La verdad, ese falseamiento de la política

  • Prometer decir la verdad en política “caiga quien caiga” parece el colmo de la autenticidad pero resulta, en cambio, la primera falsedad.
  • La política, y especialmente la democracia, se legitiman por la inexistencia de una verdad.

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Javier Franzé, profesor de Teoría Política de la Universidad Complutense de Madrid

Prometer decir la verdad en política “caiga quien caiga” parece el colmo de la autenticidad pero resulta, en cambio, la primera falsedad. Por varios motivos.

Primero, porque no existe la verdad como tal, objetiva y evidente para todos. Salvo que se crea en el filósofo-rey, precisamente la política, y especialmente la democracia, se legitiman por la inexistencia de una verdad, lo cual nos obliga a deliberar y decidir siguiendo el principio de mayoría.

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A esta crítica se le podría objetar que en realidad se está haciendo referencia a “una verdad”, la propia de una perspectiva particular. Aceptémoslo. En este caso, tampoco podría realizarse el propósito de “decir la verdad”. En efecto, si alguien quiere poner como regla del juego “decir la verdad, aunque duela” no puede hacerlo autoerigiéndose en enunciador único y privilegiado, porque ¿quién dirá entonces la verdad sobre sus propias acciones, que sólo él conoce? Podría aducirse que el que juega a decir la verdad está aceptando e incluso invitando a los demás a hacer lo mismo. Pero, otra vez, aunque esos otros quisieran, hay verdades a las que no pueden acceder, y seguramente son las que más desean saber. Por lo tanto, la apelación a un juego transparente, universal en el cual todos digan todo “aunque duela” no es posible por definición y desde el inicio, aunque fuera deseado por todos.

Pero concedamos la posibilidad, por inverosímil que sea, de que todos quisieran jugar ese juego y que estuvieran dispuestos a confesar todas sus verdades todo el tiempo “caiga quien caiga”. Si esto fuera posible, no sería en absoluto deseable, simplemente porque traería mucho más daño del que presuntamente quiere evitar. Aquí sí nos encontramos con los problemas ético-políticos más profundos y dramáticos del “decir la verdad” tomado como criterio absoluto.  

Como cualquier estudiante de ciencia política conoce, ya hace muchísimo tiempo Maquiavelo primero y Weber después dejaron páginas memorables explicando por qué nociones como “la verdad es revolucionaria” o “la verdad os hará libres”, que nos presentan a la verdad como siempre buena, deseable y propia de una sociedad mejor, no se condicen con la lógica de una acción colectiva como la de la política. Más aún, pueden resultar dañinas, brutales y salvajes. Sencillamente, porque las acciones en este mundo —contra todo el esencialismo occidental— no tienen siempre ni mucho menos consecuencias acordes a las intenciones con las que fueron hechas. Una sincera política de apaciguamiento puede traer la guerra. Un aumento de impuestos progresivo y justo puede fortalecer el egoísmo de las élites. Es decir, el bien puede traer el mal (y viceversa).

El punto clave está en que esas posibles consecuencias paradójicas y negativas de esas acciones, cuando se trata de una acción colectiva, no las pagará sólo quien las hace, sino que se las hará pagar a todos los demás. Por eso hay que aclarar, y sobre todo pensar y tener sensibilidad, acerca de a quién “le va doler” o quién “va a caer” cuando esa verdad sea dicha. Cuando se enuncia desde un cargo de dirección política, es decir, de responsabilidad colectiva, partidario o estatal, se promete implícitamente que le dolerá a los adversarios. Pero cualquiera que hace política siendo consciente de su responsabilidad, sabiendo a qué está jugando, sabe o debería saber que no siempre es así. Y, por tanto, que se está obligando a hacer algo que sabe que no podrá realizar de esa manera absoluta que está proclamando.

La verdad tiene valor absoluto sólo para aquel que quiere salvar su alma, como el cristiano. No para un político, cuyo cometido es “salvar” (cuidar, diríamos hoy) al colectivo que representa. El político debe ser capaz, al contrario que el cristiano, de condenar su alma para salvar a la comunidad. Para esto debe ser un político cabal, y sólo se lo es cuando no se es vanidoso, cuando uno es capaz de ofrecerse para ocupar los primeros planos sólo para asumir los costes de una acción colectiva en pos de una causa que se quiere y considera valiosa. El héroe lo es porque acalla primero su vanidad.

¿Y si este “decir la verdad caiga quien caiga” fuera un modo de hacer a sabiendas un mal para obtener un bien o evitar un mal mayor; es decir, un modo de realizar  la ética política? En ese supuesto, habría que señalar cuál es la necesidad que fuerza a hacerlo y, de todos modos, no presentarlo como la más alta virtud personal y política. No parece el caso, salvo que se considere que el hecho de que uno o su partido no alcancen sus objetivos sea el mal mayor para un país entero.

“Decir la verdad caiga quien caiga” tiene, además, un rasgo específico que la diferencia de otro tipo de mal menor: obliga a una dinámica continua, indefinida, que no puede ser puntual, circunscrito a una vez.

Apelar a la verdad es una mediación política más, como la seriedad, la racionalidad, la solvencia técnica o la bondad personal. Una táctica entre otras de marketing electoral. Una forma de devaluar en definitiva el duro y hermoso ejercicio de la política. Quizá lo más sombrío sea que ésta sí, paradójicamente, es una verdad de nuestro tiempo que en silencio todos sabemos y todos callamos.

2 Comments
  1. ninja45 says

    Cataluña y España hablamos dos idiomas completamente diferentes. El Estado español lo tiene claro: imposición, represión, cárcel y esquilme sistemático…..mientras en Cataluña hablamos de Democracia, libertad de expresión, diálogo y derecho de
    autodeterminación. Y luego se exrañan de que cada día haya mas independentistas…No sé, no recuerdo, no me consta, no tengo conocimiento…..Cuando eso lo responde Rajoy, Sor Aya, Zoido o algún político del Partido Podrido, funcionario o esbirro del Estado de Desecho, no pasa nada y encima se le aplaude. Cuando eso lo dice un funcionario de la Generalitat, se le recrimina, amenaza y se le dice que está incurriendo en «delito penal» por ocultación de pruebas. Yo pregunto, si prohiben la «estelada», los lazos amarillos o incluso el color amarillo, porqué no prohiben la rojigualda, la foto del rey, el toro de Osborne, la cabra de la Legión, el autobús de «Hazte Oir» o todas las banderas preconstitucionales?. Una Junta Electoral Central con un transtorno obsesivo compulsivo grave, se ha cubierto de gloria persiguiendo y obligando a borrar los lazos amarillos y de otros colores pintados por los niños en las escuelas…. A claro, contra los independentistas todo vale…… Desobediencia?….Cuando la Injusticia es ley, la rebeldía es deber….. A la m. con los Borbones ladrones, la Injusticia española prevaricadora, títere de fascistas y corruptos, vergüenza de Europa y sus «valientes» esbirros aporreadores de viejecitas y gente indefensa. Si me pegan, me divorcio. Som República !!*!!

  2. florentino del Amo Antolin says

    En política nunca existió la verdad… ¡ porqué no existe !. Pero hay certezas visibles de que tampoco hay ética, ni formas, ni maneras; sin embargo hay: Ladrones, prevaricadores, pactistas, transfugas… Brillan con luz propia las cloacas más oscuras y los focos mediáticos en los ojos del espectador; deslumbran en las sombras tenebrosas y la hacen verdad, porque son muchos años falseando las mentes con desinformaciones calculadas… Y los políticos se arrodillan cual beato, siendo ateos, u agnósticos. Hay guiones estandarizados y mentiras piadosas, que pueden ser mortales si llegasen al poder. La filosofía aplicada en política, no es la piedra filosofal… Y las teorías, están años luz de las crudas realidades. hay un dicho: ¡ En este mundo traidor, nada es verdad o mentira… Todo se ve del color con el cristal que lo miras !. ¡ Mi cristal me dice, que las prácticas verdades, son aquellas contrastadas, con el paso de los tiempos… ( Que hayan sido luchadas e instauradas de una forma natural ).

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