Posverdad: mentiras, afectividad, yo-digital y revolución zombi (de gaytasunos a #metoo) (I)

  • "La corrupción del PP y las contradicciones constantes de Rivera entran precisamente en este orden de la posverdad"
  • "Posverdad no es simple mentira política; define nuestra condición contemporánea en la mayoría de sus aspectos y afecta incluso a nuestros cuerpos"

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Joseba Gabilondo, profesor de Literatura y cultura peninsulares en Michigan State University, acaba de publicar Globalizaciones. La nueva Edad Media y el retorno de la diferencia, editado por Siglo XXI de España

Aunque el presidente Trump haya popularizado el término fake news que parece haberse implantado en castellano como anglicismo —pronunciado feik nius— hay otro termino, que aunque se hiciera famoso en 2016 con el Brexit y las elección presidenciales americanas y, además, fuera votado “palabra internacional del año” por Oxford Dictionaries, no será tan familiar para el lector medio, y precisamente por eso, aviso, se va a imponer en cualquier debate importante reciente gracias a la derechización que han impuesto Vox, Ciudadanos y la ultraderecha global.

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Por tanto, hay que comprender dicho término para que no nos pille por sorpresa: la posverdad, derivado del americano postruth, palabra de origen académico (Ralph Keyes, 2004; también Steve Tesich, 1992) que, como cualquier otra que empiece con la fea preposición “post” no es fácil de pronunciar, pero es más necesaria que el papel higiénico. ¿Qué es esa posverdad para la que nos tenemos que preparar? Es el otro lado del fake news trumpiano, y aquí también, dicho personaje resulta su mejor ilustración: hay páginas de web, como la del Washington Post, dedicadas a contar el número de mentiras que ha proferido esta encarnación del narcisismo imperialista americano, y, según las mismas, a día de hoy, lleva más de 10.796 mentiras o aserciones engañosas dichas públicamente desde el comienzo de su presidencia de dos años y medio (869 días), a un promedio de 12 mentiras por día. Como dijo The Economist en 2016, Trump es el exponente más claro de la política de la “posverdad”. Y claro la pregunta es, ¿y a nosotras qué nos importa? Veremos que la corrupción del PP y las contradicciones constantes de Rivera entran precisamente en este orden de la posverdad.

Pero citemos la última posverdad de Donald ya que no tiene pérdida: ¡en el discurso que dio el 4 de julio, fiesta nacional de la independencia norteamericana, este presidente se refirió a la toma de aeropuertos por las fuerzas rebeldes americanas en 1776! Ya se ve que esto es mentira, pero apunta a un escenario más complicado que ni la misma palabra “mentira” o “estúpido” explica del todo, de ahí la necesidad del concepto de posverdad. Es una de las palabras claves para entender qué está sucediendo no solo con la democracia y la política globales y españolas de los fake news, como muchos han defendido hasta ahora, sino también para entender el Internet, la economía, la ciencia y el medio ambiente de este nuevo siglo XXI que comenzó con la crisis económica del 2008. Posverdad no es simple mentira política; define nuestra condición contemporánea en la mayoría de sus aspectos y afecta incluso a nuestros cuerpos (de la violación a la adicción al Internet).

Mentiras: de los gaytasunos a la melancolía socialdemócrata de la izquierda

La posverdad es un escenario complejo y de varias dimensiones. Empecemos con lo de las mentiras que, aun siendo el aspecto más conocido de la posverdad, requiere explicación más detallada. Lo primero que tenemos que afirmar es que ya hemos aceptado este mundo posverdadero de mentiras de la misma manera que nos hemos acostumbrado a la subida de tarifas de la luz; en los EE.UU. cualquier otro presidente pasado tendría que haber dimitido con solo una semana de mentiras a la Trump. Pero viniéndonos más cerca, examinemos a Albert Rivera, y a toda la derecha, en su capacidad de desdecirse y contradecirse, que criticamos, pero que, al mismo tiempo, disfrutamos criticando, ya que es mucho más interesante que el discurso aburrido de políticos de izquierda como Pablo Iglesias, al cual se le critica, pero no por desdecirse o contradecirse, sino más bien por aferrarse de manera testaruda a una verdad inicial que, en toda su desnudez, ahora ya no seduce a tantos: quiere el poder, incluso a costa de sus menguantes bases, para cambiar las grandes desigualdades que definen al Estado español.

Iglesias incluso nos repitió la Constitución en el último debate presidencial para asegurarnos que su discurso es completamente “legal” y “verdadero”. Pero el debate chillón y manipulativo de la derecha, que no pudo evitar ni Pedro Sánchez, ganó la mayoría de los votos. Iglesias era la excepción que, repitiendo la Constitución, empezó a parecerse a aquel filósofo griego que buscaba la verdad con una lampara encendida a plena luz de día. El estilo chillón que Vox ahora ha pasado al parlamento, solo anuncia la generalización de este nuevo modo posverdadero de (no) discutir y (no) decidir de la política que en el Día del Orgullo LGTBIA+ Ciudadanos y Arrimadas han llevado a las celebraciones para concluir que la “verdadera posverdad” es que los gays son unos fascistas y Arrimadas es la gran víctima y minoría del Día del Orgullo. Ya ha aparecido la palabra “gaytasunos” en la prensa para dejar claro que la manifestación del Orgullo es cosa de ETA. La posverdad de derechas choca todavía pero nos vamos acostumbrando a ella.

En España la “mentira” intelectual más significativa que se ha producido, y el número de ediciones apunta a que dicha maniobra posverdadera funciona bien, es el libro Imperiofobia y leyenda negra (2016) de María Elvira Roca Barea, ya que según han argumentado Miguel Martínez y José Luis Villacañas, la omisión y distorsión de datos, lleva a la autora a presentar a España como imperio víctima donde, a diferencia de lo que la leyenda negra impuso, reinó la tolerancia y la falta de conflicto. Una ideología posverdadera que se conectaría con el FAES de Aznar de donde la argumentación posverdadera de la política española ha surgido en su vertiente más influyente, la cual incluye a Vox y varios medios de comunicación de derecha se han encargado de amplificar. Es este habituarse a la mentira que apunta a un momento inusitado, a un momento que ya hemos aceptado, pero que, por no criticarlo, nos sitúa en un territorio sin precedentes de hábito y espacio de habitación posverdaderos. Ya nos sentimos tan a gusto en la posverdad que hasta disfrutamos de esa nueva realidad ambigua, ni verdadera, ni mentirosa del todo, donde parece que es otra cosa lo que importa, no su estatus de verdad.

La posverdad en España se va imponiendo, en su aspecto ideológico y político por tres razones. La primera es que después de la crisis del 2008, la verdad aceptada de manera mayoritaria por intelectuales, políticos, periodistas y clase media sobre la modélica transición española, la cual como Guillem Martínez y Emmanuel Rodríguez han elaborado de maneras diferentes pero paralelas, supone una verdad que el Estado controló a través de la subvención de la cultura y que la crisis del 2008 ha desmontado por falta de nuevas ayudas económicas a la cultura. Por lo cual, la población española no solo se ha quedado sin la tan traída “memoria histórica” de la República, de la Guerra Civil, y de los duros años del franquismo, sino que se ha quedado sin memoria de su propia historia personal o familiar: los últimos 40 años (1978-2019). Los españoles han pasado a ser unos amnésicos siempre al borde de un vacío histórico desorientador. La población española se ha quedado sin memoria vivida, sin pasado y, así, se ha trasladado al estadio posverdadero donde nada tiene sentido ya. Empezó con el “no nos representan” del 15M, pero además significa que “nos han engañado sobre los últimos 40 años” y, lo que es más importante, “el futuro es un agujero negro” al fondo del cual lo único que se puede vislumbrar es la precariedad económica, política y cultural. Aquí la posverdad no puede más que florecer y multiplicarse.

La segunda razón sería ETA. Independientemente de lo que se piense de dicho fenómeno histórico (1959-2018), ETA ha representado el enemigo mortal y existencial del Estado español, y como tal, ha fundado la verdad de éste. Estamos ya muy cerca de que la derecha contraponga al slogan vázquez-montalviano de izquierdas “contra Franco vivíamos mejor” el más nuevo de derechas “contra ETA vivíamos mejor”. Ahora que el enemigo existencial del Estado ha desaparecido y un Arnoldo Otegi sonriente y de buenas maneras a lo más representa a un EH Bildu democrático donde algunos de sus miembros son ex-etarras, el fantasma de ETA no da mucho juego, aunque la derecha intente revivirla con más ahínco que al cadáver de Franco. Con lo cual ha habido una necesidad de crear y diversificar nuevos enemigos radicales, desde el Procés catalán y los inmigrantes que vienen a vivir gratis al espectro bolivariano de Venezuela. Solo falta que la Europa de Merkel, Junker y Lagarde también se convierta en enemigo existencial; pero para eso, todavía hace falta que Vox vaya a estudiar un máster con Le Pen o Salvini —parece que esa titulación no se ofrece en la Universidad Juan Carlos I. Lo de los gaytasunos del Día del Orgullo o la kale borroka de las feministas andaluzas, que Vox inventó, también entran aquí.

La tercera y la más general razón tiene que ver con la izquierda, socialdemócrata, socialista o comunista. Es ya lugar común que la ideología de izquierdas perdió fuerza, coherencia y convicción después de 1989 y la caída del Muro de Berlín. Aunque Enzo Traverso en su Melancolía de izquierda propone recordar y revitalizar la memoria del socialismo, de manera similar a la que Alain Badiou quiere reclamar la herencia del 68, está claro que en varios países, incluida España, el intento de dar respuesta a las demandas populares de primeros de milenio —Chávez, Lula, Kirschner, etc.-- y primeros de 2010 —la Primavera árabe, Syriza, Occupy Wall Street, 15M/Podemos— ha revelado, por un lado, la fuerza del neoliberalismo, pero por otra, la incapacidad de dar una respuesta a estas demandas políticas populares, que se presentan como peticiones negativas que se podrían sintetizar con el “no nos representan”.[1] Por lo cual, el fracaso de la izquierda es muy reciente, no se retrotrae a 1968 o 1989, sino a 2014, cuando el ciclo de la marea rosa latinoamericana se cierra y, unos años más tarde, el de Syriza y Podemos (2019). Y es aquí donde la posverdad interviene.

Si ha habido un fracaso de la izquierda ha sido precisamente frente a este nuevo escenario de posverdad, donde la derecha, con ayuda del capital financiero, ha sabido implantar su verdad mentirosa. Enfrentado al espacio de demandas populares delineado más arriba, la izquierda ha respondido con mensajes y planes “verdaderos y sinceros”, pero que en ningún momento han sabido capitalizar la fuerza de la mentira estratégica y del mensaje viral. La verdadera nostalgia de la izquierda de la que habla Traverso es por una socialdemocracia nada revolucionaria o utópica y que, además, la crisis del 2008 se llevó por delante. La verdadera melancolía de la izquierda es por el periodo anterior al 2008, donde la verdad de la socialdemocracia, limitada y acomodaticia, era lo que la izquierda quería esgrimir frente a una nueva avalancha social que el término posverdad permite empezar a delinear. Incluso Iglesias ha resultado ser un izquierdista tradicional, socialdemócrata y acomodaticio, aunque irrumpiera en la televisión y las tertulias donde sí supo acomodarse inicialmente al régimen político posverdadero respondiendo a las demandas populares de “no nos representan” en su búsqueda por una representación posverdadera.

En este fallo, Iglesias y Errejón (propulsor de ideas afines a Le Pen sobre la patria que echaron por la borda la posverdad bien articulada de la denuncia inicial de la casta) van de la mano. Optar por un partido clásico (Podemos) es también renunciar a la posverdad de izquierdas. Esteban Fernández, en una maniobra más radical, pero creo que superficial, ha dicho que Podemos en el fondo es un partido creado de forma neoliberal (“La coalición entre los tecnócratas y los 'bobos'”). Es decir, Podemos ha surgido de la misma manera que la posverdad neoliberal de derechas y por eso ha fallado como alternativa a una posible posverdad de izquierdas que no fuera simple nostalgia por la socialdemocracia.

[1] La Comunidad Autónoma Vasca, Navarra y Valencia son las excepciones donde la izquierda ha sabido ocupar dicho espacio o por lo menos ha seguido creciendo. Portugal es el otro gran ejemplo que no se cita lo suficiente.

Nota: este artículo se completará con dos entregas más a publicarse en los días sucesivos

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