Cuchillos y virus

  • "Los occidentales, en su mayoría, se mueven por el mundo, el físico y el virtual, sin la compañía de su cuerpo"
  • "La alerta en relación con el coronavirus ha activado en Europa un terror cerval que se corresponde con nuestra ilusión de incorporalidad transfronteriza"
  • "Por muy grande que sea nuestro poder para matar desde lejos y alejarnos de los cuchillos y los virus, no podemos cruzar por el aire todas las fronteras"

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Bajo el capitalismo globalizador -repitamos una banalidad- circulan a toda velocidad y sin obstáculo las cifras, la información, los mensajes y las mercancías, que no tienen cuerpo. Pero en ese circuito rapidísimo de tráfico inmaterial hay asimismo humanos que pasan las fronteras a toda velocidad y sin obstáculos y a las que, en correspondencia o por analogía, hay que considerar también incorporales. Es decir: los occidentales, en su mayoría, se mueven por el mundo, el físico y el virtual, sin la compañía de su cuerpo.

Bajo el capitalismo globalizador, por el mismo motivo y al contrario, todo aquel al que no se deja pasar (la frontera) adquiere enseguida un cuerpo. O mejor dicho: todo aquel al que no se deja pasar se materializa como cuerpo precisamente porque no se le deja pasar: porque se queda enganchado, visible, en muros y campos de refugiados. Ahora bien, en la medida en que es un cuerpo y sólo se hace visible en las fronteras, su existencia resulta en consecuencia lenta, excrecente, viscosa y obsoleta, ella misma un obstáculo para el progreso y una amenaza para el sistema. Todo cuerpo, porque no pasa, es cuerpo y, porque es cuerpo, lleva una bomba o un virus escondido en el pecho. Así que los cuerpos, siempre fronterizos, allí donde aparecen sólo pueden producir odio, miedo o asco; o las tres cosas a la vez. Con razón el filósofo camerunés Achille Mbembe, al hablar de África y su relación con Europa, insinúa esta vuelta de tuerca del racismo: “en realidad es el cuerpo del africano, de cada africano tomado individualmente y de todos los africanos en tanto que clase racial, lo que constituye hoy la frontera de Europa”. Ya no racializamos los cuerpos; corporalizamos las desigualdades, las irregularidades, las objeciones. Las fronteras. Y ello hasta el punto de que la expresión “un cuerpo extraño” ha llegado a ser una redundancia: uno mismo tiene un cuerpo extraño infiltrado entre sus imágenes de Instagram. La experiencia cada vez más rara de la cursilería, que trata el propio cuerpo con distanciamiento racista, por mediación de guantes, postizos y eufemismos, se ha convertido, sin embargo, en la ley de todos los intercambios y en la tendencia de todas las miradas.

Los cuerpos, decíamos, llevan una bomba o un cuchillo escondidos en el pecho. Esta idea la refuerza el hecho de que cada vez más, en efecto, por razones de pragmatismo destructivo, los terroristas matan de cerca y con puñal. Lo hemos visto en Londres y en Bruselas hace no mucho. El cuchillo es más difícil de controlar por la policía, es más barato y su uso no requiere una organización colectiva: individualiza la agresión -los llamados “lobos solitarios”- y la hace más imprevisible y, por eso, más temible. Se recurre al cuchillo, pues, porque las medidas securitarias que controlan los cuerpos, al dejar cada vez menos resquicios para la agresión, obligan a convertir el cuerpo mismo en un arma y contribuyen con su control mismo a esta identificación creciente entre cuerpo y amenaza. A mayor control tecnológico de un lado, más cuerpo del otro y más amenazador.

El cuchillo, en todo caso, es simbólicamente poderoso. Con cuchillo mataban los sicari judíos en el siglo I (literalmente “armados de cuchillo”, de donde el castellano “sicario”). Con cuchillo mataban los chiíes hashashin del Señor de la Montaña (origen del término “asesino”), que  acabaron así con la vida del famoso Nizan-al-Mulk en el siglo XI. Con cuchillo intentó matar el cura Merino a Isabel II. El cuchillo es el filo de la palabra fanática, la punta en el otro del furor homicida. Es verdad que a mayor poder mayor distancia; y que en la guerra, como en el trabajo o en el ocio, la tecnología nos ha ido separando de nuestros enemigos, nuestros productos y nuestros vecinos. El poder mata desde lejos, de manera que cuanto más se aleja más poder acumula, más mata y, lejano y poderoso, más se humaniza a nuestros ojos. En este sentido, el acercamiento entre cuerpos asociado al paso de la bomba o la bala a los puños y el puñal, que el fusil con bayoneta de la Primer Guerra mundial resume en un solo objeto, demuestra precisamente que la pérdida de poder convierte a los humanos en animales violentos que luchan por su supervivencia inmediata. De ahí que en una sociedad de distancias, el acercamiento mismo implique ya una violencia simbólica; de ahí también la paradoja de que nos indignen más las cuchilladas que los bombardeos (puede haber o publicitarse un bombardeo “humanitario”, nunca un apuñalamiento “democrático”). Todo el que se acerca, en definitiva, lleva un cuchillo. O más radicalmente: el acercamiento es un cuchillo. De manera que hay que añadir enseguida que si tememos el cuchillo porque impone este cuerpo-a-cuerpo primitivo y fanático, reverso tenebroso del sexo y la maternidad, tememos a los cuerpos, tan cercanos, porque son, a su vez e incluso desarmados, cuchillos vivos. Los que no tienen poder -para matar de lejos- tienen cuerpo; y nos asustan con él.

Lo mismo ocurre con los virus. La alerta internacional de la OMS en relación con el coronavirus, destinada a proteger sobre todo a los países más vulnerables, con peores condiciones materiales y peor estructura sanitaria, ha activado en Europa un terror cerval que se corresponde, no con un peligro real para nuestro continente, no, sino con nuestra ilusión de incorporalidad transfronteriza y con el terror a la corporización del otro dentro de nuestras fronteras. El virus, ese secreto malévolo acostado en la sangre, da cuerpo al que ya lo tenía -ayer el africano con el ébola, hoy el chino con el coronavirus- y obliga, ahora en nombre de la salud, a cerrar fronteras, a establecer cordones sanitarios, a reforzar esas mismas medidas securitarias, activadas contra la inmigración, que fabrican los cuerpos y que los fabrican siempre y solo como amenazadores. Nuestras medidas confirman lo que ya sabíamos: que los cuerpos, con sus cuchillos y sus virus, vienen de fuera, lo que explica de manera natural, por tanto, que sus portadores sean chinos o africanos o musulmanes; y además justifica sin remordimientos nuestra alofobia radical. Nuestro miedo a los cuerpos refleja así nuestro miedo al contagio, pero no al contagio del coronavirus; ni siquiera al contagio de la chinitud o de la africanidad o de la islamitud. Refleja nuestro miedo al contagio de la corporalidad misma y a la merma de poder que la acompaña. Refleja, en definitiva, nuestro miedo a acercarnos demasiado a los otros y perder el poder.

La paradoja es que este miedo y sus medidas entrañan ya una confesión. Los europeos no temeríamos el contagio si fuésemos realmente incorpóreos e inmortales; si, pese a todas nuestras ilusiones de incorporeidad, no supiésemos que el virus también puede matarnos. Que haya alemanes, franceses, españoles aquejados de la enfermedad, ¿los convierte en enemigos nuestros -en chinos o en africanos? ¿Es que una epidemia es el principio de una guerra civil? ¿O nos obliga a aceptar que ya lo teníamos, el cuerpo -ese cuerpo común que compartimos con los chinos y los africanos? Por muy grande que sea nuestro poder para matar desde lejos y alejarnos de los cuchillos y los virus, no podemos cruzar por el aire todas las fronteras, porque nuestra frontera humana sigue estando muy abajo y muy cerca: nuestra vida colinda con la muerte. Nuestra muerte colinda con la de cualquier otro. No nos engañemos: los virus son tan globales como nuestras modas, nuestras apps y nuestras sillas de Ikea. La globalización, de hecho, no se limita a difundirlos sino que crea cada día otros nuevos, a medida que la industria alimenticia, con su bulliyng a la naturaleza, modifica nuestros patrones de producción, distribución y consumo. Frente a los virus, el odio, el miedo y el asco son siempre una opción, la que, desde tiempos inmemoriales, ha disuelto criminalmente, en cada nueva crisis, la diferencia entre delito, enfermedad y pecado. ¿No hay otra? Hay otra opción, sí, pero solo otra, tan clásica como los lager y los lazaretos, aunque invertida y pocas veces intentada: acercarse a los demás cuanto haga falta para repartirse con ellos el poder perdido; es decir, la debilidad común.


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2 Comments
  1. gorka lopategi orue says

    A nadie se le ocurre que el virus de marras, no sea una advertencia de los gringos por la batalla/ guerra de la telefonía del 5G ??
    Siempre culpando a quien no puede defenderse, a los pobres a indigentes, gitanos o a los murcielagos. Seguimos mirando y sin cuestionar al dedo que señala la luna.

  2. Julio Loras Zaera says

    Un bonito ejercicio de estilo. Ni más, ni menos que eso.

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