Catalunya a cámara lenta

  • La bilateralidad que propone la ejecutiva de ERC con fuertes reticencias de sus bases críticas no tiene capacidad expansiva ni ofensiva
  • Sin embargo, sí hay campo hoy para avanzar hacia las generales a la vez que el espacio del cambio marca la agenda, en tiempo y contenido, del diálogo y la distensión

Hay un extraño discurrir en la política en Catalunya y sobre Catalunya, que se mueve patosa y a trompicones sin acabar de amoldarse al nuevo ciclo político. Del encadenamiento de planos secuencia que se cortaban en sus días D, a una cámara hiperlenta que se mueve a un lado y al otro sin mucho que enseñar.

Como dice Clara Ponsatí en su nueva y polémica entrevista en el diario.es –un ejercicio de debate sobre estrategia política añorado e inusual entre las primeras filas del procés– ‘la ola’, es decir, la culminación del nuevo relato legitimista que aguantó admirablemente ‘el farol’ de las semanas anteriores llega hasta el día que se paraliza la reelección de Carles Puigdemont y, a partir de aquí, “hay que volver a empezar”. Un Puigdemont del que, según la encuesta de La Vanguardia, uno de cada tres catalanes piensan que no debe jugar ningún papel en el diálogo. “Yo ya estoy amortizado”, que diría Perón.

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En ese volver a empezar parecen dibujarse, hoy por hoy, dos relatos: por un lado, la bilateralidad a lo Joan Tardá y, por el otro, los coletazos de la vía Puigdemont, que ante el nuevo Gobierno de Sánchez ha reducido el cerco de su antagonismo a la figura del Rey. El segundo relato ha estado lejos de materializarse después de la asistencia de Quim Torra a los Juegos Mediterráneos; el primero, es el viejo “ampliar la base”, pero con el pie cambiado. Me explico.

En los mejores años del procés, cuando las hojas de ruta lideraban a través de hitos a corto y a largo plazo toda la acción política y las cuestiones en torno a las cuáles nos posicionábamos la mayor parte de la ciudadanía –el gran estratega de esta partida siempre fue Artur Mas–, se hablaba constantemente de un ‘ampliar la base’ que funcionaba de forma diametralmente distinta de cómo se busca operar hoy.

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En ese momento, la capacidad de iniciativa del procés funcionaba como un engranaje en el que todo lo que entraba en su espacio –que era casi todo lo visible en el espacio político– quedaba reducido a la subalternidad o la caricatura. Asimismo, todo lo que se construía por oposición a éste quedaba fuera de poder plantear cualquier propuesta superadora del régimen del 78. Sólo el espacio del cambio supo desbordar esas coordenadas cuando se jugaba en el marco estatal y municipal.

Hoy, las tornas han cambiado. La bilateralidad que propone la ejecutiva de ERC con fuertes reticencias de sus bases críticas no tiene capacidad expansiva ni ofensiva y se enmarca, básicamente, en una estrategia resistencialista de gestión de la derrota en el que algunos ponen más énfasis y otros menos en aquéllo que define los ciclos resistencialistas: la visibilidad de un conflicto que no es directamente palpable para la mayoría de la sociedad o, en este caso, que puede dejar de serlo. Los CDR o los intentos de poner de énfasis en una ruptura con la Casa Real son buena muestra de ello.

En este sentido, está claro que hoy no es el momento de poner encima de la mesa proyectos de encaje finitos, acabados, el pack completo. Las posiciones estáticas hasta hoy cristalizadas necesitan de tiempo para desagregarse y poder ser articuladas de nuevo. La cámara lenta es igual para todos. Sin embargo, sí hay campo hoy para avanzar hacia las generales a la vez que el espacio del cambio marca la agenda, en tiempo y contenido, del diálogo y la distensión. El acercamiento de los líderes políticos y sociales definitivamente reforzado por la reunión entre Pablo Iglesias y Quim Torra de ayer es una buena evidencia de ello.

Este papel, sin embargo, no puede volver a quedar relegado a una figura de mediación y arbitraje. Hay que aprender de los errores cometidos el pasado otoño: no gana la carrera el que sin caballo propio sólo estira de las riendas de los demás. En este sentido, no se trata de gestionar el disenso, sino de arrogarse consensos en torno a uno.

La última encuesta del GESOP presenta un dato especialmente relevante: casi el 70% de la ciudadanía desconfía de Pedro Sánchez para gestionar el conflicto catalán, un 82,3% en Catalunya. Eso y el hecho de que el debate interno en el PSOE siga sin resolverse da al espacio del cambio un amplio margen de maniobra y centralidad en una cuestión que debe dejar de verse desde las posiciones, poco estables, de dos bloques hoy fracturados y sin actor hegemónico.

De ahí la importancia central de propuestas como la Mesa para el Diálogo de Xavier Doménech que amplían el foco a más actores en vez de fortalecer el papel de dos gobiernos débiles y en minoría y que van en la línea de las patas que dibujaba Joan Mena en su artículo sobre la concreción de un diálogo que, más allá de institucional, debe ser también político y ciudadano.

María Corrales es responsable de discurso de En Comú Podem