Chuletas de sajonia

Mientras espero a ser atendido en la panadería, un hombre charla con la dueña sobre la gente loca que hay por ahí. Ella estaba espantada por el hecho de pensar que alguien pueda matar a otra persona porque decide dejar de ser su pareja sentimental; a mujeres especialmente. A lo que el hombre responde aludiendo a cómo nos ocultan que la mayoría de esos casos son cometidos por extranjeros, para acto seguido afirmar que también nos esconden muchas estadísticas, incluidas las de asesinatos de mujeres a niños. Esta conversación podría servir para un tratado de la ideología, porque ayuda a entender de qué modo se forjan las creencias al margen de cualquier guía racional. No tener en cuenta esta dimensión humana a la hora de pensar la política sería como “soñar con los cuentos de hadas” (Spinoza). Los datos sirven sobre todo si primero crees, no al revés.

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En los estados alemanes que viven brotes xenófobos, la población extranjera no supone más del 6% frente al 22% de la media nacional; algo similar sucede en Francia con el voto de Le Pen, más bajo ahí donde hay más inmigración. Si tratamos de ver con los ojos de otros, quizás lo que hacen es proyectar sobre el extranjero su propio miedo a pasar a ser el último en la jerarquía social, precisamente porque ya son los penúltimos. Prefieren reivindicarse como subalternos de la nación a convertirse en excluidos de la comunidad. Se consideran alemanes de segunda clase y perjudicados en comparación con el oeste del país, pero en ausencia de otra perspectiva encuentran en el “ser alemán contra el extranjero”, una comunidad y un lugar de encuentro del que formar parte. Esto sucede al margen de que en su población haya un alto porcentaje de inmigrantes, porque la imagen construida funciona tanto si está presente la cosa como si no lo está. Las fake news no son nada sustancialmente nuevo, son la diáspora de una práctica hasta hace poco restringida y centralizada, que nos recuerda no que la información sea poder, sino que el poder puede ser información: la verdad, recuerda Nietzsche, necesita que el poder se ponga de su parte o ponerse ella de parte del poder, a lo que Foucault, responde aclarando que precisamente la cuestión política no es otra cosa que la verdad misma.

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La crisis de régimen que atraviesa a Europa, es la crisis de sociedades vertebradas alrededor del papel «irradiador» que bombeaba el empleo como garante de la estabilidad, movilidad social y acceso a la condición de ciudadanía. En ese abismo abierto entre un “ya no es como antes” pero “todavía no sé qué puede pasar”, es donde se juega todo proyecto político tratando de definir qué forma de vida es más deseable, sea una futura, pasada o una en «peligro». La idea de “forma de vida” nos indica, que por sí solas las políticas de redistribución no generan una identificación y si no se incluyen dentro de una forma de reconocimiento, jamás conseguirán convertirse en imágenes del cuerpo, solo en ideas del pensamiento. Puede haber reconocimiento sin redistribución pero difícilmente pueda darse lo contrario, redistribución sin reconocimiento. No hay forma de experimentar la realidad en ausencia de la dimensión simbólica que le aporte un significado: qué forma de vida ofrece una salida ante las adversidades en la situación concreta. En definitiva, qué forma de vida se impone y por lo tanto cuál es capaz de marcar el límite entre el ser y no ser, entre lo que somos y lo que no somos, qué es lo que delimita la frontera de una comunidad con aquello que queda fuera. Llegan vientos reaccionarios del norte de Europa y en España existe una competición encarnizada entre Rivera y Casado con Abascal de música ambiente, por ver cual ceba más en España al espíritu de Chemnitz escuchado en la panadería. No hay verdad por descubrir sino por construir.