La izquierda que no quiere seguir cavando en el fondo del pozo

  • IU ha perdido su margen de maniobra y su autonomía para presentarse con éxito a unas elecciones generales por sí misma

José Antonio García Rubio, miembro de la Dirección Colegiada Federal de IU

La afiliación y los y las simpatizantes de Izquierda Unida estamos en pleno proceso de votación de los acuerdos alcanzados con Podemos para participar en coalición en las próximas elecciones generales y europeas. El colectivo “+izquierda”, del que formo parte, ha llamado a votar «No» a ese acuerdo.

Independientemente del contenido (o no contenido) del mismo, que como luego veremos es más lesivo para IU que el de las elecciones de 2016, estamos ante una consulta de baja calidad democrática porque es meramente ratificatoria, ya que no ha habido ningún debate en ningún órgano de IU, y en la que se oculta la abstención real (los no votantes) mediante un supuesto voto abstención.

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El nuevo acuerdo desconoce la experiencia y elementos que son puramente objetivos y no se han tenido en cuenta: en las mismas elecciones generales de 2016, la confluencia Unidos Podemos perdió un millón de votos con relación a los obtenidos por separado, en diciembre de 2015, por Podemos, IU y otros participantes. En la confluencia Adelante Andalucía para las elecciones andaluzas, se perdieron algo más de 5 puntos y de 285.000 votos con relación a los resultados por separado. Y las encuestas a fecha de hoy no son tampoco benevolentes con los resultados de la posible coalición en las próximas elecciones generales.

De ahí se puede obtener una conclusión con autoridad: el electorado no se reconoce en el acuerdo. Se pueden discutir los motivos, pero -insisto- la dirección de IU no ha propiciado ese debate, que hemos reclamado en numerosas ocasiones.

Por el contrario, insiste en el mantra de la unidad para justificar el acuerdo. Claro que la unidad es mejor que la división, como la libertad es mejor que la dictadura, pero esto no nos obliga a ser liberales. El valor real depende del contenido de esa unidad como ocurre en el caso de la libertad.

El equipo de Alberto Garzón ha construido el concepto de unidad como un significante vacío que condensa (y por tanto elimina) todas las demás diferencias, en el mejor estilo pos marxista de Laclau y Bouffe, que tan didácticamente ha explicado en España Iñigo Errejón.

Por eso este acuerdo no contiene ni una línea de Programa (la dialéctica coincidencia/diferencia programática, eliminada) ni de protocolo de funcionamiento de los Grupos Parlamentarios (dialéctica visibilidad de IU/visibilidad de Podemos, eliminada).

Y hay otra consecuencia de esa idea de unidad. En la práctica política ha creado mucha mayor división. Así ocurre en Podemos con el proyecto de Errejón y la ruptura en Madrid de Anticapitalistas; también en el ámbito de IU, con la separación de hecho de Actúa y la iniciativa de Nuet en Cataluña con ERC y las CUP.

Es decir, la construcción para el relato de referentes vacíos no funcionan en la práctica política y este es un ejemplo palmario. El electorado no se reconoce y la falta de referencia con un proyecto construido colectivamente, hace surgir proyectos parciales e incluso individuales.

Como ha escrito El País, salvo el cambio de nombre por Unidas Podemos, el acuerdo sigue los mismos ejes que en 2016. Y la gran cuestión es que la situación política no es la de 2016 y el acuerdo no lo tiene en cuenta, ni en IU se ha discutido, como desde “+izquierda” hemos propuesto, ningún elemento de la nueva situación (11 cuestiones en nuestro Manifiesto fundacional).

Esta constatación requiere detenerse en el análisis de lo transcurrido porque los ejes del acuerdo de 2016 han tenido una consecuencia mayor desde el punto de vista político: IU ha perdido su margen de maniobra y su autonomía para presentarse con éxito a unas elecciones generales por sí misma. Los resultados no serían buenos, pero que nadie se engañe: no mucho peores que los que se prefiguran con el acuerdo y las estimaciones electorales.

Se puede afirmar que nuestras dificultades actuales para actuar con independencia son, precisamente, la consecuencia de ese acuerdo de 2016.

Para diluir una formación política basta reducir su práctica política autónoma, su visibilidad en sociedades donde, como en la nuestra, los medios de comunicación son factores políticos de primera importancia. No es un castigo divino ni tiene su causa en la Ley Electoral, aunque sea un contexto a tener en cuenta (que en las elecciones generales no siempre es negativo) Depende fundamentalmente de la dinámica de funcionamiento que domina la coalición y de la actitud de los electos de cada fuerza. Como ejemplos, se puede citar que la dirección de IU desconocía los aspectos fundamentales del Proyecto de Presupuestos incluso el día posterior a su aprobación por el Consejo de Ministros y de que ningún diputado, salvo Ricardo Sixto, haya puntualizado ante un medio de comunicación su condición de representante de Unidos Podemos cuando se le referenciaba sólo en Podemos.

Más allá de estos detalles, ahora cualquier inconveniencia se justifica con la estrategia de construcción de una nueva formación política (un nuevo sujeto político, en los documentos de IU y del PCE), que supere a IU.

La realidad es que precisamente el tipo de confluencia aplicado en estos años ha dinamitado ese nuevo sujeto político teorizado por el equipo de dirección. La realidad hoy es concluyente ¿Con quién se está construyendo? ¿Con Podemos, con una fracción de Podemos, con ERC, sin los Ayuntamientos del cambio?

Y esa realidad obliga a plantear una pregunta fundamental a las direcciones de IU y del PCE y a quienes siguen conscientemente esa hoja de ruta es: ¿dónde lleva el acuerdo Podemos/IU y, en consecuencia, dónde veis la estructura organizada de IU una vez que el ciclo electoral que ahora se inicia haya comenzado a generar sus consecuencias políticas?

A esto se pueden dar respuestas tan retóricas como las que ahora pretenden justificar cada experiencia diversa, distante y contradictoria, pero la retórica es ya inútil y sólo conduce al abandono del compromiso militante, como estamos viendo en el creciente desinterés en las consultas. Máxime cuando después de teorizar la bonanza democrática de las primarias, Alberto Garzón consigue que un candidato abandone porque su candidatura “perjudica a la organización”, decidiendo así sobre el bien y el mal por encima del electorado soberano.

Pero no se podrá evitar (aunque se afirme lo contrario) que la dinámica, en la que se insiste ahora, deje tras las elecciones aún con menor autonomía electoral y capacidad de iniciativa política a IU, y además con su proyecto demediado. Ya se ha ahondado demasiado en ese pozo y no tiene ninguna utilidad seguir cavando.

Algunas personas nos situamos en positivo frente a esa perspectiva y no nos vemos en el círculo rojo de Podemos. Consideramos con mucha modestia que junto a la enorme tarea de repensar toda la izquierda frente a los nuevos escenarios políticos, generados por la salida de la crisis sistémica del capitalismo, habrá que trabajar por una izquierda alternativa y de clase que vaya haciendo posible lo que es necesario.