Felipe VI y la imbecillitas regis

  • De la Corona tendríamos ya a un miembro en la cárcel y otro, el titular durante casi 40 años, cubierto de graves acusaciones que hasta ahora nadie ha desmentido
  • La debilidad de la monarquía es la que lleva a PSOE, PP y Ciudadanos a blindar cualquier investigación sobre el caso

Han saltado las alarmas.

Desde los sectores más moderadamente conservadores se entendió rápidamente que las escuchas a Corinna zu Sayn-Wittgenstein ponían en el centro del país las acreditadas acusaciones de corrupción sobre Juan Carlos I que hasta ahora habían venido de los márgenes.

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Hubo, por ejemplo, un editorial de El País formalmente correcto (hay que investigar a Villarejo, hay que investigar a Juan Carlos) pero que alertaba sobre los riesgos de que se abriera un debate sobre la monarquía: “Lo que una eventualidad como la apertura de una investigación o de un proceso judicial contra un mandatario pone en cuestión no es la continuidad de una forma de gobierno, la monarquía en este caso”. La Corona es un ámbito especialmente pequeño, una familia. De ella tendríamos ya a un miembro en la cárcel y otro, el titular de la Corona durante casi 40 años, cubierto de graves acusaciones que hasta ahora nadie ha desmentido. Pero ello, nos dicen, no nos debería hacer cuestionar la monarquía; algo parecido a lo que nos dice el PP: podremos tener Gürtel, Lezo, Púnica… pero son casos aislados, no cuestionemos al PP, investiguemos los casos concretos.

A estas alarmas tan, digamos, prudentes se unieron artículos ubicados más cerca de la extrema derecha que añadían la exhumación de Franco como una suerte de conspiración contra Felipe VI. Por ejemplo, Tras la cruz, la Corona de Jiménez Losantos en El Mundo y Desenterrar a Franco y enterrar la Monarquía de Rubén Amón en El País. Ambos señalaban la salida de los despojos del dictador del Valle de los Caídos como una suerte de conspiración dirigida por Podemos, con Pedro Sánchez como títere, para deslegitimar a Felipe VI. La legitimidad del rey Felipe VI residiría, pues, en Francisco Franco.

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Más allá de los disparates, llama la atención que es precisamente desde los ámbitos monárquicos desde los que se ha alertado de la imbecillitas regis (la fragilidad del monarca). Desde los sectores demócratas, que lógicamente aspirarían con mayor o menor intensidad a que la Jefatura de un Estado democrático fuera elegida democráticamente, se está siendo especialmente prudente. Felipe VI desaprovechó la ocasión para revocar el ducado de Franco como hizo (con muchísimos menos motivos) con el de Lugo. Tampoco ha dicho ni media palabra sobre las graves acusaciones de corrupción que se ciernen sobre su antecesor en el cargo, que además es su padre (algo especialmente relevante por cuanto es previsible que herede parte del patrimonio amasado con prácticas aparentemente ilegales). Pero de lo que no se podrá quejar Felipe VI es de la prudencia de esos sectores tendentes a democratizar también la Jefatura del Estado: apenas están expresando la necesidad de que se investigue qué hay de cierto en la confesión involuntaria de quien tanto sabe sobre Juan Carlos I y cuyas informaciones no han sido desmentidas por nadie relevante.

La prueba de la fragilidad de la monarquía, de esa imbecillitas regis, nos la dan precisamente los monárquicos. Esa debilidad es la que lleva a PSOE, PP y Ciudadanos a blindar cualquier investigación sobre el caso (incluso en el sorprendente caso de que fuera mentira, ¿no habría que investigar lo que entonces sería un importante ataque contra la cúspide del Estado?). Esa debilidad es la que lleva a Rafael Hernando a oponerse a la judicialización del caso “porque es mentira” (Hernando es el único bípedo conocido que ha desmentido, no sabemos con qué datos, la veracidad de lo confesado en esas grabaciones). La misma fragilidad debió de detectar Alfonso Guerra para reaparecérsenos a decir que quienes hablen de república son unos iletrados y que exhumar a Franco produce dolor (asumiendo la interpretación de los riesgos para la monarquía de la extrema derecha losantoniana). La principal prueba de la fragilidad de la monarquía es el silencio (muy anterior a las grabaciones) de las encuestas sobre la monarquía desde hace demasiado tiempo: si lo que los españoles pensamos fuera del agrado de los sectores monárquicos, no dudemos que lo sabríamos. Hasta la otrora cortesana de primera línea, Pilar Urbano, ha implorado a Juan Carlos I que ponga tierra de por medio para salvar a la Corona.

La fragilidad de la monarquía es una confesión de parte: nos la gritan los silencios de la Casa Real, nos la susurran sus defensores más prudentes, nos la cacarean los opinadores más mamarrachos. Y esa fragilidad monárquica ha delimitar a los partidos que anteponen el conservadurismo institucional a la transparencia, la decencia y, en definitiva, a la democracia.

Quien protege la corrupción en la cúspide del Estado está amparando la expansión de la corrupción por todo su andamiaje. Quien se opone a investigar el caso Corinna ¿con qué argumento defenderá que la Gürtel merecía una moción de censura? ¿Cómo puede alguien decirle a la familia Urdangarín-Borbón que Iñaki Urdangarín debe estar en la cárcel por haberse aprovechado de su pertenencia a la Familia Real para lucrarse ilegalmente? Quienes miran para otro lado cuando la mierda alcanza al rey garantizan que la mierda se vierta sobre toda España.

Hoy la imbecillitas regis es la principal grieta que sufren quienes pudrieron las instituciones del 78, que son los mismos que construyeron la Transición como una religión política. Esa fragilidad de la cúspide del edificio que ellos mismos se encargaron de pudrir es, por tanto, la principal oportunidad de quienes queremos una España limpia, moderna y democrática.