El problema es el PSOE

  • El problema entre Sánchez e Iglesias no está en los sillones, ni siquiera en el número de carteras ministeriales. Está en el programa

Al final, la política es un arte; su vocación científica es admirable, pero no logra consolidarse como un saber específico. Uno de sus rasgos es que la experiencia nunca acumula capacidad de previsión y de análisis. Se corre siempre el riesgo de empezar cada día: solo queda la memoria. Esto viene a cuento del debate de investidura que comienza estos días. Es la misma historia de siempre, las mismas estrategias de siempre, solo cambian los personajes. El PSOE tiene 123 diputados, su tercer peor resultado de la historia y, claramente, no tiene mayoría absoluta; necesita, como mínimo, a Unidas Podemos y a algunos más. Hay que decir que Pedro Sánchez llegó al gobierno gracias a ERC, los antiguos Convergentes y, sobre todo, el PNV. Se sabe que un actor fundamental en la conformación de esa mayoría alternativa fue Pablo Iglesias.

Conviene partir de la historia aunque esta sea reciente. Los tiempos mediático políticos se aceleran y corremos el peligro de que se nos olvide lo que pasó anteayer. Hay un hecho que no se tiene en cuenta y que Unidas Podemos no subraya lo suficiente. Me refiero a una valoración objetiva de los meses de colaboración parlamentaria entre los partidos de Pedro Sánchez y de Pablo Iglesias. Nunca hubo un programa común, jamás se buscó una complicidad entre las fuerzas que habían puesto a Sánchez en el gobierno y, lo que es más grave, el PSOE manipuló según sus intereses electorales y mediáticos a esas fuerzas. Cada “conquista” en derechos sociales o en igualdad de género fue eso, una dura lucha entre los sindicatos (la izquierda) y la patronal (el gobierno). La ingenuidad de las fuerzas del cambio fue inmensa. Pablo Iglesias habló de tomadura de pelo.

Sin decirlo, sin evaluarlo, el núcleo dirigente de Unidas Podemos llegó a una conclusión: con este PSOE, o gobiernas o te engañan. No entro en si esta era la mejor alternativa posible. Ya he dicho mi opinión varias veces; solo constatar, una vez más, que Pedro Sánchez se parece mucho a Zapatero y, sobre todo, a Felipe González. Lenin, pido perdón, solía decir que en política no basta con saber lo que uno quiere hacer sino lo que está obligado a hacer. El Partido Socialista ha sido el Partido central del Régimen surgido en el 78. Guste más o menos, ellos han sido el Partido que ha construido la legitimidad social y política de la restaurada monarquía borbónica. Felipe González fue el Cánovas de esta restauración. Las derechas lo han llevado siempre muy mal y, cada dos por tres, intentan matar al Sagasta de turno. Nunca lo consiguen del todo.

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Dicho con más claridad, Pedro Sánchez está en una constante: convertir, sí o sí, a su partido en lo que fue el PSOE de Felipe González y Zapatero. No es nada personal, es político. Si uno ve la línea de fondo, siempre ha sido la misma, él y su partido son los únicos capaces de superar las crisis del Régimen y darle una nueva vida a la monarquía inaugurada por Felipe VI. El homenaje a Rubalcaba tenía toda esta fuerza restauradora que es la gran herencia de Felipe González. ¿Cuál era la condición para hacer esto factible? Reducir, limitar, y anular la fuerza electoral y política de Unidas Podemos. Esto, en muchos sentidos, ya se ha conseguido. Las próximas negociaciones van encaminadas a convertirla en fuerza testimonial.

Son malos los tiempos en los que nos vemos obligados a reivindicar lo evidente. El problema entre Sánchez e Iglesias no está en los sillones, ni siquiera en el número de carteras ministeriales. Está en el programa. Sabemos que el papel lo aguanta todo y una cosa es firmar un acuerdo y otra, cumplirlo. Cuando hablo de programa, me refiero a la traducción de demandas sociales, intuiciones y esperanzas populares en acciones de gobierno. Para que se me entienda, uno de los rasgos básicos de la ruptura del contrato social en España fueron las dos reformas laborales que incrementaron la precariedad, debilitaron el papel de los sindicatos de clase y generaron las condiciones para una sobreexplotación de la fuerza del trabajo. Podría hablar de otras cuestiones de fondo que refuerzan la idea de que hay diferencias sustanciales entre el PSOE y Unidas Podemos, pero no creo que aquí sea necesario. Hay un elemente importante que no hemos discutido lo suficiente: ¿cómo gobernar con nuestro mayor adversario electoral cuando, además, tenemos diferencias programáticas sustanciales?

Lo que viene ahora también es conocido: situar a Unidas Podemos contra la pared bajo la amenaza de unas elecciones generales anticipadas de las que sería responsable. Conforme se acerquen los momentos finales, la presión será enorme y saldrán todo tipo de dossiers; desde luego, está en juego el futuro de Unidas Podemos, no solo el de su equipo dirigente. El escenario de elecciones anticipadas por culpa de Pablo Iglesias es complicado. Lo trágico es que el problema no es de Unidas Podemos, es del PSOE. En cualquier parte de la Europa actual, lo normal sería un gobierno de coalición sobre bases programáticas y, desde él, ampliar esa mayoría (que la hay) para resolver las grandes cuestiones sociales, crear consenso para entrar de una vez en el problema territorial y, lo más importante, impedir que las derechas retornen de nuevo al gobierno.

Si todo es tan razonable, si todo es tan de sentido común como dice Sánchez, ¿por qué no ir a un gobierno de coalición con UP cuando, además, no se lo pone demasiado difícil? A mi juicio, esto tiene que ver con razones que no se dicen, que no se explicitan y que están relacionadas con el futuro del país y con eso que, genéricamente, llamamos izquierda. Lo primero, aprovechar la mala situación de Unidas Podemos para agravarla, profundizar sus conflictos y poner en cuestión a su equipo dirigente. En mi opinión, esto ha sido así desde el principio. En segundo lugar, asentar el régimen de Felipe VI buscando, desde él, la solución de los problemas reales del país y convirtiendo al PSOE en el eje de la recomposición del sistema político. En tercer lugar, apuesta clara y nítida por la Unión Europea y la OTAN, intentando convertirse en protagonista de una nueva socialdemocracia a la altura de los tiempos; es decir, en un partido demócrata que vaya de Macron a Tsipras. En cuarto lugar, reforzar la tendencia a un bipartidismo con nuevas formas y protagonismos que posibilite la ampliación de lo que podríamos llamar el partido del Régimen.

Insisto, en esta dura y compleja negociación se juega el futuro de Unidas Podemos. Haya acuerdo o no, nada será ya igual que antes y obligará a replantearse a fondo proyecto, estrategia, organización e implantación social. Lo peor sería consolidar la idea de que no hay acuerdo por el deseo de gobernar cueste lo que cueste. Ese es el territorio que va a marcar el PSOE. Pablo Iglesias ha demostrado este fin de semana que no tiene oposición significativa en los órganos de Podemos. Sería necesario que los votantes, inscritos, cuadros y dirigentes regionales fueran copartícipes de lo que se está haciendo. Discreción y secretismo son casas diferentes. La discusión sobre el programa tendría que ser pública, conocida en tiempos y formas. El debate sobre la futura composición del gobierno requiere prudencia y decir solo lo necesario.