FOTOCHOP V

Smith & Wesson

  • "Smith & Wesson se pasa las estadísticas, los registros históricos y los consensos científicos por el arco del triunfo"
  • "Entró a Gibraltar por mar después de nadar tres kilómetros. Me pregunto qué habría pasado si, en el camino, se hubiera tropezado con una patera"

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Anda el tal Smith & Wesson, cual pistolero embriagado de zarzaparrilla, practicando el “negacionismo” con todo lo que se le pone a tiro de escupitajo. Como si de un maldito camaleón se tratara, pero desprovisto de cualquier tipo de camuflaje, esgrime principios en los que no cree, entre ellos el de libertad de expresión —que en su boca se transmuta en una especie de cinta atrapamoscas—, para cuestionar el genocidio franquista, reírse del maltrato a las mujeres o ridiculizar el desastre climático. Embutido en sus tirantes, tal que hacen algunos malos periodistas para parecer buenos, y amparado en la cobertura que le proporciona la “derechita cobarde” y sus medios afines y también cobardes, Smith & Wesson se pasa las estadísticas, los registros históricos y los consensos científicos por el arco del triunfo; siempre, eso sí, ‘del triunfo’, que es una cosa muy importante para casi todo el mundo —y no solo para los fachas— en estos tiempos fatuos y efervescentes de fack friday que nos ha tocado vivir.

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Según sus biógrafos (la Wikipedia y una entrevista supuestamente humana que le hicieron en El Mundo), su particular “conquista de Gibraltar” —en 2016 consiguió desplegar junto a otras siete personas una bandera española de 180 metros en El Peñón— resulta clave a la hora de interpretarle el currículum. “Hubo mucha tensión. En ocho minutos tuvimos que bajar la montaña, donde alguno se cayó y casi se mata. Al que iba en coche le detuvieron, pero el resto logramos llegar hasta la playa”, relata la peripecia al periodista como si se tratara de una historieta del Príncipe ValienteHay que ver lo mal que ha envejecido la Épica en España… Me recuerda a Trillo dando el parte de la toma de Perejil: “Al alba y con viento duro de Levante…”. Por menos que eso en mi época de estudiante te expulsaban una semana del insti para que reflexionaras sobre lo dura que es la vida… ¡Por bastante menos!… Y en casa te echaban una bronca del copón, aunque solo fueras culpable de haber hecho unas pintadas de la Unión de Juventudes Maoístas —que ya eran ganas— en el muro del patio.

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Entró a Gibraltar por mar después de nadar tres kilómetros. Me pregunto qué habría pasado si, en el camino, se hubiera tropezado con una patera. ¿Qué habría hecho? ¿Ignorarles? ¿Les habría increpado e inmediatamente apretado el ritmo de braceo en dirección a la playa? ¿Habría intentado hundir la embarcación con sus propias manos por el bien de España? ¿Qué es más importante: hacer ondear la rojigualda en El Peñón o impedir que la inmigración ilegal corrompa los principios sagrados de la patria?, como dice el señor ese del bigote que ya no lleva bigote. ¿Y si en el momento de cruzarse con la patera le hubiera dado un calambre? ¿Qué habría hecho entonces? ¿Insultarles igualmente? ¿Pedirles ayuda? ¿Subirse al hinchable? ¿Dejarse arrastrar por la corriente antes de recibir el auxilio de un puñado de sarracenos?... En el instante en que te das cuenta de que mientras estás escribiendo estas chorradas hay alguien jugándose la vida—o perdiéndola— en el mar, se te borra de un plumazo la media sonrisa que tenías dibujada en la jeta.

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Gary Oldman, que interpreta al ambicioso empresario Jean-Baptiste Emanuel Zorg en El Quinto Elemento —ya sé que no es Macbeth, pero me sirve—, se recrea en una escena de la película con un peculiar alegato sobre la tecnología, el consumo, el caos y el sentido de las cosas. En un momento del monólogo, el personaje de Oldman se atraganta con un hueso de cereza y ninguno de los ingenios que fabrica su poderosa corporación es capaz de darle una palmadita en la espalda para ayudarle a expulsarlo… Desconozco por completo si a Smith & Wesson le gustan las cerezas o si es más de aceitunas, pero debería recordar que conviene tener cerca un ser humano decente, alguien con empatía, un buen tipo —sea de la raza, el sexo o la ideología que sea—, el fatídico día que el maldito hueso se te atasca en el gaznate.

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