Defender la soberanía de Italia para construir otra Europa

  • La Europa del siglo XXI será una Europa con países soberanos que se federan para aumentar su capacidad de acción frente a los mercados

Por primera vez en veinte años, la Comisión Europea devolvió una propuesta de presupuestos generales al país de origen. Roma tiene tres semanas para modificar sus presupuestos y adaptarlos a las exigencias de Bruselas, es decir, tiene tres semanas para asumir el dogma de la austeridad y adoptar las medidas de ajuste estructural que le van aparejadas.

Las primeras declaraciones del primer ministro italiano Conte han sido claras y contundentes: Italia no dará marcha atrás y mantendrá su pulso a Bruselas. El desafío italiano a la austeridad vuelve a abrir un debate más que necesario en el seno de la construcción europea. Desde los espacios del cambio suele existir cierta reticencia a discutir abiertamente sobre lo que está sucediendo en Italia, durante el mes de septiembre fuimos testigos de fuertes encontronazos a raíz de los artículos publicados por Monereo, Anguita e Illueca.

Es importante dejar aparcados los viejos paradigmas para salirnos de las posiciones que nos pueden ofrecer mucho confort ideológico pero escasa capacidad de análisis y de diagnóstico. La tensión que se está produciendo entre Bruselas y Roma es una tensión propia a los retos de este siglo XXI y los manuales del siglo XX no permiten alumbrar la totalidad de elementos que están en disputa.

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Los presupuestos italianos son unos presupuestos muy ambiciosos en el terreno de lo social. Entre sus medidas estrella destacan la creación de una renta garantizada para seis millones de italianos y el aumento de las pensiones mínimas de jubilación a 780 euros al mes. Estas propuestas rompen de raíz con la década perdida de la austeridad y marcan el inicio de una nueva vía capaz de consolidar unas arquitecturas institucionales que por primera vez protejan a los perdedores de la globalización. No son los mejores presupuestos posibles, también incluyen las Flat Tax –que, en pocas palabras, es una bajada generalizada de impuestos a los ricos- pero sí que dibujan un camino alternativo a la norma de los últimos diez años.

Y el problema reside aquí. Al igual que sucedió en Grecia hace poco más de tres años, Italia pone encima de la mesa la posibilidad de salirse de la ortodoxia económica impuesta por una Europa construida a la alemana. Una UE que únicamente responde a los intereses del centro europeo alemán y que, sistemáticamente, impone unas medidas que perjudican a la periferia, a los países del Sur.

En este sentido, no podemos pasar por alto cómo la política monetaria del BCE está estrangulando las exportaciones italianas y españolas. La devaluación de la lira turca y la libra esterlina hace que nuestros productos sean más caros y perdamos competitividad, provocando una deslocalización que se acentúa día a día. Lo empiezan a decir incluso los industriales españoles. Esto es un ejemplo más de la imposibilidad de seguir implementando políticas económicas que destruyen las economías de las periferias pero que intentan salvar los intereses de los grandes industriales y grandes financieros alemanes.

Italia, Portugal, España y Grecia compartimos una cuestión esencial: tenemos una deuda altísima que en mayor parte está en manos de bancos que hicieron de intermediarios entre el BCE y nuestros Estados (en una estafa más consecuencia de la prohibición de compra directa de deuda por parte del BCE). Éstos, nos exigen las mismas medidas pese a que los últimos diez años demuestran el fracaso absoluto de la austeridad. Compartimos los mismos acreedores y compartimos los mismos problemas: un paro estructural elevadísimo, una presión a la baja de nuestros salarios como única forma de ganar competitividad, un exilio enorme de nuestros jóvenes, un estado del bienestar escasamente desarrollado y una corrupción endémica de nuestro funcionamiento institucional heredado de unas concepciones patrimonialistas del Estado. No es casualidad que los cuatro países hayan sufrido largos periodos de dictaduras fascistas y militares.

Cuatro países que conforman el arco mediterráneo de la UE y que comparten intereses comunes. Pagaron los platos rotos de las élites financieras durante la crisis y sufrimos los mayores recortes y ajustes. Italia, no lo olvidemos, ya fue intervenida en el 2011 con la imposición de Monti como primer ministro. Hoy, lo que necesita Italia no es una nueva intervención por parte de la tecnocracia de Bruselas.

Y creo que aquí debemos ser claros y contundentes: nos puede gustar más o menos el gobierno italiano pero es un gobierno votado en urnas, escogido por la ciudadanía italiana. En la medida en que es un gobierno democrático y el parlamento italiano es soberano para legislar, tenemos el deber de defender la soberanía de Italia contra las imposiciones de una Comisión Europea que, no lo olvidemos, no ha pasado por un proceso democrático de elección, no la ha votado nadie.

Sorprende que la UE no haya sido capaz de intervenir cuando ha habido ciertas derivas autoritarias del gobierno italiano en las que se vulneraban derechos humanos y al propio derecho internacional –como fue negar el asilo y salvamento a las personas que iban en el Aquarius, pese a estar en aguas italianas- pero intervenga cuando se cuestiona la ortodoxia económica que tanto ha asfixiado a los países del sur. Esta doble vara de medir pone al descubierto una naturaleza ciertamente inquietante dentro de la UE. No se emitieron quejas ni vetos desde Europa cuando el gobierno italiano nombró al homófobo y racista Lorenzo Fontana como Ministro de Familia, pero sí que obligaron a vetar la propuesta de Paolo Savona como Ministro de Economía ¿Saben por qué? Porque era crítico con el Euro. Permisividad absoluta cuando se vulneran derecho humano pero imposición y enfrentamiento total cuando se pone en cuestión el modelo económico.

La UE a la alemana empieza a tocar a su fin. El agotamiento del modelo austeritario pone de relieve que ahora mismo o se cambia por completo el edificio institucional europeo o bien implosiona la UE. El Brexit fue la primera señal de alarma. Ahora, con una Italia liderando una alternativa a la austeridad, se vuelve a correr el mismo peligro de desintegración. Italia no es Grecia y puede ganar el pulso a la UE.

Nos dirigimos hacia un nuevo reordenamiento interno de la UE. La correlación de fuerzas está cambiando e Italia está abriendo una ventana de oportunidad para construir otra Europa. Compartimos intereses pero tenemos vías de resolución distintas. Es en este punto donde se separan los proyectos del cambio del giro autoritario de Salvini: el cambio es irreversible pero toca decidir en qué dirección va. Hoy ya no toca cerrar filas con Macron y con Merkel, es decir, con nuestros acreedores, sino que es el momento de consolidar una alternativa ibérica a la austeridad. Una alternativa capaz de disputar la soberanía, la democracia y los derechos humanos. La Europa del siglo XXI será una Europa con países soberanos que se federan para aumentar su capacidad de acción frente a los mercados, aumentando las decisiones y el poder democrático de la ciudadanía, o no será.

Lo que está claro es que, tal como ocurrió con Catalunya, hay unos vectores de ruptura con el régimen que deben ser reconducidos para lograr victorias políticas reales. Italia está rompiendo con un modelo fracasado de ajustes y empobrecimiento de la gente, un modelo tecnocrático de imposiciones. Catalunya también rompe las últimas costuras del Régimen del 78 en España. Una de las tareas de los espacios del cambio es ser capaces de canalizar todas estas pulsiones constituyentes hacia un único vector democrático capaz de conquistar victorias. Convertir la guerra mundial en guerra civil, como diría Lenin.

Alejandro Pérez Polo es politólogo y asesor en Podemos.