La consulta de Izquierda Unida

El pasado 10 de julio se conoció el resultado de la consulta propuesta por la dirección de Izquierda Unida acerca de una serie de modificaciones en los criterios organizativos de la formación y, en consecuencia, también de sus Estatutos. La participación en la consulta fue del 18,9% del censo, formado en este caso por el total de la afiliación. De esos participantes, el 81,6% ha votado en media favorablemente a los distintos bloques del documento (al haber 6 bloques de texto con votaciones diferenciadas, no es posible tener una votación precisa al conjunto del documento). Pero aun asumiendo esa metodología, la realidad es que el resultado de votos que respaldarían el documento ha sido del 16,1% del total de ese censo. La dirección ha presentado estos datos como resultado de un buen trabajo del equipo de organización y como un éxito, aunque esto con menor entusiasmo.

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Como es bien sabido, las estadísticas se pueden retorcer hasta que digan lo que conviene y, si se trata de un referéndum sobre un texto complejo, más aún. Incluso se puede buscar confundir en los medios participantes y total de la afiliación para ofrecer unos resultados presentables frente a los llamados sectores críticos.

No obstante y si a eso vamos, el voto negativo al documento, que sólo se podía expresar votando por una enmienda a la totalidad procedente de Baleares ha sido del 18,4% de la participación (para pasar a la votación final las enmiendas deberían ser mayoritarias en, al menos, una federación de Izquierda Unida). Supongo que además habrá que reconocer que una parte de los que no han votado lo ha hecho siguiendo los criterios y las posiciones expresados por muchos hombres y mujeres críticos con la actual hoja de ruta.

Pero no fundamento esta valoración en hacer suposiciones más o menos justificadas. El problema principal no es ese. No se trata de medir fuerzas en el interior de IU entre sus diversos sectores, por mucho que la dirección se empeñe en llevar ahí el debate y dejarlo encerrado en ese marco.

La cuestión central es medir fuerzas frente a la realidad social y política.

Y los resultados bajo ese foco, que por otra parte es el que más interesa al conjunto de la afiliación a Izquierda Unida y a los sectores sociales que se sitúan con una perspectiva de izquierda alternativa, es preocupante.

Esta consulta se ha hecho sobre unos contenidos constituyentes que son esenciales en la transformación organizativa que pretende el equipo de Alberto Garzón. Ser mayoría en una organización tiene muchas ventajas, pero también algunas exigencias. Una de ellas es que debe ser capaz de movilizar a sus partidarios y la dirección de Izquierda Unida sólo ha conseguido hacerlo con el 16,1% de la afiliación. Si a esto añadimos que el núcleo de dirección del PCE llamó expresamente, y apelando al centralismo democrático y la disciplina partidaria, a participar y votar afirmativamente el documento propuesto, tenemos la verdadera entidad del problema.

Y es que la realidad es testaruda. Muchas de las cosas que hemos dicho algunos críticos se confirman, incluida la cuestión de que el procedimiento y los plazos para el debate de este documento eran inadecuados política y orgánicamente. Pero ni siquiera quiero reivindicar esto, sino llamar la atención sobre la creciente disfuncionalidad entre nuestra hoja de ruta y la realidad.

Los procedimientos de debate y formación de las decisiones que se están aplicando en IU, tan alejados del método dialéctico y de las enseñanzas de la Historia, están generando el vaciamiento de la organización. La participación decreciente en las consultas es un buen ejemplo. Una organización líquida y sin compromiso. No hará falta decretar ninguna disolución, ni siquiera seria conveniente. Ejemplos hay.

Por ello, creo que la solución no está en pedir la dimisión de Alberto Garzón como plantean algunos compañeros, aunque acepto que se me pueda convencer de ello. El problema está en otro sitio y sólo es posible cambiar la correlación de fuerzas si introducimos el principio de realidad en nuestro debate, que exige acomodar la hoja de ruta de Izquierda Unida a los profundos cambios políticos y sociales que se han producido en España y en el mundo desde la celebración de nuestra XI Asamblea (que lógicamente esta no pudo prever), y a los resultados reales de nuestra práctica política.

Un debate necesario, amplio y sensato, plural y respetuoso con todas las posiciones, claro en los objetivos concretos para las estrategias de la organización que cada uno defienda y que busque encontrar la mejor práctica política y no la victoria de mayorías internas.

José Antonio García Rubio. Miembro de la Dirección Colegiada Federal de IU

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