Caminar entre precipicios

  • Ciudadanos, ve frustrada la estrategia de sostener al PP para alimentarse electoralmente del hedor de la exposición pública de su putrefacción
  • Echar a Rajoy nos reconectaba el viernes con nuestros mismos orígenes, con nuestra misma razón de ser fundacional

Se abre un tiempo nuevo y el gallinero del hemiciclo es un buen puesto de avistamiento para atisbar
lo que viene. Es desde allá desde donde vimos a Méndez de Vigo evitar levantarse para aplaudir la
diarrea verbal de Rafael Hernando, que se atrevió a poner en entredicho biográficamente a uno de
los jueces de la Gürtel, demostrando que para el PP las instituciones sólo son correas de transmisión
de su poder, cuando no las controlan prefieren destruirlas y no dudan en devaluarlas.

Desde ahí vimos a un Rajoy que nos dedicó un mutis por el foro, tres minutos elegantes y 7h de
desplante en un restaurante
. Algunos en su bancada no perdonan lo dicho y hecho en esas 7h.
Bastaba ver a Cospedal, que rehusaba aplaudir el discurso final de su jefe de filas, para intuir por
donde no vendrán los cambios en el PP.

Y desde ese entorno alejado de los focos los comentarios de unos y otros revelaban que el
sorpresivo tocado y hundido de la moción de censura no sólo se iba a llevar por delante a Rajoy,
sino que estaba disparando en la línea de flotación de otros. Efectivamente, Ciudadanos, ve
frustrada la estrategia de sostener al PP para alimentarse electoralmente del hedor de la exposición
pública de su putrefacción. El NO a la moción los vincula indeleblemente a Rajoy y sólo un fracaso
del Gobierno de Sánchez –por el que no duden trabajarán arduamente– podrá justificarlo en el medio
plazo. Rivera lo sabía y dudó, de ahí que la estrategia de Sánchez, inclemente con este, le cortara el
paso de una posible huida a la trinchera de la abstención, una vez conocido el sentido del voto del
PNV. No habría sido la primera vez, el voluble Rivera ya hizo exactamente eso cuando tumbamos el
primer decreto de la estiba. Esta vez alguien le había volado los puentes para la retirada.

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Y mientras en la bancada de Unidos Podemos por el contrario nos nacía cantar «Sí Se Puede». Fue un
«Sí se Puede» puramente emocional, cuyo origen sólo puede ser rastreado en las decenas de mensajes
de alegría y felicitación que recibíamos de los compañeros y compañeras de los distintos sectores y
luchas con los que trabajamos, sectores que más allá de la estricta secuencia de los acontecimientos
nos atribuía una buena porción del resultado: echar a Rajoy. Echar a Rajoy nos reconectaba el
viernes con nuestros mismos orígenes, con nuestra misma razón de ser fundacional.

Un segundo conector, más profundo y menos visible explica que el grito de guerra de esta moción
de censura pase a ser el «Sí se Puede». Siento que nuestro país, nuestro pueblo, llevaba meses
abotargado, sin horizonte, avejentado por los efluvios viperinos de un Rajoy-Grima (el
malintencionado consejero real de El Señor de los Anillos) que nos impedía conectar con nosotros
mismos, con la posibilidad de esperanzarnos en la construcción de un futuro colectivo, un horizonte
ilusionante. Destruir a Grima y liberar a Theoden, reilusionarnos nos conecta con esa sensación que
nos vio nacer en 2014, la de poder mover montañas.

Ese es el sentido común, el estado de ánimo sobre el que se tambalea hoy el equilibrio inestable de
la política española. Un equilibrio que no durará mucho. Estoy seguro de que veremos vaivenes y
recomposiciones a la izquierda y a la derecha y no lo duden, terminaremos por deslizarnos a una
década de gobiernos de uno u otro signo. Y es ese el escenario que toca conjurar o propiciar. Desde
este viernes una mayoría transversal en la calle ha tomado forma, una mayoría que no entiende de
siglas y que espera de quienes las dirigen la misma altura de miras. Se percibe que es momento de
Política con mayúsculas, la que que escribe los libros de historia e inscribe a sus actores en ella.

Si no somos capaces como Pueblo de enamorarnos con un proyecto común, genuinamente
compartido al margen de siglas partidistas y a la altura de nuestro país y del siglo XXI, ganará el
rencor. Si no somos capaces de ilusionarnos con un horizonte de convivencia, ganarán los
nacionalismos excluyentes -español y catalán-. Si no somos capaces de construir metas colectivas
desde las diferencias en los matices y los ritmos para alcanzarlas, ganarán los que nunca dudan en
estar unidos en torno al beneficio propio.

En la vida, cuando se esfuma la magia, rara vez tenemos una segunda oportunidad… pero de vez en
cuando, sólo de vez en cuando, sucede… y entonces estamos ante un regalo, un regalo que no
tenemos derecho a desperdiciar.