Fútbol femenino, un gol a la fratría

  • "El fútbol ha sido una fratría en la que certificar la masculinidad. Tanto en la práctica del deporte como en su faceta de institución social y espectáculo de masas"
  • "La importancia del fútbol femenino está en que podría dinamitar uno de los espacios masculinos más relevantes de nuestro tiempo"

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Raúl Cordero, Secretario General Unión Comarcal Sur CCOO Madrid

“El patriarcado hace mucho que ha dejado de ser paterno. La sociedad civil moderna no está estructurada según el parentesco y el poder de los padres; en el mundo moderno, las mujeres están subordinadas a los varones en tanto que varones, o a los varones en tanto que fraternidad”. Con esta afirmación, Carol Pateman describe el patriarcado de la modernidad como un patriarcado de la fratría, una especie de fratriarcado, si se me permite la expresión. Porque en las sociedades contractualistas que siguieron a la Revolución Francesa y que dieron lugar a los estados nación contemporáneos, “el contrato original tiene lugar después de la derrota del padre, creando el patriarcado fraternal moderno” (Carol Pateman, “El Contrato Sexual”, 1988).

Los hijos matan al padre en 1789 y se instituyen en fratría. El tercer lema de la revolución, la fraternidad, o solidaridad masculina, servirá para excluir a las mujeres de los otros dos: libertad e igualdad. Este matiz tan aparentemente filosófico, tiene consecuencias profundas en la estructura de dominación masculina. El cumplimiento de los mandatos de género, y concretamente de los mandatos de la masculinidad, ya no los certifica la figura simbólica del padre (Dios Padre, el monarca absoluto, el pater familias), sino el grupo de iguales masculino que conocemos como fratría. Este espacio de los iguales en tanto que varones, tiene a su vez como mandatos colectivos las mismas exigencias que se establecen para cada varón, la primera de las cuales es no ser mujer. Dado que los géneros se construyen en relación y como alteridad, la fratría establece la exclusión de las mujeres al mismo tiempo que el modo de relación de los varones con ellas. Hablando en plata, esto significa que no puede haber mujeres en la fratría. Por eso, los grupos mixtos pueden participar conjuntamente de distintos rituales, incluso de aquellos que como el consumo de drogas no están socialmente aceptados. Pero los hombres no se irán de putas con sus amigas, aunque la prostitución estuviera legalizada.

En el Occidente contemporáneo, los varones hemos encontrado distintos espacios para la representación o reconstrucción subjetiva de esa masculinidad hegemónica que de manera objetiva se resquebraja (Beatriz Ranea). Ante la dificultad de cumplir con los mandatos de la masculinidad en este contexto de incertidumbre y precariedades (no sólo económicas), existen distintas fratrías que sustituyen la figura paterna para la convalidación de la masculinidad. En otras ocasiones hemos hablado de los espacios prostibularios, pero una fratría socialmente aceptada y de representación masiva en las últimas décadas, han sido los eventos deportivos de masas. En el caso español, de manera singular, el fútbol.

El fútbol ha sido una fratría en la que certificar la masculinidad. Tanto en la práctica del deporte (desde el patio del colegio como mecanismo segregador de niños y niñas, y de niños entre sí), como en su faceta de institución social y espectáculo de masas, ha sido un espacio de socialización pero también de representación de lo masculino. En este sentido, ha sido funcional como espacio de reconstrucción. Pero, ¿qué pasa cuando la fratría se llena de mujeres? Sencillamente, que deja de ser fratría. Porque como decíamos antes, el primer mandato de la fratría es la exclusión de la feminidad y de las mujeres. Entonces... ¿quién certifica el cumplimiento de los mandatos de la masculinidad?

En mi opinión, el fenómeno del fútbol femenino tiene una importancia que todavía no alcanzamos a ver. No es sólo la conquista de un nuevo espacio para las mujeres. Su importancia está en que podría dinamitar uno de los espacios masculinos más relevantes de nuestro tiempo. Una vez asaltada la fratría, falta una fuente de legitimidad de los comportamientos masculinos, lo que puede llevar, con el tiempo, a una pérdida de masculinidad, y esta es una muy buena noticia. Siempre será bueno el debilitamiento de los géneros, porque éstos son estrategias de opresión patriarcales que impiden alcanzar una sociedad de individuos iguales y libres.

Soy consciente de que queda mucho por ver. Esta es sólo una hipótesis optimista. Ya veremos con qué se plantea el patriarcado sustituir este enorme espacio de socialización masculina. Veremos si intenta la asimilación de las mujeres futbolistas en las dinámicas de esa masculinidad o si aparecen espacios alternativos de representación. Lo primero parece difícil en este contexto de fuerte impugnación feminista al androcentrismo; además, muchas de ellas han sufrido la presión patriarcal por el incumplimiento de los mandatos de la feminidad cuando de pequeñas entraron en el espacio masculino del fútbol. También creo que veremos algún tipo de reacción patriarcal, pero, sinceramente, creo que esto no lo han visto venir. Lo que sí podemos intuir, si no asegurar, es que ya nada será como antes. Por primera vez en mi vida, por cierto, empieza a interesarme el fútbol. Claro que esto es mucho más que fútbol. Es un fenómeno de transformación social.

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