25N: Día Internacional contra la Violencia de Género

Violencias machistas: este 25N ni plumas ni purpurinas

  • Cuando hablamos de violencia de género, no estamos hablando únicamente de las mujeres, sino de las relaciones de género y de las construcciones de masculinidad y feminidad
  • Nuestras experiencias, también fuera de la heteronorma, nos hablan más bien del entramado de relaciones de poder(es) desiguales que se sustentan y articulan sobre la base del género
  • Nosotras también encarnamos ciertos privilegios y también en nuestras relaciones ejercemos violencias 

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*Atención a todes les lectores de cuartopoder tenemos una situación con rehenes. Las Postpotorras hemos secuestrado las plumas y la purpurina que podía haber en este artículo, y hemos escrito una cosa seria, porque la ocasión lo merece. No es un simulacro, repetimos, no es un simulacro.

“Yo tenía diecisiete años en el verano que ponía fin a Bachillerato y abría el abismo existencial de qué hacer con mi vida de ahí en adelante. Conocí a un chico en la playa, nos liamos y en la oscuridad de unas rocas junto al mar él se sacó su pene erecto, clavó sus manos en mi cabeza y la aproximó a su miembro. Recuerdo la escena como quien recupera un VHS polvoriento, con cierto ruido en la imagen, pero que hace las veces de anclaje con un “yo estuve allí” bastante doloroso. La brisa marina, presión en el cráneo, el pene retándome cada vez más cerca. En aquella época yo pensaba que aquel trago forzoso era algo que había que pasar (y cuanto antes), pues ya iba con retraso en mi iniciación en el terreno sexual. Muchos más genitales inesperados tuve que contemplar los años siguientes, así como garras que aparecían irrumpiendo en mi cuerpo sin permiso, miradas violentas como puñales o comentarios que rasgaban un cielo nocturno (o diurno) desde una aparente cotidianeidad vomitiva”.   

“¿Por qué será que siempre me he sentido más segura y protegida no encarnando la feminidad normativa? Es difícil de explicar la tranquilidad que me aporta deambular a las 5 de la mañana sabiendo que no voy a ser leída como objeto de deseo, igual de difícil que expresar la sensación de fracaso que eso supone.” 

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“Era la primera nochevieja en la que salía de noche. Recuerdo estar preparándome frente al espejo, sintiendo una enorme inseguridad ante la opción de no llevar sujetador, pero el modelito lo requería. Era la primera vez que me ponía un vestido “de noche” junto a 50 kilos de maquillaje para no desentonar. Ya en la pista comencé a relajarme, supongo que gracias al efecto de los cubatas de malibú con piña. Y ligué con el guapo de turno. Durante los besos sentí como él subía sus manos por dentro de mi vestido, y mi corazón aceleraba el ritmo (pero no al compás del calentón, sino del miedo). ALERTA mientras él seguía a lo suyo. Lo suyo era mi cuerpo (cada vez menos mío). Fue entonces cuando decidió meterme las manos en las tetas. Mostré rechazo, pero ilusa de mí, los gestos no eran lo suficientemente claros. Le aparté o me escurrí hacia abajo. Me apretó contra él llamándome zorra y mientras me tocaba las tetas con las dos manos. Lo siguiente que recuerdo fue una pelea, porque mis amigos vinieron a mi rescate (machis protegiendo a su amiga de otros machis). Después vinieron las culpas. Durante un tiempo pensé que era la culpa del sujetador” 

“Salí del armario y tuve mis primeras parejas leídas como mujer. No faltaron los múltiples cuestionamientos a esas relaciones, que un desconocido cualquiera recordara que estaban incompletas y que la plenitud llegaría directamente desde su entrepierna. Opiniones que no habíamos pedido sobre quién de las dos era más guapa y quién era más atractiva. O la búsqueda de una complicidad insultante del tipo que se las da de amigo de las bolleras y te cuenta lo sexy que es tu novia con todo lujo de detalles, su mirada lasciva devorándote durante el relato mientras el play de película porno se dibuja en su frente”.   

“Un día en el que era mi trabajo, entramos a debatir una problemática a una sala dos de mis superiores y yo. Una vez llegamos a una conclusión planteamos cómo decírselo al jefe. Uno de ellos suelta entre risas: 'Díselo tú que tienes tetas, eso no falla'.

 "Me llama a gritos desde su despacho y yo aparecía delante de la puerta. Era mi jefe:

-  ¿Qué querías? 

-    Nada, ver qué llevabas puesto hoy y ver cómo ibas de guapa.

- Ahh! Pues así, ya ves (digo mientras sonrío). Y vuelvo a mi espacio de trabajo con las manos temblorosas y un sudor frío invadiéndome todo el cuerpo".

“Últimamente en mis vueltas a casa, con el volumen de mis auriculares lo suficientemente alto como para acallar mi respiración acelerada y lo suficientemente bajo como para escuchar cualquier señal de asalto, me acaricio la cabeza rapada mientras retiro los aros de mis lóbulos. Pliego los hombros, hago más pronunciada la curvatura de mi espalda, me pongo una capucha si la tengo o sumerjo el rostro en la vestimenta que me cubre. Performo la masculinidad que siempre rechacé como supervivencia, para abrazarme a la vida, aferrándome a que si me dicen algo podré responder con el vozarrón que tantas sospechas me brindó en tiempos pasados y hoy parece la llave definitiva que me abrirá la puerta de casa sana y salva”. 

En estos días en los que reclamamos la necesidad de acabar con las violencias machistas (de cualquier índole y en su dimensión tanto simbólica como material: acoso escolar, acoso callejero, acosos o violencias sexuales, obstétricas, violencias en pareja...) hemos querido poner alguna de nuestras experiencias encima de la mesa. Hemos puesto sólo unos ejemplos, evitando también generarnos un excesivo dolor porque, obviamente, experiencias hay más. Y más duras. En fiestas, playas, parques, por la calle, por el día, por la noche, en nuestros espacios de trabajo, con desconocidos, amigues, jefes, amantes, en el interior de nuestras camas y de nuestra ropa interior. 

Nuestros relatos si algo demuestran es que no se trata de violencias que puedan ser relegadas al ámbito de “lo doméstico”. Violencia doméstica es aquella agresión física y/o psicológica que una persona ejerce hacia otra que forma parte de su entorno familiar o doméstico, con la exigencia de que convivan en el mismo lugar; quedando inscrita al espacio limitado del hogar, que además parece quedar relegado al ámbito de lo privado. Asimismo, parece que el hecho de que permanezca bajo estas acotaciones la excluye de la responsabilidad pública y puede ser tratada como “hechos aislados” y no como una cuestión estructural. Cuando hablamos de violencia de género, no estamos hablando únicamente de las mujeres, sino de las relaciones de género y de las construcciones de masculinidad y feminidad. Nuestras experiencias íntimas, sexuales, afectivas, también fuera de la heteronorma, nos hablan más bien del entramado de relaciones de poder(es) desiguales que se sustentan y articulan sobre la base del género.  

De modo que la cuestión de las violencias se vuelve entumecida y compleja. No se trata de un asunto del pasado que sólo afecta a unas pocas (por supuesto no a nosotras porque somos muy feministas) ni de algo que viven quienes  responden a los perfiles típicos de víctima/victimario, como bien explica Elena Casado (una de nuestras mayores referentes en estas cuestiones) en esta entrevista que os dejamos.

Nuestras experiencias nos devuelven precisamente estas complejidades cuando advertimos la cantidad de violencias que vivimos y percibimos de manera cotidiana dentro de este asqueroso sistema que, además de machista, es cisheteronormativo, racista, capacitista, neoliberal, gordófobo, alosexista… Porque como bibolleras también sufrimos lgtbifobia, y esto son formas específicas en las que obviamente se manifiestan estas desigualdades y diferencias. Como vemos, estas relaciones de poder(es) son móviles y nos posicionan de un modo desigual en nuestro día a día. Y nosotras también encarnamos ciertos privilegios y también podemos ejercer violencia en nuestras relaciones más o menos íntimas.

Estas son algunas de las cuestiones que quisimos reivindicar el pasado 22 de noviembre como parte del movimiento feminista autónomo. Junto a muches, quisimos expresar que las violencias machistas y de género no son sólo aquellas que tienen lugar dentro de una pareja heteronormativa y monógama. Salimos ante la necesidad de visibilizar la intersección de estas violencias con otros ejes de privilegio/opresión que las vuelven aún más violentas. Bajo el lema de “respondemos todas” expresamos esa necesidad de responder, actuar y combatir desde ese todes diverso y disidente, de  nombrar las situaciones de un modo concreto para combatir esta realidad y problematizarla desde lo colectivo, desde lo público.

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