Waterloo

  • En Italia, por ejemplo (y otros países europeos) ha desaparecido la izquierda y no pasa nada, nadie la echa de menos. ¿Ocurrirá lo mismo en España?
  • Casado, Rivera, Abascal y Guerra coinciden en algo más que en un tono. Empieza a reinar cierto fervorín borbónico en torno a la defensa del régimen del 78

Felipe Alcaraz

Los soldados esperan órdenes, que no llegan, impertérritos bajo la lluvia, en el campo embarrado de Waterloo. No saben entrar solos en combate, y menos en aquel campo de batalla mal elegido por sus generales.

La hegemonía del capitalismo tardío es tal que ha podido explicar tranquilamente, sin que nadie sospeche ninguna excepcionalidad, que en Italia, por ejemplo (y otros países europeos) ha desaparecido la izquierda y no pasa nada, nadie la echa de menos. ¿Ocurrirá lo mismo en España?

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De pronto, como si les juntara una causa común, Casado, Rivera, Abascal y Guerra coinciden en algo más que en un tono. Empieza a reinar cierto fervorín borbónico en torno a la defensa del régimen del 78 con su post-constitución convertida en tótem y tabú. Lo que en política quiere decir que se ha iniciado de manera solemne el curso de la llamada segunda transición, que, en román paladino, quiere decir que pretenden organizarnos los próximos 30 años de estabilidad y tranquilidad, eso sí, normalizando como hecho de estado (de patria, mejor dicho) la superexplotación y la disminución de libertades. Hacia la paz por la explotación y el dominio, es el grito estructural. El grito político será otro, diseñado por los mejores técnicos de marketing, y estará cargado de esperanza.

Enfriado, y casi envasado al vacío, el espíritu impugnador del 15M, superadas las viejas y derrotadas banderas rojas, da la impresión de que, en pos de no se sabe qué modernidad y en el seno de una epidemia de institucionalismo, buscamos un hueco en el vagón de la segunda transición para debatir nuestros temas desde el realismo de la lealtad debida. No nos asusta instalar nuestra tienda en el callejón de las migajas una vez sustituida la estrategia del proceso constituyente por la del patriotismo de las cosas de comer (ese sindicalismo bien intencionado). Margallo, en sus desvaríos restauradores, tocado por el derrumbe del bipartidismo (aquella fase en la que hubo que repetir elecciones), buscaba en nuestras filas un segundo Carrillo para emprender en nuevo camino restaurador desde el consenso de estado. No sabemos si Margallo ha dejado de buscar o ha encontrado ya a su Carrillo en el torbellino de la operación del gran centro. El caso es que la batalla ha empezado ya en torno a la renovación y recauchutado de la Constitución del 78 y, por ahora, “nosotros” no comparecemos en el campo de batalla.

¿De qué hablamos cuando hablamos del régimen del 78 y de la C78? Hablamos, entre otras cosas, de la negociación de una ley de leyes a la salida de la dictadura y hablamos, desde el punto de vista de la izquierda, ateniéndonos a la coyuntura presente, de algo que ya no existe, en sentido estricto. Una constitución que respondió a una correlación de fuerzas pero que, a pesar del discurso oficial sobre la transición, no sólo es que ha cambiado profundamente, sino que ha terminado carbonizada en el pudridero de los últimos días del régimen del 78.

¿Por qué no existe aquella Constitución en la que hubiera cabido incluso un proyecto de izquierdas? Se puede exactificar la respuesta, aun a riesgo de esquematismo. No existe por el incumplimiento flagrante de las huestes del neoliberalismo, dominante a partir de la transición (otra vez la palabra) modernizadora de 1982. Pero si a esto se le añade Maastricht, que acabó con cualquier margen de soberanía a la hora de diseñar un futuro económico y financiero propio, se le añade la reforma del artículo 135 (Cospedal dixit: hay gente que prefiere pagar a los bancos a comer), se le añade la forma como ha sido rellenado el vacío que se pactó, para no ser aplicado, del artículo 155, y se añade que las reivindicaciones de Cataluña, por ejemplo, no caben ya en la actual Constitución (y eso nos lo dicen dos millones de personas desde la calle), etc. etc., terminaremos entendiendo, al menos como no muy descaminado o excesivo, el término “carbonización”.

Por eso, desde una forma seria de hacer política alternativa, en sentido fuerte, se corresponde el programa constituyente necesario con la redacción, en plan de propuesta abierta (profunda y extensamente participada, por supuesto), de un texto constitucional, que daría letra y cuerpo al proyecto, hoy bastante líquido, de la izquierda española. Es decir, un texto que nos hablara de la necesidad de un referéndum sobre la forma de Estado, que anulara el 135, y diera forma y contenido al 155, en el marco de un estado federal y, por tanto, compuesto, no unitario; un texto constitucional profundamente feminizado, que blindara los servicios públicos esenciales, con especial atención a educación y enseñanza, que blindara las pensiones y su poder adquisitivo…

Nuestras crisis, que no son ya simples desacuerdos en el proceso de formación de candidaturas institucionales, hablan por nosotros. Si al final se entienden las derechas, o gana un centro amplio en torno al PSOE y Cs, nuestra vocación de bisagra, de la que tanto presumimos últimamente, equivaldría a un suicidio. Un suicidio asistido por la indiferencia de los ciudadanos. Algunas señales se han dado ya en las últimas elecciones andaluzas. Y por todo esto me permito este breve artículo, directo y comprometido, escrito sin esperanza, pero con convencimiento.

Resisto lo que puedo. Ocupo mi lugar bajo la lluvia entre los soldados que esperan unas órdenes que no llegan. Unos soldados que, en los momentos actuales, empezamos a pensar que lo importante es participar en la batalla, sin pensar siquiera si vamos a ganar o no.