Un negro, un moro y un judío entran a un bar… Lo que oculta un chiste racista

Si existe una herramienta normalizada para perpetuar la opresión, esa es el humor. Ante la proclamación de un chiste de carácter racista, se diría que solamente es una broma. Sin embargo, el sujeto de la broma equivale a una persona de carne y hueso que en algún momento de su vida ha recibido violencia sistemática como producto de la misma línea de pensamiento que recrea esta gracia.

Hay quien declara que: «un chiste es solo un chiste». Pero, cuando la sociedad te racializa y te trata en consecuencia de los estereotipos que vienen con ello, el chiste racista sale caro. En algún momento, alguien que ha recibido esta información, podría presentar un comportamiento o actitud hacia otra persona, relacionado con la creencia de que lo que decía el chiste era real. Pues, el chiste racista no se limita a la reacción de quien es objeto del chiste o que se ofenda fácilmente, ¡ojalá! La gravedad de chiste racista son sus consecuencias, y el principal problema aquí no es el chiste sino la posición desde donde se hace. Si estás en una posición privilegiada frente al sujeto del chiste, estás perpetuando la opresión.

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Sí, los chistes pueden llegar a ser agresiones

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Los chistes de naturaleza racista son, para sus posibles protagonistas, un recordatorio de que estos estereotipos están normalizados.

La gracia ya no es tan graciosa cuando interviene una dinámica de poder: una joven que se ríe de un chiste machista porque en ese momento está rodeada de varones, y aunque ella no quiere reírse, siente que si no lo hace la tacharán de aburrida, amargada, «feminazi», etc. ¿Y qué pasa con el chiste sobre los «panchitos» que escucha un niño o niña en la tele y repetirá mañana en la escuela, provocando que a partir de ahora se identifique con estas señas a sus compañeros de clase de origen latinoamericano – ese chiste, de hecho, podría dar inicio a una dinámica de acoso escolar – , ¿o el típico chiste que señala que los negros no sabemos expresarnos bien o poseemos una educación limitada y que repercutirá en aquella persona que busca un trabajo?, ¿y la persona gitana que empieza a recibir miradas recelosas en la oficina, todo por aquel chiste que se contó una vez en UN MONÓLOGO, en el que se insinuaba que los gitanos siempre roban o venden droga? – son estas personas las que vivirán con esas señas a sus espaldas -.

En la televisión y en los medios

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La actriz estadunidense Roseanne Barr fue cancelada de la serie Roseanne en la cadena ABC por un tweet racista, según ella un chiste, que comparaba a Valerie Jarrett, asistente de Barack Obama, con un simio. Roseanne se apresuró a comentar que ella no era racista, a pesar de que varios de sus compañeros de reparto, incluida la guionista Wanda Sykes, renunciaron inmediatamente al programa por entender el verdadero alcance social de esta «gracia».

Consciente o no, Roseanne presenta mediante el chiste fácil (la comparación simiesca) su propia idea sub-humanizada de una mujer a la que claramente considera inferior.

Y esta actriz pidió disculpas, sí, pero calificando su chiste como una broma de mal gusto y en ningún momento como racista. A pesar de los comentarios y reclamos de personas, colegas, compañeros que sí sufren el racismo. Una vez más una persona no racializada se sentía con la potestad de definir qué es racista y qué no.

Un caso similar en España se dio entre el monologuista Rober Bodegas y la comunidad gitana-romaní a raíz de un monólogo que resaltaba peyorativamente distintos estereotipos enfocados en su cultura. Sus chistes, como era de esperar, no le hicieron ninguna gracia al pueblo gitano. Lo cierto es que para él la polémica durará unos pocos días, hay quien ya lo considera «agua pasada». La comunidad gitana, en cambio, vivirá los efectos de su monólogo por mucho, mucho tiempo. Y lo saben bien, conocen las consecuencias que tienen este tipo de comentarios porque las viven constantemente, él no.

Por todo esto, es también importante el reconocimiento de la propia posición en determinados actos. Es interesante repensarse, ser conscientes de que dicha posición frente al otro es clave.

La próxima vez que escuches un chiste racista, imagina por un momento que esta persona dice lo mismo, pero, sin intentar hacer una gracia. Imagina que lo dice en serio y entenderás que convertirlo en chiste solo sirve como estrategia de silenciamiento, nada más. Creemos conciencia del peligro de normalizar ideas estereotipadas.

Georgina Marcelino, de SOS Racismo Madrid.