Marx, los ratones y Alberto Garzón (parte I)

  • "Un cierto sector de la izquierda ha decidido arrojar por la borda al marxismo. Alberto Garzón corre el riesgo de sumarse a esta tendencia".
  • "El meollo de su argumento es muy claro: el marxismo está desfasado y ya no sirve como método de análisis".

Alberto Arregui, miembro de la Coordinadora Federal de IU, y Alan Woods, editor de www.marxist.com.

La izquierda, no sólo en el Estado español, vive aturdida por una paradoja evidente: el capitalismo, el sistema económico sobre el que se edifica una relación de explotación destructora de la naturaleza y del trabajo humano, ha sufrido una crisis global, quizá la más grave de su historia. Pareciera lógico que en ese momento se hubiese fortalecido una alternativa anticapitalista, pues nada mejor que la experiencia histórica para mostrar la necesidad del socialismo. Sin embargo, las formaciones políticas mayoritarias de la izquierda no han sido capaces de aprovechar estas condiciones favorables y ahora se debaten en luchas internas intentando encontrar a los culpables de su fracaso. El caso de Grecia es paradigmático, pero también lo es el del Reino de España, donde se ha frustrado la ilusión de cambio que impregnó esta década.

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Por supuesto es una obligación de cualquier militante, no sólo de los dirigentes, intentar entender el mundo en que vivimos y superar las deficiencias mostradas en la práctica. El compañero Garzón se ha puesto manos a la obra intentando averiguar dónde están los fallos, pero para obtener una buena respuesta es necesario formular una buena pregunta y para encontrar algo es necesario buscar en el terreno adecuado. Nos tememos que, al sumarse a la cohorte de profesores, parlamentarios e intelectuales en su enésimo intento de “superar” el marxismo, se está equivocando de pregunta y de terreno y corre, entre otros, el riesgo de echar balones fuera en lugar de analizar su propia responsabilidad, la de la dirección de IU bajo su égida, y la del conjunto de la izquierda.

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Nosotros pensamos que la tarea prioritaria no es “descubrir” deficiencias en la obra de Marx y Engels, para llamar a su sustitución por la nada, sino establecer las bases para hacer posible el socialismo.

Uno de los trabajos de todos los plumíferos al servicio de la burguesía de todos los países, es el anuncio constante de la muerte o, al menos, de la superación del marxismo. Alberto Garzón, en su artículo titulado con el prometedor nombre de ¿El marxismo es un método científico?, parece que se desliza por una pendiente que más que llevar a “corregir” las ideas expuestas por Marx y Engels, puede conducir a una ruptura total.

Asevera el compañero: “El marxismo no es, en resumen, la llave que abre todas las puertas. El marxismo es, más bien, una herramienta humilde para el análisis social y también para la práctica política”.

Que nosotros sepamos, nadie ha afirmado nunca que el marxismo sea “la llave que abre todas las puertas”, si bien es la única teoría consistentemente revolucionaria que nos proporciona una herramienta insustituible para entender la sociedad capitalista y, por lo tanto, preparar el terreno para su derrocamiento revolucionario.

Si eso es lo que el coordinador general de IU quiere decir, entonces estamos de acuerdo con él. Sin embargo, todo el contenido de su artículo conduce a la conclusión opuesta.

Garzón hace una referencia irónica a “las escrituras sagradas” y al “altar de la ortodoxia marxista”, y a otros lugares comunes, presentándose como un valiente innovador comprometido en una lucha contra las ideas que se han convertido en una especie de religión, una ideología petrificada que no admite ninguna modificación o cuestionamiento.

El marxismo, en nuestra firme opinión, es de hecho el socialismo científico (sin comillas) y, por lo tanto, está muy lejos de cualquier tipo de religión. Se basa en un método científico riguroso (materialismo dialéctico) y una interpretación científica de la historia (materialismo histórico).

Al igual que cualquier teoría científica, el marxismo admite cambios y modificaciones a la luz de la experiencia. Pero si examinamos las ideas fundamentales presentadas por Marx y Engels, lo que sorprende es lo poco que han tenido que modificarse en el curso de los últimos 150 años. Este hecho es, en sí mismo, una indicación de la solidez y la vitalidad del marxismo.

Permítasenos someter esta afirmación a una pequeña prueba. Si vamos a una biblioteca y tomamos cualquier libro burgués sobre sociología o política económica escrito hace 150 años, enseguida saltará a la vista que este libro no tiene más que un mero interés histórico: aplicación a las condiciones modernas, próximo a cero. Pero si abrimos las páginas del Manifiesto Comunista, escrito por dos jóvenes en 1847, Marx y Engels, encontraremos una descripción y un análisis sumamente asombrosos, no del mundo de 1847, sino del mundo en que vivimos hoy.

Sobre la vitalidad del marxismo

Este hecho ha sido ampliamente comentado en los últimos tiempos por individuos que no tienen conexión con el marxismo o que, incluso, son hostiles a él. Hasta el periódico oficial del Vaticano, L’Osservatore Romano, publicó un artículo en el 2009 elogiando el diagnóstico de Marx sobre la desigualdad de ingresos, que es un reconocimiento asombroso hacia el hombre que declaró que la religión era el opio del pueblo. El capital es ahora un best seller en Alemania. En Japón, ha sido publicado en una versión manga.

George Magnus, uno de los principales analistas económicos del banco UBS, escribió un artículo con el título intrigante: Désele a Karl Marx la oportunidad de salvar la economía mundial. UBS, con sede en Suiza, es un pilar del poder financiero, con sucursales en más de 50 países y más de 2 billones de dólares en activos. Sin embargo, en un ensayo para Bloomberg View, Magnus escribió que “la economía global de hoy en día tiene algunas semejanzas asombrosas con lo que Marx previó”.

En su artículo, comienza describiendo a los responsables políticos como “luchando por comprender el aluvión de pánico financiero, protestas y otros males que afligen al mundo” y sugiere que harían bien en estudiar las obras de “un economista fallecido hace mucho tiempo, Karl Marx”.

“Considere, por ejemplo, la predicción de Marx sobre cómo se manifestaría el conflicto inherente entre capital y trabajo asalariado. Como escribió en El capital, la búsqueda de ganancias y productividad por parte de las empresas les llevaría a necesitar cada vez menos trabajadores, creando un “ejército de reserva industrial” de pobres y desempleados: “La acumulación de riqueza en un polo es, por lo tanto, al mismo tiempo acumulación de miseria””.

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El artículo continúa: “El proceso que él [Marx] describe es visible en todo el mundo desarrollado, especialmente en los EE. UU. Los esfuerzos de las empresas para reducir costes y evitar la contratación han hecho dispararse las ganancias corporativas de EE. UU. como porcentaje del producto económico total al nivel más alto en más de seis décadas, mientras que la tasa de desempleo se ubica en 9,1 por ciento y los salarios reales están estancados.

“Mientras tanto, la desigualdad de ingresos en EE. UU. se acerca a su nivel más alto desde la década de 1920. Antes del 2008, la disparidad de ingresos estaba oscurecida por factores como el crédito fácil, que permitía a las familias pobres disfrutar de un estilo de vida más acomodado. Ahora el problema sale a la luz en toda su crudeza”.

The Wall Street Journal publicó una entrevista con el conocido economista Dr. Nouriel Roubini, el cual argumenta que la cadena de crédito está rota, y que el capitalismo ha entrado en un círculo vicioso donde el exceso de capacidad (sobreproducción), la caída de la demanda del consumidor y los altos niveles de deuda generan una falta de confianza en los inversores, reflejada en caídas estrepitosas en la bolsa de valores, la caída de los precios de los activos y el colapso de la economía real.

Como todos los demás economistas, Roubini no tiene una solución real a la crisis actual, excepto más inyecciones monetarias de los bancos centrales para evitar otro colapso. Sus conclusiones no pueden ser más pesimistas: «Karl Marx tenía razón, en algún momento el capitalismo puede destruirse a sí mismo –dijo Roubini–. Pensábamos que los mercados funcionaban. No están funcionando».

Los economistas burgueses más serios, particularmente desde la crisis del 2008, se han interesado cada vez más en las teorías de Marx y Engels. Por lo tanto, es irónico que en este mismo período un cierto sector de la izquierda haya decidido arrojar por la borda al marxismo. Alberto Garzón corre el riesgo de sumarse a esta tendencia.

La miseria del popperismo

Aunque Garzón trata de ocultar su abandono del marxismo por medio de circunloquios peculiares, haciendo preguntas a las que no da respuestas claras, el meollo de su argumento es muy claro: el marxismo está desfasado y ya no sirve como método de análisis. Por lo tanto, debemos encontrar una alternativa. Pero ¿qué alternativa propone?

El camarada Garzón dice que se opone a “citar autores muertos para ver si nuestros pensamientos actuales se ajustan a sus palabras”. Por “autores muertos”, claramente se refiere a Marx y Engels. Pero acto seguido continúa citando con aprobación las palabras de Karl Popper, quien falleció en el año de Nuestro Señor 1994 y, por lo tanto, es precisamente un autor muerto que, según se nos dice, no debe ser citado.

La elección de Karl Popper como punto de referencia para la llamada “filosofía de la ciencia” es doblemente desafortunada en vista del hecho de que dedicó casi toda su vida a vilipendiar el marxismo, el comunismo y el socialismo. Fue un defensor acérrimo de la llamada democracia liberal, es decir, el capitalismo.

Popper colaboró ​​activamente con otros defensores radicales de la “economía de libre mercado”, como Friedrich Hayek y Milton Friedman. Sus libros más famosos, La miseria del historicismo y La sociedad abierta y sus enemigos son ataques difamatorios contra el socialismo en general y el marxismo en particular.

Es francamente increíble que un líder responsable de la izquierda española y destacado militante del Partido Comunista pueda asumir seriamente a este filósofo reaccionario como el punto de partida de su argumento contra el “historicismo”, es decir, contra el marxismo mismo. En lo que respecta a las pretensiones teóricas de Popper, que se autoproclamaba el Supremo Sacerdote de una supuesta “filosofía de la ciencia”, éstas no pueden tomarse en serio. Su intento de establecer una definición arbitraria para lo que es y lo que no es ciencia («teoría de la falsabilidad») ha sido ampliamente demolido y hoy la mayoría de los científicos lo consideran con desprecio.

Nos tomamos la libertad de señalar que las teorías absurdas de Popper no solo rechazan el marxismo como ciencia, sino también las ideas de Charles Darwin, Einstein y la genética moderna. Popper afirmó que el darwinismo “no es una teoría científica comprobable, sino un programa de investigación metafísico: un posible marco para las teorías científicas comprobables” y “casi tautológico”. Valga decir que estos argumentos falsos han sido utilizados por la derecha reaccionaria en los EE. UU. para defender las ideas del Creacionismo.

¿El marxismo está desfasado?

“No podemos olvidar que Marx y Engels fueron hijos de su tiempo”, nos dice el compañero. Sí, lo fueron, al igual que Charles Darwin, Albert Einstein, Napoleón, Julio César y Jesucristo. Decir eso es decir lo obvio. Pero ¿qué hay detrás de esta afirmación? Se argumenta que Marx y Engels fueron, por citar al camarada Garzón, “productos de su época”. Esa es una forma ladina de decir que son productos del siglo XIX y, por lo tanto, pasados de moda, irremediablemente desfasados e irrelevantes para el siglo XXI. Son ideas viejas, mientras que lo que se requiere en el siglo XXI son nuevos puntos de vista. Pero … ¡para un momento, camarada Garzón!

Una idea no es necesariamente falsa por ser vieja. En el cuento de Aladino, el mago prometió lámparas nuevas a cambio de viejas. Una joven insensata se lo creyó y así perdió una fortuna. Es de suponer que esta amarga experiencia le habría servido para comprender que las nuevas lámparas no son necesariamente mejores que las antiguas, y que las personas que pregonan tales productos nuevos en las calles definitivamente deben evitarse.

Tomemos otro ejemplo. La rueda ha existido durante milenios y, a pesar de su avanzada edad, todavía funciona bastante bien. ¿Qué pensaríamos de alguien que planteara que ya es hora de prescindir de la vieja rueda e inventar una nueva, que obviamente sería mucho mejor por el mero hecho de ser nueva? ¿Qué forma tendría esta nueva rueda? ¿Sería cuadrada, rectangular u octagonal? Cualquiera que sea la forma, uno puede estar absolutamente seguro de que no nos llevaría un solo paso más allá.

Que vaya por delante que nosotros no tenemos la mente cerrada hacia nuevas ideas, siempre y cuando se nos demuestre que son superiores. Vamos a hacer una oferta al camarada Garzón: Si tú eres capaz de enseñarnos unas ideas que expliquen mejor que el marxismo la crisis actual del capitalismo, y que nos ofrezcan una alternativa mejor, nos comprometemos a abandonar el marxismo y pasar con armas y bagajes a la nueva teoría.