El eterno retorno del posibilismo conservador

  • "Emilio Santiago obvia el nivel de movilización contra la Operación Chamartín pese a las decenas de actos que se han llenado en los meses previos a la aprobación"
  • "En lugar de retórica verbal para justificar maniobras conservadoras, hay que conseguir fuerzas políticas enraizadas en lo popular"
  • "Se trata de bloquear realmente la salidas dentro del modelo de ciudad heredado, salir del campo de juego neoliberal y empezar a construir otro tramado urbano"

Juanjo Álvarez, militante de Anticapitalistas

Ayer se publicaba en este medio un artículo defendiendo la operación Chamartín, llamada ahora Nuevo Norte, por parte de Emilio Santiago Muiño, el referente del ecologismo en la corriente errejonista. Nada nuevo que aportar, más allá de los clichés ya conocidos en esta agrupación electoral que ahora se encuentra ante un aprieto, el de justificar Chamartín, obra magna del gobierno de Carmena, y explicar las contradicciones evidentes que esto le genera con su pretendido giro verde, al calor del éxito de los partidos verdes europeos.

Sin embargo, merece la pena repasar algunos de sus puntos porque, aun no siendo novedosos, sí lo es la agresividad con la que están planteados, y también la aplicación al campo de la política ecologista, que hasta ahora no tenía más precedentes en el estado español que Equo, ahora absorbido por los nuevos partidos. Para el anecdotario queda la marca de la nueva política, que parece convencida de que, si abordas un tema citando una serie, la modernidad está garantizada. Nada más lejos de la realidad: los dos elementos que articulan el planteamiento de Santiago son los mismos que ya aparecen en su propuesta de Green New Deal y en las posiciones generales del errejonismo, es decir: los grupos sociales movilizados no tienen fuerza para articular una transformación real y la política real es una cosa que se hace en las instituciones y depende del grado de consenso que tenga entre una mayoría social que ni está movilizada ni cuestiona los dogmas neoliberales.

Empecemos por lo segundo: ni hay un consenso neoliberal ni la política real tiene que ver forzosamente con reproducir ese supuesto consenso. Santiago utiliza un truco retórico que consiste en situarse en la parte de movimientos para decir: miren, esto no lo hacemos bien, habíamos pensado que la sociedad quería cambios profundos pero en realidad era un error, porque no sabemos entender a las mayorías. Al plantearlo así, reconozcamos la habilidad, se gana la confianza de un lector que se encuentra con una especie de confesión, pero lo que esconde es que semejante afirmación no está soportada por nada. Ni una aproximación sociológica, ni un dato, ni un estudio. Es tan acrítico que lo mismo nos valdría apelar a las golondrinas como oráculos de la voluntad popular. Obvia, por supuesto, el nivel de movilización contra el plan, que no parece ser significativo pese a las decenas de actos que se han llenado en los meses previos a la aprobación, al posicionamiento de la FRAVM o de todos los grupos ecologistas.

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Pasa igualmente por alto la movilización social que produjo Ahora Madrid en 2015 y que desbordó cualquier expectativa, el 15M, los primeros años de Podemos y el municipalismo... ignora, para abreviar, todos aquellos movimientos sociales y políticos que, en los últimos años, han provocado el mayor cambio del panorama político desde la transición y que, dicho sea de paso, son la única razón por la que el errejonismo ha podido situarse como una fuerza política.

Al avanzar en el segundo punto  ya hemos respondido en parte al primero, al que se refiere a la supuesta incapacidad de los movimientos sociales. Sin duda, ambos puntos se unen porque lo que demuestran los diversos movimientos a los que hacíamos referencia es que ni la sociedad movilizada está sobredimensionada ni el sentido común de la mayoría es neoliberal. Entre otras cosas, porque ambas realidades se conectan, y aunque pueda ser adecuado separar para analizar no tiene sentido asumir como real lo que es una diferencia meramente metodológica. El 15M no fue un movimiento fundamental por las miles de personas que se manifestaban, sino porque la mayoría lo apoyaba. El movimiento y la mayoría son partes de un mismo cuerpo social, y quien quiera hacer la separación en compartimentos estancos sólo está haciendo una trampa que no lleva a ninguna parte, salvo a justificarse para echar por la borda la posibilidad de un cambio más que necesario.

Recordemos que estamos hablando de ecologismo, es decir, de crisis climática, de niveles de contaminación que envenenan literalmente las ciudades, de desertificación, de crisis energética. De fenómenos de absoluta urgencia en los que no se puede desperdiciar ni una oportunidad, ni una grieta.  Esto no hace que la construcción de un complejo de torres y el soterramiento de una vía pase a ser una buena solución; al contrario, pasa a ser un escenario que no nos podemos permitir. Para ello, en lugar de retórica verbal para justificar maniobras conservadoras, hay que conseguir fuerzas políticas enraizadas en lo popular, porque sino, lo que sucede es que esas fuerzas políticas acaban operando como elementos de la reacción, viciando así la articulación política de la voluntad social que tanto echan algunos de menos.

Se trata de bloquear realmente la salidas dentro del modelo de ciudad heredado, salir del campo de juego neoliberal y empezar a construir otro tramado urbano. Por ejemplo, negándose a la eterna lucha por Chamartín y utilizando ese dinero en una batería de inversiones en barrios populares, lo que permitiría deslocalizar la concentración de empresas y trabajadoras en el norte y facilitar la creación de tejido productivo en el sur y este de la ciudad. Para eso, claro, está, hay que estar dispuestos a romper el marco neoliberal y no comportarse como aliados fiables del capital. Nada fácil, pero al menos, algo que sí responda a los movimientos y la ciudadanía que, ni es neoliberal, ni está dormida como quieren hacernos creer.