La aznarización del régimen del 78

  • La semana pasada asistimos en España a la reaparición mediática del expresidente del Gobierno José María Aznar
  • Esa visión unilateralista que nos hace no afrontar seriamente nuestra principal neurosis, alejándonos si es preciso del principio de realidad

Vuelve Aznar…

Siempre resulta complicado advertir por qué será recordado uno en el futuro. En el caso de la política y la historia, las cosas se enmarañan aún más, porque ésta no es solo una acumulación museística de acontecimientos pasados, sino la interpretación de hechos históricos, que inevitablemente se realiza desde un determinado presente. La semana pasada asistimos en España a una reaparición mediática que nos lo recuerda: la del expresidente del Gobierno José María Aznar. Ni más, ni menos que por partida doble: primero, en la sede de la soberanía popular en el contexto de una comisión de investigación sobre la financiación irregular de su partido y, en segundo lugar, en un debate organizado por el diario el País, presidido por su nueva directora y junto al expresidente socialista Felipe González. Decía que era complicado predecir la imagen histórica de Aznar porque si durante sus dos mandatos completos como presidente del Gobierno sucedieron muchos acontecimientos — y algunos de excepcional importancia– para el devenir del régimen del 78, imagínense la dificultad añadida de imaginarla cuando sigue siendo un actor de actualidad.

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El Pacto del Majestic con el que dio inicio su primera legislatura de la mano de la CiU de Jordi Pujol; la liberalización y la desregulación de la vivienda y del suelo, que alimentó el espejismo y la burbuja de una época; la lucha contra ETA en el duro contexto de la muerte de Miguel Ángel Blanco y la negociación con ella como “Movimiento Vasco de Liberación”; la privatización de las grandes empresas públicas españolas (Telefónica, Repsol YPF, Endesa y Tabacalera); su inapelable mayoría absoluta y el planteamiento de un nuevo nacionalismo español desacomplejado; la corrupción gubernamental con Gescartera; los Balcanes, Afganistán, Irak y el Trío de las Azores; el Prestige y el 11-M…

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Demasiados acontecimientos y contradicciones para perfilar una imagen sencilla. Aznar, un inspector de finanzas del Estado con un liderazgo gris y un fuerte complejo con Felipe González, pero con un fuerte amor propio y tenaz, se hizo con la Presidencia del Gobierno, cargando contra la corrupción de los socialistas y ofreciendo un horizonte nuevo. España cambió durante esos años, que no solo marcarían un punto de inflexión en el régimen del 78, sino su consolidación. Por un lado, la segunda Transición, como se decía en la época, se había consolidado con la llegada del partido de la derecha española, el Partido Popular, al Gobierno, garantizando así la alternancia bipartidista, esto es, “la prueba” de que la Constitución daba cabida a proyectos bien diferentes en el poder. Por el otro, algunos de los graves problemas que hoy nos amenazan se llevaban tiempo incubando y ya se veían florecer: la corrupción sistémica de unas élites cada vez más ensimismadas y las fuertes tensiones de su acuerdo en relación a la cuestión territorial, que alimentaron un nuevo nacionalismo español sin complejos y una visión unilateral de la norma constitucional, y un nacionalismo catalán más alejado de Madrid y despreocupado del devenir de España.

Dos intervenciones, dos síntomas de decadencia

14 años después, en su primera intervención de la semana pasada, Aznar regresaba al Congreso para declarar sobre la financiación irregular de su partido, la famosa caja B de Bárcenas y los graves casos de corrupción, que acabaron con el Marianato, sacando al Partido Popular del Gobierno. Engreído, rebosante de cinismo y sin complejos abandonó por completo el principio de realidad a la hora de hablar de su partido y se escudó en la responsabilidad jurídica. Varios portavoces de los grupos parlamentarios se lo recordaron sin mucho éxito. Había dominado la derecha española y presidido su partido y el país durante ocho largos años, pero ahora resultaba que entonces no estaba en ninguna parte pasa asumir responsabilidades. Su vanidad proyectaba una irresponsabilidad sin límites.

Desde su perspectiva, Aznar se sabía el paladín en la sala contra los enemigos de España y cargó, uno por uno, contra todos ellos: el PSOE, el independentismo y Podemos. Acusó al primero de una corrupción más grave y profunda que la de su propio partido, al segundo de dar un golpe de Estado y de estar permanentemente aletargado y predispuesto a volar por los aires la lealtad constitucional y a Pablo Iglesias de ser un enemigo de las libertades y la democracia. Fue completamente incapaz de realizar ninguna autocrítica, incluso ante el dócil portavoz de Ciudadanos (Toni Cantó), que le trató con un tacto y una delicadeza desmesurada, más allá de la simple cortesía parlamentaria.

Esta intervención de Aznar fue saludada y recibida de manera favorable por la derecha social y mediática. Los ecos fueron relativamente al unísono: por fin, alguien hablaba claro desde la derecha en la sede de la soberanía y se oponía dialécticamente con claridad y soltura a los verdaderos enemigos de España. Lejos de ser la originalidad de su contenido o la alta calidad parlamentaria de su intervención la causa de su repercusión mediática, tal diagnóstico solo puede hablarnos de una cierta actualidad de Aznar.

Días más tarde, su debate con el expresidente socialista Felipe González arrojaba una conclusión común, que podía haberse fraguado en esa misma sesión de la comisión de investigación al Partido Popular: el gran problema de España era la falta de lealtad de las élites catalanas a la nación española. Según una concepción aparentemente compartida por ambas partes sobre la Transición, aquella se basó en dos grandes acuerdos: no mirar hacia el pasado y hacerlo hacia el futuro, y el reconocimiento de la pluralidad de España a cambio de lealtad constitucional por parte de las fuerzas nacionalistas de los territorios históricos. Las élites catalanas habrían roto este último con su “golpe de Estado” o la “ruptura de las reglas del juego”, poniendo en jaque el orden constitucional. Ni una reflexión de qué dinámicas políticas, económicas o sociales habrían llevado a España y a Catalunya hasta este momento, ni tampoco ninguna idea para remediarlo más allá del mantra de la Constitución y la ley.

Tampoco aparecieron otras demandas crecientes de la sociedad como el reconocimiento de nuevos derechos o el blindaje de algunos ya reconocidos, ni ninguna propuesta relevante de actualización ante cambios sociales relevantes. Felipe González apuntó tímidamente a una posible reforma constitucional, pero, eso sí, volviendo a compartir lo fundamental con Aznar: la nación española es la única nación política. Y, por lo tanto, no cabe hablar en serio de una reforma en profundidad de la estructura territorial del Estado: federación, confederación o independencia. Los dos expresidentes, el popular y el socialista, ambos orgullosos de pertenecer al régimen del 78, no fueron capaces de proyectarlo hacia el futuro.

Regreso al futuro

Aznar, como el nuevo Partido Popular dirigido por Casado, parece querer volver con fuerza, recogiendo lo mejor del pasado para proyectarse hacia el futuro. El problema es que, a diferencia del protagonista de Regreso al futuro, la película de ciencia ficción dirigida por Robert Zerneckis, no tiene manera de poner a sus padres de acuerdo para garantizar su existencia, porque estos ya no existen como en su día creyó que fueron.

Además de su concepción de España, la otra idea que amaga con aparecer desarrollada en el debate con González solo muestra lo que ha cambiado todo en este tiempo: su anglofilia en política internacional. En un mundo en el que Trump ha vencido a sus amigos republicanos y el Brexit está en marcha, esa anglofilia solo puede chocar con su pretendido europeísmo y la UE como Casado ha puesto de manifiesto cargando contra Schengen, debido al juicio de Puigdemont en Bélgica.

La Constitución del 78, aquella en la que cabían los proyectos ideológicos más diversos e incluso opuestos entre sí, no parece ya recoger una distinción relevante entre nacionalidades y regiones y despliega así un nacionalismo español desacomplejado con ansias recentralizadoras e incapaz de reconocer la pluralidad sustantiva de España. Éste es seguramente el legado más actual de Aznar, que tiene ramificaciones en toda la derecha política (el nuevo Partido Popular de Casado, Ciudadanos y su concepción homogeneizadora del país y también en el resurgimiento de una fuerza como Vox), pero también en una parte importante del PSOE y de la cultura política española. Esa visión unilateralista que nos hace no afrontar seriamente nuestra principal neurosis, alejándonos si es preciso del principio de realidad.