Se acabó la vacuna contra el populismo

  • En este país, estábamos relativamente vacunados contra esa deriva. La vacuna había sido el 15M y, también, Podemos
  • Si Adelante Andalucía hubiera ido con las siglas de Podemos, el resultado habría sido mucho peor, como probablemente comprobemos con desolación en las próximas elecciones generales

Cuando algunos de mis colegas, igual que tantos tertulianos, se rasgan las vestiduras por la irrupción del populismo en el escenario parlamentario, me parece que hay algo mal planteado. El populismo no es un programa político que se haya elegido a la carta. Es el efecto de un callejón sin salida. El mismo impasse que provoca la abstención de la izquierda, que ha sido la gran protagonista de las elecciones andaluzas. Es el efecto de la impotencia legislativa, de la rendición de los representantes políticos frente a un sistema económico que es mucho más poderoso que ellos. Cuando el parlamento se muestra impotente para legislar a favor del pueblo, el pueblo se desentiende del juego parlamentario y se dedica a sus asuntos o a mascar en solitario su desencanto. Esta atmósfera cargada de rabia y desamparo es un buen caldo de cultivo para la extrema derecha, que aparece entonces como la ocasión de pegar un puñetazo en la mesa, buscando culpables entre los más vulnerables, los emigrantes, las mujeres, los homosexuales o los del atlético de Madrid, al fin y al cabo, eso ya da un poco igual.

En este país, estábamos relativamente vacunados contra esa deriva. La vacuna había sido el 15M y, también, Podemos. Fue un esfuerzo heroico, bello y generoso, por explicar que la desafección parlamentaria tenía por delante dos opciones. La primera, la expresó muy bien Teresa Rodríguez: enfrentar a los últimos con los penúltimos, como siempre hace el populismo de derechas. La segunda, buscar a los verdaderos culpables, entre los banqueros y los defensores de este sistema capitalista neoliberal. Ese fue el encargo que la población de este país puso en manos de Podemos. Pero Adelante Andalucía ha perdido ahora trescientos mil votos y Vox ha ganado cuatrocientos mil. Creo que habría que estar muy fuera de la realidad para pensar que Teresa ha sido la responsable de esta pérdida. Pienso más bien que gracias a ella la pérdida no ha sido mucho mayor. Lo comprobaremos en las próximas elecciones generales, cuando Podemos se convierta en lo que se ha convertido: una nueva Izquierda Unida parlamentariamente marginal. Internamente, se ha luchado mucho para conseguir este resultado desastroso. Yo mismo me siento responsable, cuando en Vistalegre I apoyé la formación de una maquinaria electoral para ganar las elecciones, aunque por el camino tuviéramos que sacrificar el metabolismo interno de los círculos. Íbamos a ganar las elecciones, esa era la prioridad. Pero las perdimos. Ni siquiera logramos sobrepasar al PSOE. En esta derrota, colaboraron los grandes oligopolios mediáticos, las calumnias de muchos periodistas y la ceguera de muchos intelectuales, que se empeñaron en ver en Podemos la amenaza del populismo, en lugar de lo que realmente era, la única vacuna posible contra el populismo de extrema derecha. Colaboró también la escéptica suspicacia del Partido Comunista. Y más aún los que provenían de él y habían desembarcado en Podemos. Al final, es verdad, para este viaje, no hacían falta alforjas. Volvemos a ser lo que siempre fuimos. Muchos estarán contentos: volvemos a ser la vanguardia antifascista, enfrentada al diez por ciento fascista, pero un diez por ciento también.

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El termostato populista se ha disparado ahora hacia la derecha, porque la otra opción, la de izquierdas, no ha resultado creíble. Eso sí que lo plantea bien Juan Carlos Monedero. Pero sorprende que haga responsable a Teresa Rodríguez. Ha sido la línea estatal de Podemos la que ha sacrificado la esperanza de cinco millones de votantes y es eso lo que ha hecho abstenerse a más de dos centenares del miles de votantes. Si Adelante Andalucía hubiera ido con las siglas de Podemos, el resultado habría sido mucho peor, como probablemente comprobemos con desolación en las próximas elecciones generales.

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Queda tan sólo una esperanza. Conservar el ayuntamiento de Madrid, con Manuela Carmena, conservar el de Barcelona y todos aquellos ayuntamientos en los que Podemos tiene aún algo de credibilidad. Comenzar por echar un pulso a Carmena, forzando la salida de Podemos de seis de sus concejales, ha sido un suicidio (y, además, muy ridículo). Pero todavía hay remedio si el Podemos estatal deja de poner obstáculos y  plantar cara en las Comunidades. En la Comunidad de Madrid todavía podemos quedar en buen lugar si dejan a Iñigo Errejón un poco en paz. Eso nos permitiría reagruparnos y volver a tomar aliento. El asunto es si es esto lo que se pretende.