No regalemos el cristianismo a la ultraderecha

  • Ahí también se deja ver cómo el fundamentalismo que rápidamente nuestro occidente identifica reduccionistamente con el Islam, no está ahí, o no solamente

Angélica Ramírez Ramírez y Daniel G. Corral

Imaginemos el ambiente de una parroquia cualquiera, en un pueblo humilde a las afueras de Madrid, un domingo, cerca de las 12 de la mañana, esa hora punta que marca el inicio de la celebración de la misa dominical: el acontecimiento central, o teóricamente debería serlo, de la vida de un cristiano común. Los bancos de la iglesia se encuentran más vacíos de lo normal, y solo los ocupan algunas mujeres ancianas, las y los jóvenes de la parroquia, el coro y unas pocas familias jóvenes. Empieza la liturgia. Minutos después, entran por goteo algunos hombres de mediana edad, arreglados, quizá para esta ocasión tan primordial. O no. Los siguen sus hijas e hijos, y mujeres que, adivinamos, son sus esposas.

Otros llegan solos y se reúnen con sus familias, distrayendo el rezo de los suyos y del resto de la comunidad. Parece que hay un sentir común paciente por el que se comprende la impuntualidad de los demás, y se excusa, con comprensión y, en algún sentido, con amor, a esas personas que se unen más tarde y a las que no conocemos en absoluto. Pienso que los quehaceres, la vida en general, siempre obstaculiza concentrarnos, pone difícil eso de “parar el tiempo”, de tocar lo eterno durante, al menos, 40 minutos. Todas y todos llegamos tarde alguna vez, o incluso de forma habitual. Y a ninguna nos gustaría sentirnos juzgada al entrar a celebrar eso que vertebra la vida de alguien que se reconoce cristiana, y en este caso, que participa de las prácticas católicas.

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Sería no testimoniar eso que, justamente, vamos a escuchar todos los domingos, o que leemos en casa: el Evangelio. Sería no buscar la santidad, no trabajar en la virtud, no amar al prójimo, romper con el sentido de “tribu” que, solo en el rato compartido de la misa, logramos recuperar. Pienso eso, entre otras cosas; y sobre todo, en evitar ser hipócrita. Entonces, uno de esos hombres que entran en la iglesia, encuentra a su familia, besa a cada miembro y dice con orgullo -y en voz demasiado alta-: “...de luchar por la unidad de España”. Justo entonces, reparo en su apariencia, en las pulseras con la bandera de la nación, pero también en la cruz que luce al cuello.

Viene de una manifestación, la celebrada el día 10 de febrero. Se sienta al lado de los suyos, y a pesar de estar celebrándose la misa, saca varias fotos al altar, y en su rostro se refleja un gesto de orgullo, o más bien de vanidad, el de quien piensa que está haciendo lo que debe, y sobre todo, de que es ejemplar. Justo ahí siento impotencia, y rabia, y me pregunto si la religión, y sobre todo, si la institución de la que participo, puede llegar a alguna parte que no sea la barbarie, el dogmatismo y el fanatismo, entremezclándose, como tradicionalmente lo ha hecho, con un pensamiento reaccionario, conservador en todo menos en lo económico, pues hace las trampas necesarias para compatibilizarse o convencer de que constituye un matrimonio bien avenido con esa lógica de la violencia a la que podemos llamar capitalismo o neoliberalismo.

Dudo de la fe que profeso, lo cual afecta a mi relación con Dios y conmigo misma, y ahí también se deja ver cómo el fundamentalismo que rápidamente nuestro occidente identifica reduccionistamente con el Islam, no está ahí, o no solamente. Y, finalmente, me asusto, porque lo que parecía una mera broma, una excentricidad, una ranciedad pasada de rosca, como es la política identitaria y fascista del partido político “VOX”, empieza a irrumpir con fuerza en el panorama social y político, convence verdaderamente a la gente, es más, gana simpatizantes justo en ese lugar en el que estoy: la parroquia, más aún, la Iglesia como institución y como proyecto.

Los programas televisivos en defensa de políticas derechistas (conservadoras en lo político y social, ultraliberales en lo económico) en cadenas como 13tv, financiada por la Conferencia Episcopal Española; las declaraciones y monopolización de los medios de comunicación por parte de las cabezas más visibles de la Iglesia de nuestro país; la hermandad con colectivos o militancias conservaduristas; las peleas entre la libertad de expresión y la libertad religiosa; parece que tienen mucha vida por delante.

Sin embargo, reparo en que hay un sitio inconquistable, un lugar que no se puede adulterar por estas tentativas que engañan asociando proyectos que no solo no tienen un fundamento común, sino que se oponen entre sí y cuyos objetivos son completamente dispares: el espacio del librepensamiento. Las calles, la ciudad, las facultades, los márgenes. Entonces, encuentro en mi Facultad, la de Filosofía de la Universidad Complutense de Madrid, un llamamiento a unas “Jornadas sobre Catolicismo y Política” , convocadas por una asociación que no se puede rastrear y de la que solo se encuentra una cuenta de Twitter, además de su mención en el registro de asociaciones estudiantiles. Algunos nos proponemos participar.

Una propuesta es rechazada, mediante un email que, en parte, reza de la siguiente manera: “El revisor ha decidido no aceptar su propuesta de comunicación para nuestro congreso. Lo sentimos mucho. Creo conocer un poco su trayectoria y me alegra que se haya acercado a la fe católica. No obstante, el escrito que nos envía está plagado de ideas que más bien proceden del marxismo y cuya coincidencia con algunas propuestas cristianas no es más que accidental”. Y otra, aceptada, pero con modificaciones. La primera, por proponer hablar de la Teología de la Liberación, de los puntos en común entre la fe cristiana, la institución o el proyecto católico, y un pensamiento marxista.

La segunda, dicen, no deja claro cuál es el tema estricto del que se va a hablar, hay que enunciar una conclusión muy concreta, “¿se va a hablar de la posibilidad o de la imposibilidad del catolicismo?”. Al primero, se le juzga su “trayectoria”. ¿Política, personal? En ningún caso, profesional o académica. A la segunda parece faltarle calidad teórica, pero presumiblemente bajo esa excusa formal se esconde la voluntad de controlar el contenido, de qué se va a hablar exactamente, y así censurarlo o no. Y entonces, me sorprendo otra vez. La censura, incluso siendo católica o católico, que tampoco supone legitimación alguna, por impensable que parezca, es una tónica, ya en el ámbito académico. No hay criterios, solo sanción infundada. No hay voluntad de diálogo, de debate, de mejora, sí un juicio personal y en modo alguno una evaluación de las propuestas. No hay apertura, sino juicio.

Se niega el librepensamiento y la reflexión crítica, se asiente a la confesionalidad propagandística, a la religión positiva, al cumplimiento mecánico de estándares y normatividades que sirven para el proselitismo y la condena religiosa, para definir una ortodoxia farisaica, para expulsar a individuos y a colectivos que están invitados en las Escrituras a participar de un Mensaje que lleva por bandera el amor incondicional y el deseo de alcanzar lo universal respetando las particularidades de cada una, de cada uno de nosotros, donde todas y todos caben. Dicho así, parece que es un proyecto que tiene todo que ver con la transversalidad, con la interseccionalidad: que arraiga con sujetos “periféricos”, con luchas sociales y políticas que buscan la justicia y la igualdad social, entre otras cosas. Sin embargo, se opta por homogeneizar, esencializar y naturalizar posturas que no vienen de suyo, sino que históricamente han hecho trampas para alcanzar la hegemonía, para imponer falsos ideales, para expulsar “lo diferente”, en definitiva, para identificarse con dinámicas de poder movidas por el odio y el sectarismo.

El tribunal que emite los juicios, sobre ponencias, sobre vidas, sobre personas, no es el de la razón; sino el de beatos soberbios, el de “elegidos” ortodoxos favorables al proselitismo, en lugar de apostar por la evangelización. Que han hecho de la institución de la Iglesia un nido de condena e hipocresía, que han emponzoñado la Buena Noticia, y que han vetado y desdeñado de un proyecto fundamentado en el amor, la esperanza, el perdón y la justicia al que todos están llamados a participar a quienes han tenido a bien hacerlo, impugnando sus circunstancias, su condición o sus valores. La Iglesia no es, no debería ser, un partido político. Las facultades no son, no deberían ser, una parroquia, menos aún, una impostura propagandística. Un congreso académico no es una catequesis. Y en el ámbito de la práctica, el hábito, la experiencia heredada, lo que hemos venido haciendo, no es la última palabra, sino lo que deberíamos llegar a ser.

Cristo, antes de entregarse voluntariamente a su Pasión, ofrece su Cuerpo y su Sangre al grupo de los discípulos, haciendo de este acto un nuevo principio de unidad hacia los otros y no un principio de diferenciación. Un principio que nos hace hermanos y hermanas de los desposeídos, de los desheredados, de los más miserables, de los que pecan, no de quienes a fuerza de fustigarse parece que van ganando terreno en el Reino de los Cielos. Recordemos a ese Jesús maldiciente contra la hipocresía de los fariseos: “¡Ay de vosotros, escribas y fariseos, hipócritas! Porque por fuera sois semejantes a sepulcros blanqueados, que por fuera lucen hermosos, pero por dentro están llenos de huesos de muertos y de toda inmundicia” (Mt 23, 27). Ese es el Cristo de los que nos movemos en los márgenes, el que fue clavado en un madero en lo alto del Calvario por un orden social crucificador; el que proclamaba, en esta línea, las Bienaventuranzas.

La Salvación no consiste en algo así como un ritual religioso o unos códigos de conducta, sino en el amor sin reservas, en dejar que sea negocio divino aquello del Juicio. La misión de Cristo no consiste en establecer un consenso, fue Él quien vino a traer la espada y no la paz, una afilada daga que corta las afinidades establecidas, una intransigencia radical que hace dos partes: quienes tienen fe en el Reino de los Cielos y quienes presumen de ser muy buenos y morales en un mundo que no va un palmo más allá de sus narices. La responsabilidad del cristiano es para con quien peca, con quien piensa distinto, con quien no encuentra su lugar y se le ofrece hogar.

Se nos dice que la esperanza de la Salvación está en Él, pero también tenemos una responsabilidad para con Él y la contribución al advenimiento del Reino de Dios pasa por “dar al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios”, y entre los asuntos divinos nos encontramos con la misericordia, con la justicia, con la comprensión, el acompañamiento y no con el juicio soberbio de quien se las promete de buen cristiano no haciéndose cargo de lo que significa comulgar con el Cuerpo y Sangre de Cristo. Recibir este sacramento implica llevar a cabo la responsabilidad con Cristo, no con la de ninguna secta farisaica que se da golpes de pecho para perdonar una culpa que ni siquiera sienten ni reconocen. Las parroquias no pueden convertirse en oficinas donde cristianos burocratizados van a recoger su cartilla de racionamiento con su correspondiente sello. La eternidad es algo muy material y muy terreno, Dios se manifiesta a través de la práctica humana y es mediante nosotros y nosotras como podemos dar testimonio de nuestra confianza en Él. ¡Ay de quién se las confía todas para el día del Juicio! Pues “los últimos serán los primeros y los primeros serán los últimos”.

San Mateo, San Pablo y San Agustín se convirtieron al cristianismo. María Magdalena jamás fue juzgada por Jesucristo, y me gustaría pensar que tampoco por sus compañeros en el apostolado. Fray Luis de León fue encarcelado por la Inquisición. Santo Tomás de Aquino fue condenado por el Obispo Tempier. Santos. Pecadores. Condenados por la sociedad, y por la Iglesia. Salvados por un Dios de misericordia, y no de sacrificios.

La necesidad de la “periferia” y heterogeneidad dentro de la Iglesia encarnada en personajes como Sor Lucía Caram, Teresa Forcades, los teólogos de la Liberación, como Jon Sobrino; en comunidades como la iglesia del Centro Pastoral San Carlos Borromeo de Madrid, las parroquias de los barrios populares de Madrid, asociaciones como la Juventud Estudiante Católica o la Obrera Cristiana, o el Papa Francisco son lo imprescindible para un cristianismo auténtico, no para una identificación con un ideario cualquiera, pero sí para contrastar y hacer dialogar, encontrar confluencias y disidencias, y para una Iglesia que esté a la altura de los tiempos. Porque “de lo que está lleno el corazón, habla la boca” (Mt 12, 34), y de discursos violentos e identitarios, el fruto resultante no es más que una impostura homogeneizante y perversa que pudre el árbol del que procede.

(*) Angélica Ramírez Ramírez y Daniel G. Corral son graduadas e investigadoras en Filosofía.