La monarquía y el nombre del cambio en España

Cuando hay un terremoto en California siempre nos recuerdan que, por grande que haya sido el terremoto, estamos esperando al Big One: un terremoto de una magnitud similar a los que se habrían dado en otros lugares de La Tierra pero que, dada la fragilidad de la falla de San Andrés , generaría efectos geológicos devastadores. Suele incluso haber el temor de que un potente terremoto sea sólo el preámbulo del inminente Big One.

España vivió un terremoto político entre 2011 y, al menos, 2015: entre el 15M y la transformación del sistema de partidos español, el cambio en los principales ayuntamientos de España y la elección del primer Congreso de los Diputados sin mayorías para investir un gobierno. Fueron años, en principio, de una intensa movilización social y posteriormente de una volatilidad electoral inédita en España. Cada mes había una gran movilización; apareció Podemos y a su rebufo Ciudadanos; tuvo que abdicar Juan Carlos I y cada encuesta difería en cinco puntos de la anterior, unas veces lideradas por Podemos, otras por Ciudadanos y otras por el PP o incluso por el PSOE.

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El terremoto fue intenso, pero no devastador: el régimen político del 78 era sustancialmente distinto pero seguía vivo. Y tras las elecciones de junio de 2016 parecía llegada cierta estabilidad: se mantenía el gobierno de Rajoy, apenas existía movilización política ni social y las encuestas reflejaban cierta estabilidad, volviendo a las variaciones mínimas sin grandes ascensos ni desplomes.

Quizás todo cambió a partir de la movilización soberanista catalana del 1 de octubre de 2017. El propio acto suponía un hito histórico. De su mano vino el discurso netamente partidista de Felipe VI el 3 de octubre y la aplicación por primera vez del artículo 155 de la Constitución, es decir, un cambio de raíz en la forma pública de afrontar los asuntos políticos por parte de la Corona desde 1978 y un punto de inflexión en la historia autonómica de la Transición. Volvieron las encuestas volátiles, aunque la volatilidad se localizaba sólo en la derecha: el Partido Popular se desplomaba y Ciudadanos ocupaba su lugar. Por fin, a partir de mayo de 2018, la sentencia del caso Gurtel traía la primera moción de censura exitosa de nuestra historia, la desaparición fulminante de Mariano Rajoy, la guerra civil en el Partido Popular, la generalización de la imprevisibilidad electoral… Todo ello a la vez que la ingente movilización feminista, de una importancia radical muy distinta pero comparable a la del 15M.

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Dentro de este nuevo terremoto político, es extraordinariamente relevante la aparición de las grabaciones de la testaferra confesa de Juan Carlos I, Corinna zu Sayn-Wittgenstein, apenas unas semanas después de la entrada en prisión de Iñaki Urdangarín. Una parte de la normalidad tras el primer terremoto fue la recuperación del manto de silencio en torno a la monarquía, que no puede evitar caer a plomo ante la confirmación, por boca involuntaria de una protagonista, de algo que todo el mundo podía suponer. Los mismos que financiaron ilegalmente al Partido Popular para hacer negocios, habrían financiado ilegalmente a la monarquía para hacer negocios; la relación entre la dictadura saudí y La Zarzuela se engrasaba (¡sorpresa!) con comisiones millonarias; Iñaki Urdangarín no era un delincuente creativo que actuara en solitario… y lo que todos suponemos que seguirá saliendo.

En España no hay encuestas desde hace mucho sobre la monarquía. Sorprendentemente el CIS decide que no sepamos qué opinamos los españoles sobre el modelo político de Jefatura de Estado ni sobre sus titulares. La última encuesta de IPSOS nos dice que una mayoría de españoles querrían poder votar sobre nuestra forma de gobierno y que no hay tantos partidarios de democratizar la jefatura del Estado en ninguna monarquía como en la española. Ello, antes del escándalo de las confesiones involuntarias de la testaferra del actual rey emérito.

La experiencia nos dice dos cosas:

  • En primer lugar que no hay cambio político transversal si no se le pone un nombre a ese cambio: es evidente en el caso catalán, donde han puesto un nombre a ese cambio (“independencia”) y tras él se ha situado una multitud de catalanes de orígenes diversos que han creído (que más da si es equivocadamente) que la independencia traería la modernidad, democratización y derechos sociales que no encuentran en la España del 78. ¿Hay algún nombre del cambio disponible en España que no sea República? No se trata de una pregunta sustantiva: el cambio traerá república; lo que está en cuestión es si la República puede traer el cambio y mi respuesta es que si no es la República lo que lo trae, todavía no se nos ha ocurrido qué puede ser lo que lo traiga.
  • En segundo lugar que cuando los sectores emancipadores de la sociedad no son los que se ponen en la cabeza de la manifestación es la reacción antidemocrática la que coge las banderas para otro tipo de cambio. Ante la crisis económica, el 15M permitió que el cambio posible fuera democratizador; ante la crisis territorial, sólo la reacción autoritaria (PP y Cs) pudo protagonizar la movilización nacional representada por las banderas en los balcones; si estamos ante una nueva suma de crisis y la clave de bóveda del régimen del 78, la monarquía, forma parte de esa crisis, más nos vale abanderar la alternativa de país o esa crisis tendrá como resolución la involución democrática.

La consecuencia natural de estas dos conclusiones sería mantener la exigencia de cambios sustanciales de modernización y democratización de España pero pasar a ponerle un nombre a ese cambio que, a falta de otro nombre mejor, tendría que ser República.

Pero, al tiempo, para que República sea el nombre y el instrumento movilizador es imprescindible que sea un proyecto político no asociado ni a la nostalgia ni a la izquierda y sus anclajes identitarios sino construirla como nombre de futuro, como sinónimo de modernidad y democracia, no como revancha para que ahora salga bien lo que salió mal. No se trata de poner de moda la bandera tricolor y el himno de Riego sino de lograr instrumentos para que una mayoría política (y especialmente las mayorías populares) se ilusione con un cambio que traerá una vida mejor. Por decirlo simplonamente: nuestra República debe sonar más a los valores republicanos franceses que a la simbología y nostalgia de 1931 (por muy criticable que sea la República Francesa actual y muy reivindicables que sean los valores constituyentes de la II República española).

No sólo necesitamos una alternativa republicana para España, sino que, sobre todo, debemos ser capaces de construir una alternativa al republicanismo tradicional español que hasta ahora ha puesto mucho más énfasis en consolidar los símbolos identitarios de una minoría que en conquistar para el cambio en España a mayorías políticamente desperdigadas. Pero si logramos transformar el imaginario asociado a la República, la República tiene un potencial transformador inigualable.

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