Ni plataformas, ni marcas, ni santos; en defensa de los partidos

  • Nos instalamos en la política Tinder, queremos probar algo nuevo y diferente, queremos inaugurar invento político
  • Es necesario asumir que las opciones políticas las hacemos entre todos, no las hacen líderes mesiánicos

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Hace cinco años saltó a la palestra un invento que se llamaba Podemos. Se designaron herederos del 15M y reivindicaban otra forma de hacer política, más participación ciudadana, más asambleas, menos burocracia, menos cúpulas de partidos que decidieran por todos. Sus precursores, algunos de ellos procedentes de IU y del PCE, decían que su nuevo proyecto lograba recuperar la ilusión por la política mediante un modelo de organización distinto, que calificaban de movimiento, de plataforma. Acusaban a los tradicionales partidos de izquierda de anticuados, sin capacidad de conectar con los nuevos tiempos, sin democracia interna ni debate transparente. Era por ello que no lograban despegar en apoyos ciudadanos, llegaron a calificarlos de cenizos. Y les propusieron que se integraran en Podemos o solo serían un estorbo.

Ahora de Podemos surge un sector que dice que Podemos, con tan solo cinco años, se ha quedado antiguo, anquilosado, que hay que hacer algo nuevo, una “plataforma” (Errejón dixit), porque Podemos ya no logra apoyos. La historia se repite, les dicen que se deben integrar en el nuevo invento porque si no, serán un estorbo. Les ha faltado decir que en Podemos son unos cenizos.

El caso es que la primera vez, hace cinco años, la idea coló. Quizás vuelva a colar ahora, no lo sé. Si se plantea es que porque hemos llegado a una situación en que la gente ve la política como el estreno constante de algo nuevo, como pasa con los jerséis, o los pantalones, que no hace falta que se rompan para estrenar el siguiente porque con los antiguos no triunfamos. Ya no quieren partidos, quieren estados de ánimo. Siempre dije que Podemos era un estado de ánimo, algo que no era malo necesariamente, estoy convencido que un estado de ánimo puede ganar unas elecciones más que un partido organizado.

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El problema es que los estados de ánimo (“vamos a asaltar los cielos”), además de etéreos, son inestables, pueden desaparecer de la misma forma de aluvión en que han venido. Muchos de los que se entusiasmaron con Podemos ya se han cansado, y ahora Errejón debe volver a vender la misma historia para ilusionar; hacer un reset, como cuando se cuelga el ordenador y lo apagamos y lo volvemos a encender, y así podemos continuar sin necesidad de pararnos a averiguar qué ha hecho que se bloqueara o cómo evitar que pueda volver a suceder.

Ojo, no estoy criticando a los gestores de estas ideas, quiero analizar el pensamiento y la actitud ciudadana que les da pie para pensar así. La ciudadanía se ha instalado en una infantilidad que espera que alguien le solucione los problema, y cuanto antes. Limitan su participación ciudadana a “indignarse”, sin más sustrato ideológico ni proyecto. Instalados en su indignación, ha avanzado su repudio a los partidos, asociándolos, junto a los políticos, a corrupción y arribismo, sin pararse a distinguir entre partidos y entre políticos.

Creo que hay que decir bien alto que muchas de esas cosas que no toleran en los partidos son cuestiones humanas que debemos aceptar. No estaban en Podemos cuando era un estado de ánimo, pero aparecen, como no podía ser de otra manera, cuando se convierte en una organización madura.

Repasemos las cosas que suceden en los partidos políticos, que son inevitables, y que parece que ya no se toleran:

Hay broncas en los partidos, en eso consiste el debate, y es normal que haya sectores que discrepen y choquen. Hay estructura jerárquica en los partidos, porque solo así se puede ser operativo en la toma de decisiones y garantizar que la democracia de los más tenga más opciones que las opiniones de los menos. Y quizás se deban tomar medidas disciplinarias contra los que atentan contra las normas de convivencia y funcionamiento democrático. Como socialmente ya no se tolera la disciplina organizativa, los políticos que pierden congresos, que no tienen el apoyo de los militantes, conspiran y esperan a que les expulse el partido, en lugar de continuar trabajando dentro desde su discrepancia pero con lealtad. En el fondo lo hacen porque saben que la gente castigará al partido, aunque actúe desde la disciplina de sus órganos, sus estatutos y su democracia, frente al que va por libre que se presenta como víctima de un aparato. Es lo que tienen en común Llamazares y Errejón, no se van de su partido señalando sus discrepancias, ni se van después de perder, ellos o sus corrientes, un congreso, se van o crean otra organización para presentarse como víctimas de las medidas disciplinarias de quienes consideran que no se puede estar en un partido y crear otro para competir con el primero. Mientras no se muestre la ilegalidad del funcionamiento de un partido, lo que llamamos despectivamente “el aparato” son los militantes, y ningún disidente tiene más legitimidad democrática que el “aparato” al que denuncia. Lo que tienen es mejor imagen social.

Sigamos repasando cosas que hay en los partidos, que son inevitables y que no les perdonamos. En los partidos hay corruptos, las organizaciones no pueden impedir que algunos de sus miembros utilicen un cargo público para algo ilícito o ilegal, los partidos pueden expulsar al corrupto cuando lo descubran, como hizo Izquierda Unida con Moral Santín cuando conocieron que usó las tarjetas black de CajaMadrid, o aplaudirles, como a Cristina Cifuentes en una convención del PP. Tampoco pueden evitar que se descubra una acción ilegal anterior en un cargo recién nombrado, no debería tener coste político para el partido si se le cesa del cargo cuando se sabe, como se hizo con el ministro de Cultura Màxim Huerta. Los políticos también actúan con contradicciones entre su ideario y su modo vida, como cualquiera, sería mejor y más meritorio que no las tuvieran, pero no es lo mismo que ser corrupto.

Si todo esto que he citado (conflictos, contradicciones, acciones disciplinarias, corrupciones) no lo toleramos, solo nos quedan los nuevos fenómenos que surjan, que no son mejores, simplemente no han podido todavía enfrentarse a conflictos internos, casos de corrupción, expulsiones… Son sencillamente, estados de ánimo, no son organizaciones políticas.

Creo que eso es lo que está sucediendo cada vez más, nos instalamos en la política Tínder, queremos probar algo nuevo y diferente, queremos inaugurar invento político a la busca del Santo Grial. Por eso el principal argumento de quienes defienden la opción Carmena/Errejón es que, como Podemos estaba perdiendo fuelle y apoyo, se reinicia con un proyecto impoluto, una “plataforma” dice Errejón, una “marca” dice Carmena (uf), y la gente vuelve a recuperar la ilusión y les vota, piensan.

Se trata del pensamiento ciudadano que cree que la política son reseteos para recuperar una virginidad (un estado de ánimo) política como forma de conjugar las miserias de los partidos, que -insisto- no son diferentes de las miserias de los humanos y con las que habrá que convivir y buscar métodos para superarlas (que no erradicarlas porque será imposible).

Es necesario asumir que las opciones políticas las hacemos entre todos, no las hacen líderes mesiánicos. Los partidos serán el resultado de lo que se proponga una ciudadanía participativa, no se trata de que esperemos a que los organicen otros desde arriba y que sean perfectos sin nuestro trabajo.

Ya sé que no queda moderno, pero yo sigo reivindicando un partido político organizado (pueden llamarlo de otra manera si lo desean), con ideología definida tras debatirla sus militantes, con democracia interna y estructura representativa. Y sí, disciplina para que todos en esa organización trabajen por el mismo objetivo. Y aceptar que detrás de las promesas de milagros y mesías solo suele haber humo. O estados de ánimo en el mejor de los casos, y eso no es suficiente. Porque si unimos las organizaciones mejoradas desde dentro con el estado de ánimo podremos ser invencibles.