Derecha en España, barra libre

  • "La derecha española ha entrado justo en esa etapa, la de la barra libre, y andan con la corbata en la cabeza, dando voces y traspiés, en actitud pendenciera"
  • "Una nueva crisis económica parece estar llamando a la puerta. Una para la que la respuesta ya no será el ciudadanismo tranquilo del 15M"

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Las bodas son esos acontecimientos asombrosos donde el neoclásico en yeso aún tiene cabida, las señoras de barrio se sienten por un día en Ascot y todo el mundo acaba despendolándose hasta extremos que a veces rayan el bochorno. ¿El causante de tantos despropósitos? La barra libre, ese invento que proporciona por unas horas la fantasía de alcohol gratis en un entorno donde el pasodoble y Paulina Rubio se mezclan en un todo delirante.

Bien, la derecha española ha entrado justo en esa etapa, la de la barra libre, y andan con la corbata en la cabeza, dando voces y traspiés, en actitud pendenciera. Sólo en la última semana varios personajes públicos han dicho aquello de “aguántame el cubata” y se han lanzado a la tormenta de fango sin mayores reparos. Marcos de Quinto y los inmigrantes bien comidos, Álvarez de Toledo y los bulos sobre la seguridad en Barcelona, Bertín Osborne y el feminismo.

Sin embargo esto no es simplemente una anécdota, una concatenación casual o el resultado del carácter especialmente reaccionario de los personajes. Es una táctica pensada y extendida en el tiempo que comienza en los medios afines, encuentra eco en los políticos y anima a personajes públicos a soltar bravatas que hace unos pocos años permanecían enmoheciéndose en el armario. Basta tomar como referencia a Casado y Rivera para ver que la coincidencia con Abascal no es sólo aritmética de escaños.

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Este viaje a las catacumbas ha sido un proceso histórico que empezó, al menos, tras la última legislatura de Aznar, un experimento social donde ya no se trataba sólo de ganar elecciones, sino de situar como consensos, como ideas razonable, buena parte del ideario nacional-católico sustituyendo los elementos más chirriantes y desfasados por la amoralidad neoliberal. Los negocios entendidos como especulación, animados por el lubricante de la corrupción no bastan para crear una identidad masiva y exitosa.

Sin duda, el trumpismo y el destropopulismo europeo han dado alas a esta escapada hacia delante. De todas las características de esta nueva derecha, una de las más llamativas es la de encarar el conflicto, es más, incluso de buscarlo denodadamente al precio que sea. Así incluso la utilización de las redes sociales para extender mentiras, manipulaciones y prejuicios contra las minorías mediante cuentas en B -no las bancarias-, es una frontera que se ha cruzado sin ningún tipo de reparo.

Hasta nuestro momento, la derecha se cuidaba de no poner las cartas sobre la mesa. Ahora el nacionalismo excluyente, el machismo, la xenofobia y el negacionismo ecológico son moneda de uso común en los discursos, además de un tono populista anti-élites que Vox ha usado con cuentagotas, ya que jugar a la rebeldía con apellidos nobles y notables posesiones no suele dar buenos resultados. Pero sobre todo -curiosamente es un elemento muy poco citado- una reivindicación clasista, privatizadora y mercantilista descarada.

Así nos encontramos con una cierta paradoja histórica: en el momento en que la izquierda lleva ya décadas inmersa en una desnaturalización de su cultura, un transversalismo castrador y la evitación del conflicto, la derecha ha cambiado las reglas del juego aceptando lo que son a cara cada vez más descubierta. Y de momento los resultados en todo el mundo parece que confirman lo acertado de la táctica, no sólo por lo electoral, sino por la creación de un nuevo sentido común donde medidas de corte filofascista empiezan a ser aceptadas con naturalidad.

En España, de momento, la conclusión del progresismo social a este nuevo modus operandi de la derecha está siendo la táctica del avestruz. Una especie de boicot digital que pretende no dar publicidad a las declaraciones altisonantes y premeditadas. Lo que parece no querer comprenderse es que la intención no es soliviantar a los adversarios sino dar unas guías de comportamiento, un vasallaje, un sentimiento de grupo a los afines.

Además, la propia naturaleza de las redes y el triunfo de las políticas identitarias ha configurado una serie de respuestas inmediatas totalmente contrarias a este boicot. En el momento en que más importancia han cobrado los modos y formas, el lenguaje, en definitiva, un culturalismo de raigambre individualista, se hace muy difícil que la gente no entre al trapo con la única herramienta de la que cree disponer: la ofensa. Y así tenemos el circo montado. Uno de tres pistas.

Frente a este escenario caben tres respuestas. La primera es la del ruego. Una suerte de apelación a la responsabilidad en temas, sobre todo, que se consideran de Estado. Lo que no se suele comprender es que en este país carecemos de un cuerpo liberal verdadero, una cierta derecha ilustrada con respeto sincero por la democracia. Pero sobre todo que al final, la cuestión de Estado, es una manera elegante de definir unos intereses que en una gran parte son precisamente conservadores.

La segunda es la de profundizar la situación actual. A más ataques a determinados colectivos, más sobreexposición de esos colectivos. A más injusticia, más apelaciones a la solidaridad. A más maneras atrabiliarias, más talante. Y esto, que en un tiempo normal podría funcionar, en un entorno precarizado, puede no hacerlo. Cuando la precariedad entra por la puerta, los buenos sentimientos saltan por la ventana.

España no es Kansas, pero puede llegar a serlo. Hace unas décadas países con una mayor tradición democrática y una izquierda perfectamente asentada, como Italia o Francia, sólo contemplaban a los Salvinis o las Le Pen como un mal sueño del pasado. Además hay otro problema que ya se empieza a manifestar con el feminismo y es su desnaturalización. En el momento en que algo funciona en el campo progresista se le exige que vaya más allá de sus fronteras, secundarizando los propios problemas de las mujeres y convirtiéndose en una especie de “arregla todo”.

El tercer camino es la guerra asimétrica, un camino que no requiere ni del engaño, ni de la teatralización, la de traer a primer término los resultados del sistema económico, un campo del que la derecha huye y teme simplemente porque demuestra a las claras los objetivos últimos de sus políticas.Esta última semana conocíamos, por ejemplo, que los usuarios de apuestas en línea se han triplicado en estos últimos cinco años, alcanzando ya los más de 800000. También que se aumenta el número de horas extra, no resultando pagadas casi tres millones, a pesar de la nueva, e incumplido, reglamento sobre el registro de jornada laboral.

Bernie Sanders, el candidato a las primarias del partido demócrata expresaba el 21 de agosto en Twitter que “si va a haber una guerra de clases en este país, ya es hora de que la clase trabajadora gane esa guerra”. Una nueva crisis económica parece estar llamando a la puerta. Una para la que la respuesta ya no será el ciudadanismo tranquilo del 15M, pero tampoco, si no se hace nada, la respuesta organizada de la clase trabajadora. La gente es oportunidad, pero también abismo.

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