Unidas Podemos: una proposición

  • Podemos se ha visto reducido a las dimensiones tradicionales de la izquierda no socialista y, como en Portugal, la socialdemocracia hegemoniza un mapa político
  • Lo primero y fundamental es aplicar una lógica de apertura frente a una lógica de repliegue

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Misión cumplida. Esto es lo que le habrá dicho Pedro Sánchez a Merkel y a Macron. España ya es un país normal, un país plenamente europeo. Tenemos a la extrema derecha en las instituciones; Podemos se ha visto reducido a las dimensiones tradicionales de la izquierda no socialista y, como en Portugal, la socialdemocracia hegemoniza un mapa político que hasta hace bien poco, nos parecería imposible. Tanta normalidad nos mata.

Hasta ahora el debate real estaba en la dimensión de los adjetivos: resultados malos, malísimos, o simplemente desastrosos. No entraré en eso. La reacción de los aparatos de Unidas Podemos, también la normal: repliegue y llamamiento a la unidad ante las previsibles dificultades de una negociación política con el Partido Socialista. Se han perdido, entre unas elecciones y otras, más de dos millones de votos y el papel de Unidas Podemos ya no es, ni de lejos, lo que fue. UP es una fuerza importante, influyente; ya no es determinante. Se puede explicar de una u otra forma, poniendo los acentos en dificultades internas o externas y, hasta se puede, rizando el rizo, considerar que son los resultados menos malos posibles. Lo decisivo, estamos en una “problemática IU”

El repliegue no ayuda. El orgullo de partido es bueno, pero no debe de servir como instrumento para ocultar un retroceso electoral que solo se puede definir como derrota. Hirschman nos lo enseñó hace muchos años: si no se promueve la “voz” de los inscritos, de los afiliados y afiliadas, lo que vendrá es la “salida”, a medio y a largo plazo, que ninguna lealtad podrá impedir. Reconocer la derrota y abrirse a un debate general, tomando la iniciativa y haciendo una lectura- lo más veraz posible- de unos resultados electorales malos y proponer, desde la humildad, elementos de una estrategia capaz de situarnos, de nuevo, en un lugar preferente en la vida pública española.

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Algunos de nosotros hemos venido planteando, desde hace tiempo, elementos para un análisis crítico y autocrítico que los resultados electorales hacen hoy obligatorio. Lo primero y fundamental, una lógica de apertura frente a una lógica de repliegue; lo segundo, la centralidad de la política, de una política no politicista e implicación de la militancia en la solución de unos problemas que no pueden quedar en una élite dirigente alejada de los círculos. Lo que se pide es grandeza, pensar en grande, precisamente en los momentos difíciles y evitar que el debate democrático sea sustituido por descalificaciones, insinuaciones y, lo que es peor, atribuir a lógicas conspirativas lo que son legítimas posiciones políticas.

Política y apertura a los mecanismos de voz. Se debería plantear con toda normalidad la necesidad de una asamblea extraordinaria en torno a octubre o noviembre de este año. Dar seguridad, a los hombres y mujeres que siguen creyendo en Podemos, que habrá un debate de verdad, riguroso, colectivo, con voluntad de integración. Pido perdón por adelantado, lo he propuesto muchas veces y sigo en ello: necesitamos unos estados generales para la alternativa. Hoy, más que nunca, hace falta un proyecto viable de país, capaz de suscitar adhesión y compromiso, dirigido a las mayorías sociales desde la voluntad explícita de que podemos cambiar una realidad para mejor y ofrecer futuro a unos jóvenes que hacen de la precariedad un modo de vida que les conduce a la pobreza.

La audacia también en los métodos. Pablo Iglesias debería encabezar un manifiesto (lo podríamos llamar el manifiesto de los cien) como base para iniciar un debate de masas más allá de los límites actuales de Podemos y abierto a IU, al PCE, Equo y demás confluencias. Dicho manifiesto tendría una parte analítica  especialmente rigurosa que intente explicar las causas de un retroceso político especialmente duro y, sobre todo, una propuesta-sintetizada en doce o trece ideas fuerza- que centrara el debate y ayudase a una síntesis final. Debate sí, y de masas, abierto a un espacio que se ha ido estrechando en los últimos tiempos, desde convicciones razonadas y razonables capaces de organizar una pasión justiciera.

Otro elemento, en paralelo, sería la constitución de una “federación” de partidos, con normas comunes, con la vocación de traducir una coalición parlamentaria en una fuerza política viva, autónoma, vinculada a los territorios, a los lugares de trabajo y estudio. Se deberían constituir comités unitarios a todos los niveles y asambleas de base comunes. La discusión del manifiesto y la participación activa en los debates debería de ser un estímulo fundamental en busca de una dialéctica unitaria que se ha ido perdiendo (a veces dramáticamente) en los últimos tiempos. La idea clave es la de proceso, con la política en el puesto de mando y la creación de instrumentos que fomenten la solidaridad y el sentido de pertenencia a un proyecto común.

Para terminar esta modesta proposición, la necesidad de construir un “sujeto político unitario” con voluntad de mayoría y de gobierno. Las dos cosas van unidas: una mayoría para gobernar desde un proyecto propio, solvente, viable social y políticamente. Ni programa máximo, ni programa mínimo, programa para la acción consciente que mueva a mayorías, que genere, lo repito, compromiso e ilusión. Tres ideas aprendidas del feminismo como estilo y método de trabajo: a) autoestima; b) reconocimiento y c) democratización sustancial del poder y de los tiempos sociales.

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