Vox, el fruto de una Andalucía yerma

  • "El binomio centralismo y racismo, sumado a una defensa iracunda del orden patriarcal, son los ingredientes que alimentan el programa de Vox"
  • "La particularidad del caso andaluz estriba en que fue la exhumación del pequeño Vox que había dentro del PSOE-A la que provocó la “voxificación” de la sociedad"
  • "Cuesta imaginar un momento más propicio para formar una fuerza andaluza que detenga esta locura"

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Rubén Pérez Trujillano y Francisco Miguel Fernández Caparrós

Quienes escribimos estas líneas sabemos que el auge de Vox se inscribe dentro de una tendencia global. No obstante, creemos que tanto su vertiginoso crecimiento como las amenazas que plantea tienen buena parte de sus orígenes en lo que podemos denominar, en homenaje a Lorca, una Andalucía yerma. Se abre el telón.

Primer acto, o “los mejores años de Andalucía. Ésa fue la expresión que Susana Díaz empleó en 2015 para anunciar una victoria electoral que la convertía en la primera presidenta electa de la Junta de Andalucía. Recordemos que Díaz había accedido al máximo cargo de representación política de la autonomía después de que José Antonio Griñán abandonara ese puesto por su implicación en la causa de los ERE. La recomposición del PSOE comenzaba en Andalucía. Poco después, en enero de 2014, se puso en marcha Podemos y, si dejamos a un lado las elecciones europeas, los primeros comicios que tuvo que afrontar la formación morada fueron los celebrados en Andalucía en marzo de 2015.

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Había dos pulsiones muy claras por debajo del adelanto electoral decidido por Díaz. Por un lado, en relación a su propio partido, se proponía una doble operación: legitimar el mandato heredado de forma cuasi patrimonial y asegurar la posición del PSOE en Andalucía en un momento de crisis interna. Por otro lado, respecto a la emergencia de Podemos, el adelanto respondía a una de las principales ansiedades de la formación socialista desde la década de los 70; esto es, que no exista ninguna fuerza política a su izquierda. Se trataba de continuar siendo el “Partido de Andalucía”, esa mezcla con acento sevillano entre CiU y PNV que ya había liquidado el PA y humillado a IU.

Por eso, la noche del 22 de marzo la alegría no podía ser mayor. Según sostenía la presidenta, se abría un “tiempo nuevo” para Andalucía. En realidad, el principal motivo de alegría tenía que ver con otra cosa, y es con la continuidad del régimen andaluz del PSOE: una estructura orgánica de poder en la que las instituciones autonómicas y el partido se confundían hasta su disolución. La estrategia que desde ese momento puso en marcha el PSOE-A perseguía tres objetivos: inhabilitar a Podemos Andalucía, crear un gran centro político con el apoyo de C’s y activar una retórica profundamente reactiva hacia la migración y, por supuesto, hacia Cataluña. Era la estrategia de los tres puntos.

Segundo acto, o “parar a la extrema derecha en Andalucía. El 1 de junio de 2018 prosperaba la moción de censura contra Mariano Rajoy. Pedro Sánchez pasó a presidir el gobierno de España. En el Congreso, el PSOE estaba muy por detrás del PP y sólo aventajaba en 17 escaños a UP después de los comicios de 2016. Lo que no habían conseguido las urnas y otra moción fallida terminaría lográndolo la sentencia de la Gürtel. Sánchez llevaba apenas un año en la secretaría general del PSOE después de aquella agria contienda con Díaz. Vencida y –lo que es peor– herida en lo más profundo de su orgullo, la entonces presidenta de Andalucía quiso reivindicarse tan pronto como Sánchez pisó la Moncloa. Ella había hecho todo lo posible por evitarlo y, sin embargo, allí estaba él con un atractivo relato de redención. Susana Díaz tenía en su mano la opción de adelantar las elecciones en la comunidad autónoma. Otra vez. PSOE-A y C’s, cuya alianza de gobierno había fluido como la seda, fingieron de repente una ruptura. Díaz decretó la disolución del Parlamento andaluz el 8 de octubre de 2018. Fue la crónica de una muerte consumada.

Los andaluces emitieron su voto el 2 de diciembre de aquel año. Díaz centró la campaña en la búsqueda de estabilidad para que la Junta pudiera hacer bien su trabajo. Cuando el escrutinio había acabado, PSOE-A y PP-A habían descendido considerablemente en votos y escaños. Adelante Andalucía no revalidaba los que correspondían a Podemos e IU con anterioridad. Quienes salieron bien paradas fueron las nuevas derechas. Algo cambiaba: C’s pasó de 9 a 21 representantes. Algo cambiaba mucho: Vox multiplicó por veinte los sufragios que había recibido en las elecciones de 2015 y penetró con 12 diputados en el Parlamento andaluz. Susana Díaz, la líder socialista que había forzado las elecciones escudándose en una inestabilidad gubernamental que no existía, se refirió a la extrema derecha nada más conocer los resultados.

La ultraderecha era un hecho para entonces. Además, Díaz no comprendió la trascendencia de ese ascenso. Apeló a “las fuerzas políticas que decimos que somos constitucionalistas” para que la apoyasen. ¿Qué había ocurrido? Cuando en 2015 Susana Díaz revalidó su mandato activó dos de los elementos discursivos que han alentado el auge de Vox y, antes, de C’s. Desde su primera comparecencia pública en Madrid como presidenta de la Junta de Andalucía, Díaz arremetió contra uno de los principales bienes del andalucismo: el autonomismo. Apenas un mes después de tomar posesión en el cargo, Díaz sostuvo algo que no se había atrevido a sostener en público ningún dirigente socialista hasta entonces, y es que Zapatero cometió un error al apoyar el Estatut de Cataluña. “No concibo –concluía Díaz– la ruptura de la unidad de España, que es un proyecto nacional con mucho futuro”. Esa línea argumental sostenida en el tiempo derivó en un anticatalanismo beligerante como prueba, por mostrar solo uno de sus extremos, el apoyo institucional a la aplicación del artículo 155 de la Constitución española.

El otro elemento discursivo por el que apostó el PSOE-A es una retórica basada en la criminalización de la migración. Desde 2015, año en el que la Unión Europea y Turquía alcanzaron el “acuerdo de la vergüenza”, Andalucía ha sido el territorio en el que de forma más abrumadora hemos asistido a la traducción concreta de la política migratoria compartida por el Gobierno central y el autonómico, y que se puede resumir en tres líneas de actuación: detención, encierro y expulsión de las personas migrantes. El uso de la cárcel de Archidona como CIE improvisado es la imagen terrible, criminal y racista de esa política. Antes que Vox, la primera fuerza que propuso la devolución de los niños y niñas que migran solos fue –sí– el PSOE-A.

El binomio centralismo y racismo, sumado a una defensa iracunda del orden patriarcal, son los ingredientes que alimentan el programa de Vox. Tras la fatídica noche electoral en la que concluía el régimen andaluz del PSOE al mismo tiempo que irrumpía a caballo en el Palacio de San Telmo la fuerza ultramontana liderada por Santiago Abascal, la dirigente de la agrupación socialista apuntó a Cataluña como “causa de su fracaso”. En efecto, era una de las causas de su fracaso, pero no porque hubiera hablado poco de Cataluña, sino por haber renunciado a articular una respuesta que no pasara por el artículo 155. Si Díaz no figura en la foto de Colón es porque ella ya había preludiado ese esperpento. Vox, como muy bien observó el filósofo Santiago Alba Rico, es el prolapso del régimen del 78, del que el PSOE es su principal valedor. La concesión de la Medalla de Andalucía de 2018 a la autora de un panfleto ultraespañolista constituye la metáfora perfecta de ese cordón umbilical. Ilustra de qué forma los dirigentes del PSOE-A forjaron el marco identitario que estaba llamado a arrollarlos a ellos y a Andalucía, es decir, a la sociedad política y a la sociedad civil.

La estrategia de los tres puntos llevó a Díaz a poner la primera piedra del marco identitario españolista y anticatalán. Es muy posible que fuera totalmente consciente de lo que estaba haciendo, ya que parece muy cómoda con ese discurso. Pero Díaz no se percató de que estaba rompiendo de este modo la espina dorsal del régimen andaluz del PSOE. A partir de entonces todo ataque derechista, centroderechista y ultraderechista al PSOE impacta de lleno sobre la autonomía andaluza. Sorprendentemente, los ataques a la autonomía andaluza no parecen inmutar a Susana Díaz. La sociedad andaluza ya está pagando el precio de la confusión entre autonomía y PSOE-A gracias a esa cosa llamada “trifachito”.

Tercer acto, o “A por ellos”. Casi un año después, el 10 de noviembre de 2019 ha significado la muerte civil y política de Andalucía. La aparente genialidad de ir a nuevas elecciones ha sido un error nefasto, por más que un acuerdo de gobierno entre PSOE y UP pueda dar un bálsamo que alivie –qué duda cabe– ante tanto infortunio. La estrategia de la “mayoría cautelosa” diseñada desde Moncloa no ha funcionado. El experimento de sacar de la chistera una repetición electoral ha servido para premiar a las expresiones más extremistas de la derecha. Así lo viene siendo desde que Susana Díaz patentara dicho marco. Sánchez no es tan original. Primero, C’s diezmó al PSOE-A. Ahora, Vox ha absorbido a C’s. Mientras tanto, las principales voces del socialismo han adquirido un tono bronco, el identitario con sus componentes anticatalán y antimigración o, dicho de otro modo, centralista y racista.

A nivel español, puede decirse que la “exhumación” de Vox ha provocado la exhumación de los pequeños Vox que había en todos los partidos españolistas (piénsese en la radicalización de Casado y Rivera). La particularidad del caso andaluz estriba en que fue la exhumación del pequeño Vox que había dentro del PSOE-A la que provocó la “voxificación” del conjunto de la sociedad política y civil, allanando el terreno al Vox más puro. En general, estas elecciones han afianzado el marco identitario españolista y racista que venimos analizando. En consecuencia, la tensión centro-periferia se ha reforzado en la más viciada de sus concepciones. Vox sube como la levadura y al mismo tiempo, salvo en Andalucía, todas las fuerzas nacionalistas o regionalistas crecen. Conforme a un círculo perverso por todos conocido, es de esperar que unos y otros se retroalimenten e inicien una nueva etapa de degeneración de la sociedad política y civil. Lejos de resolverlo, el marco identitario promueve el conflicto de identidades. Este conflicto bifurca y atomiza fuentes de legitimidad mutuamente excluyentes, lo que obstaculiza la confección de proyectos de progreso a largo plazo.

Cuarto acto, o “Teruel existe”. Debemos preguntarnos por el lugar que pueda ocupar Andalucía en este marco identitario crecientemente fanatizado. Vox y otros partidos voxificados, como el PSOE-A, coinciden en tratar a Andalucía como la vanguardia de choque del españolismo, como la España poblada que ladra a los catalanes. En este sentido, resulta llamativo que Vox haya hecho lo posible por desprestigiar o negar la identidad andaluza. El hecho de que Vox –que tiene en Andalucía un feudo importante– no haya intentado valerse de ninguna forma de regionalismo andaluz, demuestra hasta qué punto los españolistas son conscientes del significado y el potencial de la sociedad civil de Andalucía.

A pesar de que obtengan en ella tantos votos, lo que más estorba a Vox, o a lo que Vox representa, es Andalucía. Por decirlo de una manera gráfica, Vox ha indicado cuál es su talón de Aquiles. Por eso lleva tiempo negando Andalucía hasta niveles insospechados. No se limita ya a convertirla en una región folklórica (como han hecho los partidos voxificados), sino que ha ido a cuestionar su propia existencia como pueblo. Así, Andalucía sería el invento de Blas Infante, Blas Infante sería un musulmán y un masón al que habría que olvidar cuanto antes, etc. Del revisionismo de Díaz al negacionismo de Vox hay, realmente, un pequeño –pero siniestro– paso.

La democracia (y el Estado de bienestar, la autonomía... todo lo que la caracteriza en esta parte del planeta) requiere unas condiciones sociales y culturales que ahora mismo son muy frágiles. Entre esas condiciones culturales y sociales se encuentra el constitucionalismo. No hay democracia sin constitucionalismo, y viceversa. El constitucionalismo requiere valores cívicos y ciertos hábitos, requiere tanto el ejercicio de libertades y derechos como el control a los poderosos. La democracia y el constitucionalismo requieren una identidad matriz que sea compatible con ellos y los impulse virtuosamente. Por sus caracteres esencialistas, antipluralistas y autoritarios, el españolismo es incompatible con el constitucionalismo. El españolismo no bebe del constitucionalismo, sino que intenta que sea éste el que se le subordine. El marco identitario actual supone la quiebra del marco constitucional.

La democracia, que es decir la autonomía, requiere una cultura democrática, pero también una identidad que sea afín y la impulse. La identidad española políticamente activa lleva décadas secuestrada por la ultraderecha. Es muy posible que esto sea así desde el franquismo o, incluso, que lo haya sido siempre. Lo indudable es que, como ha estudiado el sociólogo Ignacio Sánchez Cuenca, allí donde hay identidades intraestatales fuertes (ya se postulen como nacionales o como regionales), la ultraderecha no tiene fuerza y la sociedad civil manifiesta mayor dinamismo democrático y superiores niveles de bienestar.

La identidad andaluza puede ejercer una influencia benefactora sobre una democracia en peligro. La identidad andaluza es la gran condición de posibilidad de la democracia, de la autonomía y de los derechos fundamentales en España. La identidad andaluza ampara y depende de la diversidad. Por lo que tiene de bucle de identidades, la identidad andaluza representa la gran condición cultural, social y política para que las conquistas de Andalucía y España no perezcan a manos de la voxificación de la sociedad política y civil.

Desgraciadamente, el PSOE-A es un partido voxificado. Existe una relación directa entre la muerte civil y política de Andalucía, por un lado, y la voxificación de la vida. No puede eludirse la responsabilidad de la gestión socialista de la Junta de Andalucía, que ha servido para vaciar de contenido la identidad andaluza. Abruma comprobar que el sentimiento y la conciencia de pertenencia haya decaído en Andalucía cada año que pasaba desde que se inauguró la autonomía y los currículos escolares dejaron de dictarse en Madrid. Después de décadas de competencia autonómica en educación y cultura, un porcentaje importante de la juventud vota no solo españolismo, sino antipluralismo y antiautonomismo. Vota anti Andalucía. Ésta es la excepción andaluza en el conjunto de nacionalidades históricas: mientras que en las demás ha crecido la conciencia regional o nacional en un sentido democrático, la identidad de Andalucía (sobre todo en el plano político) se ha diluido casi por completo en ese amasijo de neoliberalismo, centralismo y autoritarismo que llamamos españolismo. Lo que empezó como folklore y gracia pintoresca, acabó siendo la negación de lo que es Andalucía.

Nos hemos percatado de dos cosas. En primer lugar, la atrofia de la identidad andaluza ha sido el paso previo al ascenso del españolismo. La Andalucía que conocemos y llegó a soñar con el desarrollo y el progreso, que llegó a sentir en su carne la palabra dignidad, ha cavado su propia tumba. En segundo lugar, hemos comprendido que la necesidad de constitucionalismo remite a la necesidad de identidad, de una identidad diferente a la que impone el marco imperante. Es momento de forjar una nueva Andalucía, y para ello es preciso comprender todo lo que ha fallado y todo lo que ha funcionado.

Quinto acto (o “Final”). La democracia es imposible en un vacío cultural e identitario. Necesita arraigar en un terreno rico que se nutra de ideas, memorias, ejemplos y cicatrices. La extrema derecha lo sabe y por eso ha llenado las macetas de nuestros patios de arena y piedras. Los partidos voxificados no parecían saberlo, pues lo han permitido. Creían ser constitucionalistas y ahora la Constitución está contra las cuerdas.

La necesidad de una fuerza andaluza clama al cielo. De la Andalucía más fecunda y fértil nació la democracia autonómica y sobre ella plantó sus raíces. En la Andalucía yerma, marchita y seca que nos legó el PSOE-A sólo crecen monstruos. Cuesta imaginar un momento más propicio para formar una fuerza andaluza que detenga esta locura. Una fuerza que vele para que la identidad matriz y motriz, Andalucía, haga funcionar la democracia. ¿Queremos cerrar el telón?

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