesarios para promoverla.

A favor de la censura estarían el PSOE, Unidos Podemos, PDCat, ERC, NC y Bildu. En contra, el PP, Ciudadanos, Foro y UPN. El PNV aún no se ha pronunciado --querrá que el trámite presupuestario finalice antes--, aunque la critica por precipitada. La moción del PSOE aparece pues como improbable a consecuencia del rosario de incompatibilidades entre viejos y nuevos partidos y entre ellos mismos. Las mismas querellas que ya impidieron un acuerdo regenerador en las elecciones de diciembre de 2015 y que luego permitieron la investidura de Rajoy tras las de junio de 2016 sin que éste siquiera tuviese que despeinarse, ni asumiese la responsabilidad de presentarse primero y finamente de negociar una mayoría. Porque Cs prefiere el Gobierno agonizante de un PP zombi con el que capitalizar la reacción nacionalista al independentismo a aparecer de la mano de la izquierda. Porque los independentistas le ponen a Sánchez un precio impagable a costa de la división de poderes y el respeto a la legalidad. Porque el PNV calcula sobre todo cómo quedan sus acuerdos presupuestarios por los que ha sacrificado su discurso nacionalista frente al 155.

Sánchez solo cuenta hasta ahora con la izquierda, donde incluso Podemos la apoya sin condiciones, pero sin dejar de pasarle las facturas de la investidura y de su negativa a apoyar su reciente moción de censura.
La única ventaja para Sánchez será el ponerse al frente de la dignidad democrática frente a la corrupción, la recuperación del debilitado foco mediático y su presentación como alternativa a Rajoy, como ya ocurriera, aunque en otra coyuntura menos dramática, con la censura encabezada por Pablo Iglesias. Todo ello pone en evidencia también la extrema dificultad entonces, y la práctica imposibilidad ahora, de alcanzar una mayoría parlamentaria alternativa del PSOE con Podemos y los nacionalistas e independentistas. La ocasión perdida más segura de haber echado al PP fue haberse abstenido en segunda votación en marzo de 2016 en la investidura de Pedro Sánchez.

En definitiva, la moción de censura tiene, como en todas las anteriores, escasas posibilidades, pero sí algunas virtualidades: una acción con la que el PSOE hace olvidar su consentimiento a la investidura de junio; con la que Podemos pretende olvidar sus inoportunas condiciones de entonces al voto de investidura y sale así de su situación de interiorización. Pero, desde entonces, la política se ha degradado más con la salida injusta de la crisis, la DUI y el 155 en Cataluña, también con la corrupción y sus consiguientes efectos de malestar social, división y desconfianza políticas. Ciudadanos, agazapado en el bucle nacionalista y el deterioro del PP, se ve obligado a salir a campo abierto. Los demás calculan la jugada en función de intereses y territorio.

No sabemos si irá a la primera, si habrá una segunda oportunidad o si de nuevo Rajoy se mantendrá hasta la próxima sentencia judicial o incluso hasta el final de legislatura. Porque ya no se trata tanto de la agonía del PP como de las incompatibilidades mutuas y la  incapacidad de las fuerzas de la oposición para entenderse.

El resultado, sea cual sea, no será gratis. Lo cobraremos en regeneración si la censura tiene éxito o lo pagaremos en decepción si de nuevo fracasa.