Cuando aún es posible frenarlo

  • La extrema derecha se aparta de la piel del Partido Popular en la que se refugió estos años para mostrar ya sin complejos su ideario
  • Hay en este contexto cierta confusión en la izquierda respecto a cuál es la mejor manera de actuar frente al fascismo

Víctor Alonso Rocafort

Estamos todavía en ese momento, cuando aún es posible frenar lo que viene, disolverlo, lanzarlo al terreno de los malos sueños que quedaron en nada. Pero si se siguen haciendo las cosas mal desde la izquierda, seguramente estaremos poco tiempo ahí y tengamos que avanzar a una incierta fase de resistencia. Walter Benjamin denominaba tiempo pleno a ese instante donde la acción irrumpe e interrumpe la inercia de los tiempos.

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La extrema derecha se aparta de la piel del Partido Popular en la que se refugió estos años para mostrar ya sin complejos su ideario y lograr un fulgurante ascenso en las elecciones andaluzas. Inquieta pensar que ha sido un despegue más acelerado (10,97%) que el de Podemos en las Europeas de 2014 (7,96%). El resto de las derechas se sienten irremisiblemente atraídas por lo que Vox proclama sin tapujos a los cuatro vientos: la falta de un sustrato auténticamente conservador o liberal en nuestro país tiene mucha culpa de ello. La tradición reaccionaria es tan poderosa que los actuales dirigentes de la derecha han crecido envueltos en su épica y ahora las entrañas les arrastran hacia allá. Tan solo el oportunismo político de Ciudadanos, conscientes de que la derecha extrema es un lugar cada vez más transitado, les hace dudar.

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Es en tiempos de crisis donde más hemos de atender al kairós, a la contingencia particular de nuestro tiempo, para interpretar adecuadamente los vientos que nos traen novedades. Para ello no se me ocurre mejor método que la escuela del buen oír de Elías Canetti, quien para entender lo que sucedía en Viena y Berlín durante los años 30 no cesó de escuchar a sus vecinos y vecinas en cafés, calles y parques, tanto a amigos como desconocidos. Además de esta escucha activa habríamos de leer a nuestros clásicos, a quienes vivieron situaciones parecidas como el propio Canetti, para extraer enseñanzas fundamentales de pasados similares.

Tenemos de fondo toda una crisis de régimen abierta con visos de empeorar. Pensemos en la pérdida acelerada de autoridad de la Monarquía, el Tribunal Supremo y los representantes políticos, de las Universidades y por supuesto de la banca. El agravamiento de las condiciones de vida en estos diez años transcurridos desde el inicio de la crisis económica la alientan desde abajo; otro golpe financiero podría ser la puntilla final.

Hay en este contexto cierta confusión en la izquierda respecto a cuál es la mejor manera de actuar frente al fascismo. A lo que añadiría una preocupación latente por cómo estamos de preparados para afrontar un posible desmoronamiento del régimen en plena ola reaccionaria.

Algunas reflexiones de Simone Weil en los años 30 pueden ayudarnos a marcar mejor las fases de lo primero, mientras una obra inédita recién publicada de Arendt sobre libertad y revolución puede servirnos para lo segundo.

En el verano de 1937 Simone Weil escribía sobre la caída del Frente Popular francés. Si hoy creemos que siempre estamos a golpes entre nosotros en la izquierda, no se pierdan a esta autora. Echaba con acritud en cara a Léon Blum que su amplia cultura e inteligencia no se había traducido en una inteligencia política capaz de saber leer su tiempo político. Le faltaba además coraje, sin él no nos servía como representante. Hubo una ventana de oportunidad, prosigue Weil, una apertura en la imaginación y sentimientos de la gente durante el periodo de ocupación de las fábricas, que se podía haber aprovechado desde el Gobierno para hacer las políticas transformadoras anheladas. Por el contrario, lamenta, un timorato Blum había renunciado a ser político para quedarse en mero diletante.

Weil había viajado unos años antes a Alemania, en 1932, para conocer de cerca el país que estaba a punto de entregarse al nazismo. Ese año se vivieron, entre el caos y la violencia en las calles, hasta tres elecciones. En las de julio el partido nazi logró ser la primera fuerza con el 37,3% de los votos, sin embargo la derecha tradicional no le permitiría aún el acceso al poder. Weil iría escribiendo en diversas publicaciones sus observaciones.

Esta era su impresión sobre las direcciones de socialdemócratas y comunistas:

“Los dos grandes partidos, con pretextos diferentes, permanecen en una inacción igualmente criminal. Los dos están dirigidos por burócratas que prefieren siempre esperar no se sabe qué otra ocasión de actuar, en lugar de aprovechar la ocasión actual, que no volverá a presentarse”.

La socialdemocracia no se atrevía a salir del sistema capitalista, se habían agarrado como mal menor al presidente Hindenburg, un personaje antidemocrático que representaba la Alemania monárquica y autoritaria, o al canciller Heinrich Brüning, adalid de los recortes, mientras confiaban equivocadamente en el Estado y la policía para contener a la amenaza hitleriana. Siguen pensando -imagino a Weil con los ojos en blanco- “en no se sabe qué progreso en el marco del régimen”.

Por su parte el Partido Comunista Alemán (KPD) estaba dirigido por una dictadura burocrática desconectada de su base, formada al 85% por desempleados, y donde “los elementos más conscientes” no se atrevían a disentir ante los obstáculos de la dirección a la libre discusión. Weil relata una secuencia de decisiones erróneas de la dirección del KPD:

  1. la huelga del 20 de julio de 1932 contra el golpe del nuevo canciller procedente del centro católico, Franz von Papen, al gobierno socialdemócrata prusiano -al que el año anterior los nazis habían querido echar con el apoyo de los comunistas-, y que fracasa estrepitosamente;
  2. la moción de censura propuesta en septiembre de ese año de 1932 contra von Papen, apoyada por los nazis como partido más votado el 31 de julio, y que dio pie a nuevas elecciones en noviembre;
  3. y finalmente la huelga de transportes de noviembre en Berlín, apoyada y utilizada de manera crucial también por los nazis, con quienes incluso se realizaron y celebraron acciones contra los socialdemócratas, y con la que los fascistas lograron mostrar su mordiente a los barones de la industria.

Todo ello benefició a Hitler en su ascenso al poder. Weil tuvo el mérito de verlo y denunciarlo en tiempo real. No había una estrategia clara, común y compartida en la izquierda, tan solo movimientos tácticos realizados a ciegas por un puñado de dirigentes en sus despachos… y que resultaron fatales.

No leen bien los tiempos y además entran irresponsablemente en sus marcos, se queja Weil de la dirigencia del KPD. Relata así el caso del ataque nazi contra Clara Zetkin “por judía y marxista”. El propio periódico del partido habría entrado para defender a su dirigente directamente en el campo de los prejuicios contra los judíos así como, amilanados por el discurso nazi, se habían jactado de ser más nacionalistas que nadie. Patriotas de verdad.

Escribe Weil sobre el énfasis en la “liberación nacional” en el discurso del KPD:

“Los únicos argumentos que se han dado a favor de esa política es que procura votos en las elecciones y facilita el paso al comunismo de los obreros seducidos por la demagogia hitleriana. Ahora bien, facilita también el paso inverso”.

“Lo que una burocracia es incapaz de hacer es la revolución”, afirmaba una Weil desencantada tras sus primeros meses en Alemania. “La cuestión decisiva es, pues, la de la democracia en el interior del partido”. Ahí residía la clave, la potencia que podría llevar a vencer el ascenso hitleriano.

El frente antifascista que ella reclamaba -y que la dirigencia no era capaz de poner en marcha mientras seguía llamando fascista a todo aquel que no era comunista- supondría la renuncia de los burócratas a sus mezquinos poderes. Había que favorecer la creación de comités populares de resistencia donde se delegara el poder en sus miembros. Soviets, consejos que tuvieran de manera efectiva la última palabra. E invitar a dirigentes y bases socialdemócratas y del centro católico a formar parte de ellos. Ante la incapacidad para organizar todo esto, en una fase donde la ola de violencia de las bandas nazis impulsadas por Goebbels en Berlín para tomar las calles causaba ya decenas de muertos comunistas, cuando se proponían campos de concentración para desempleados y la victoria de Hitler en las urnas ya era un hecho, el fascismo les iba a ir invadiendo de a poco. Noviembre de 1932 daría paso a la entrega del poder por parte de la gran burguesía a Hitler el 30 de enero de 1933. En febrero vendría el incendio del Reichstag y ya todo empezó a ser demasiado tarde.

La desesperación de Weil ante una socialdemocracia de régimen y una dirigencia comunista errática, autoritaria y burocratizada me la imagino cercana a la de Hannah Arendt. Ambas, no por casualidad, tomaban a Rosa Luxemburg de referente.

Los procesos de desintegración de un régimen, nos advierte Arendt, llega un día que finalizan de golpe en un inesperado colapso. Cuando se desmorona la autoridad de nuestras instituciones hay que estar preparados. Si no, el vacío de poder lo ocupará el fascismo.

Arendt parte de que este derrumbe inesperado y repentino de un régimen es lo que puede dar perfectamente paso a una revolución. Originariamente esta palabra, utilizada para describir las órbitas de los planetas, nos remitía a la restauración del orden o de las libertades perdidas. Sin embargo en la Revolución Francesa se blande para indicarnos que viene algo radicalmente nuevo. Entre estas novedades estaba la recuperación de una concepción clásica de la libertad, radicada en el derecho a participar en los asuntos públicos. Ser libre y empezar algo nuevo empezaba a ser lo mismo. Esta tabula rasa con lo anterior fue el temor principal que despertaría la revolución en conservadores como Edmund Burke y lo que provocaría el vértigo en muchos de sus protagonistas.

Arendt estudió la experiencia de jacobinos y bolcheviques para indagar en qué fallaron tras liberarse del Antiguo Régimen y el zarismo.

El meollo del asunto es que la liberación de la opresión podría haberse conseguido perfectamente con un gobierno monárquico pero no tiránico, mientras que la libertad como modo de vida político requería una forma de gobierno nueva, o mejor dicho redescubierta, esto es, la instauración de una república.

Las revoluciones parecen triunfar muy fácilmente en la fase de liberación. La constitución de la libertad es lo verdaderamente complicado, por ello ha de prepararse bien.

En Francia se echó abajo rápidamente el poder del rey, no así la miseria. Por vez primera en siglos las clases populares salieron a la arena pública para intentar protagonizar su destino. Pero el poder real había pasado a manos de otra élite, y esto es lo que reprocha Arendt a los jacobinos, que no lo repartieran de manera efectiva. La liberación de la pobreza que se exigía en las calles de París, junto a la presión sentida por la contrarrevolución y las guerras exteriores, hizo girar a los revolucionarios hacia la creencia de que solo mediante decisiones ejecutivas y jerárquicas, militares y violentas, lograrían el objetivo material anhelado.

“La République? La Monarchie? Je ne connais que la question sociale”, decía Robespierre. Y Saint-Just, que había comenzado abrigando el mayor entusiasmo posible por “las instituciones republicanas”, añadiría: “La libertad del pueblo está en su vida privada. Que el Gobierno sea la fuerza encargada de proteger ese estado de simplicidad frente a la propia fuerza”. Quizá no lo supiera, pero precisamente ese era el credo de los representantes del despotismo ilustrado.

Cuando parece que iba a renacer… se olvidaron de la democracia. De la libertad pública por la cual podemos decir y escucharnos para decidir en común, siendo con ello además felices, y que exige tanto igualdad como la admisión de todos y todas. Sin súbditos ni soberanos. Sin élites privilegiadas que decidan por uno. Algo que solo es posible con una república a la que hemos de añadir el adjetivo de democrática.

Cuando a la hora de constituir la libertad conquistada optas por enfrentar la tiranía de la miseria de un modo antidemocrático, deformas la revolución. Los apuntes de Arendt finalizan con una afirmación de Machiavelli: “No hay nada más difícil de realizar, ni de resultado más dudoso, ni más peligroso de gestionar, que iniciar un nuevo orden”. Algo que ella enlaza con el fascismo que le cambió la vida y se llevó por delante, con extrema crueldad, a tantos allegados:

Hemos sido testigos del grandísimo peligro de que el intento fallido de fundar las instituciones de la libertad dé lugar a la abolición más absoluta de la libertad y de todos los derechos inherentes a ella.

No estamos en el Berlín de 1918 ni en 1932. Leyendo a Weil se comprueba que distamos aún de tener bandas fascistas provocando el terror en nuestras calles, a punto de alcanzar el poder total en el país y matando comunistas por decenas. No es por tanto el momento del frente antifascista, pues el riesgo de esta sobreactuación reside en situarlos en el centro cuando aún no lo son.

Lo que por tanto resulta plenamente aplicable ahora mismo es la restauración del ethos democrático que ambas autoras, Arendt y Weil, reclaman para la izquierda y a cuya ausencia ellas achacan sus fracasos.

Eso sí, tras el putsch de 1923 y unos años latentes de formación, los nazis pasaron de un 2% en las elecciones de 1928 a un 18% en 1930. Esto sí que hay que considerarlo como referencia, pues a partir de ahí no se les supo frenar. Si fracasamos ahora y pasamos de fase, habría que activarlo de inmediato. Y no con meras palabras ni con proclamas hueras de los partidos, sino con una acción organizativa radicalmente democrática, decidida y conjunta. Cuando se acelera la historia no podemos permitirnos vacilar.

Únicamente por tanto desde el respeto a la libertad pública, es decir, a la democracia, podremos prepararnos para encarar tanto al fascismo como al vacío de poder que dejaría la caída del régimen del 78. La ciudadanía desencantada huye de la fealdad del burocratismo y las luchas internas, de las listas planchas y del votar desde el sofá tanto como de las acciones y discursos que apenas le rozan en su día a día. Precisa una ilusión alejada del engaño ilusionista, algo real en forma de dirigentes creíbles que sepan repartir los poderes, leer bien los tiempos y poner en marcha realmente nuevas formas de hacer política.

El compromiso con un plan alternativo al de la precariedad y la pobreza, con nuevos fundamentos económicos y ecológicos, se logra plenamente cuando sale de la propia gente organizada. La defensa histórica de los derechos humanos, que ya se nos exige de manera conjunta desde el feminismo o la defensa de lo público hasta las luchas de los migrantes por la igualdad, no va a poder hacerse desde las tertulias, sino en el terreno, poniendo los cuerpos y por miles. Se comprenderá que esto no se reduce a primarias amarradas por los aparatos. Se trata de encuentros, deliberaciones y la construcción de un auténtico poder popular capaz de pensar y poner en marcha una estrategia compartida en un proyecto colectivo de país. Aquello hacia lo que iba la huelga general de 2010, el 15M del año siguiente y las mareas, pero que lamentablemente a inicios de 2014, sabemos ya hoy con certeza, se quebró.

Por supuesto que servirá la experiencia institucional en los ayuntamientos y la nutrida representación en el Congreso o el Parlamento Europeo estos años, el aprendizaje y todo el trabajo programático llevado a cabo en ellos, así como los intentos de articular otro tipo de representación política más cercana a la sociedad civil. Pero esto se diluirá si no se toma el rumbo correcto. Y el instante es ahora. El fascismo crece en España y la crisis de régimen se agudiza. La tentación burocrática y la inercia que puedan asomar como opciones en los partidos de izquierda, tocando cual orquesta del Titanic impotentes ante el hundimiento, deben quedar desterradas del todo y con urgencia.

De esta solo saldremos activando el tiempo pleno de Benjamin, es decir, mediante una acción política clara que interrumpa la deriva actual. Y siempre con más democracia.