COLUMNA

Bienvenidos al desierto viral

  • La propagación del coronavirus ha disparado también una vasta epidemia de virus ideológicos 
  •   Es posible que se difunda otro mucho más altruista: el de pensar una sociedad alternativa, una sociedad que esté más allá del estado nación 
  • ¿No estaría dándonos la epidemia la lección de que tendríamos que comenzar a organizar algún tipo de red global de cuidados para la salud?
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Traducción de Alcira Bixio

La propagación de la epidemia del coronavirus actualmente en marcha ha disparado también una vasta epidemia de virus ideológicos que permanecían en estado latente en nuestra sociedades: noticias falsas, teorías conspirativas paranoicas, explosiones de racismo… La bien fundada necesidad médica de tomar medidas de confinamiento ha hallado eco en la presión ideológica de establecer fronteras claras y de poner en cuarentena a los enemigos que representen una amenaza a nuestra identidad.

Pero también es posible que se difunda otro virus ideológico mucho más altruista y, con suerte, nos infecte: el virus de pensar una sociedad alternativa, una sociedad que esté más allá del estado nación, una sociedad que se realice en las formas de la solidaridad y la cooperación globales. Con frecuencia se especula hoy con que el coronavirus podría terminar provocando la caída del gobierno comunista de la misma manera en que (como lo admitió el mismo Gorbachov) la catástrofe de Chernobyl fue el acontecimiento que desencadenó el fin del comunismo soviético. Pero hay una paradoja en esto: el coronavirus también nos obligará a reinventar el comunismo basado en la confianza en la gente y en la ciencia.

En la escena final de Kill Bill 2 de Tarantino, Beatrix inhabilita al malvado Bill y lo vence con la “Técnica de los cinco puntos y palma que hace explotar el corazón”, el golpe más letal de todas las artes marciales. El movimiento consiste en una combinación de cinco golpes asestados con la punta de los dedos en cinco puntos de presión diferentes del cuerpo del contrincante quien da cinco pasos tambaleantes antes de que el corazón le explote y caiga al suelo. Semejante ataque es parte de la mitología de las artes marciales pero no es algo posible en un combate real mano a mano. De modo que, volviendo al filme, Bill con toda calma hace las paces con ella, da cinco pasos y muere… Lo que hace que el ataque sea tan fascinantes es el lapso entre el momento del golpe y el de la muerte: durante ese tiempo puedo mantener una agradable conversación siempre que me siente sosegadamente, pero en todo momento soy consciente de que en el instante en que empiece a caminar, mi corazón explotará y caeré muerto. Y la idea de quienes especulan sobre cómo el coronavirus llevaría al derrumbe del gobierno comunista de China no es que la epidemia de coronavirus funciona como una especie de versión social del ataque con la “Técnica de los cinco puntos y palma que hace explotar el corazón” contra el régimen comunista chino: este puede estarse sentado, observar y tomar los recaudos usuales de cuarentena, etcétera, sino que todo cambio real en el orden social (como confiar realmente en la gente) llevará a su caída… Mi modesta opinión es mucho más radical: la epidemia de coronavirus es una especie de ataque con la “Técnica de los cinco puntos y palma que hace explotar el corazón” contra el sistema capitalista global, una señal de que ya no podemos seguir marchando por el camino que hemos seguido hasta ahora, de que es necesario producir un cambio radical.

Hace años, Fred Jameson llamó la atención sobre el potencial utópico que tenían las películas sobre una catástrofe cósmica (un asteroide que amenaza la vida en la tierra, un virus que mata a la humanidad...): tales amenazas globales daban paso a la solidaridad global, nuestras mezquinas diferencias se volvían insignificantes, todos trabajábamos juntos para hallar una solución y en esto estamos hoy, en la vida real. Se trata, no de disfrutar sádicamente de la diseminación ocurrida hasta ahora en la medida en que contribuya a nuestra causa, sino, por el contrario, de reflexionar sobre el triste dato de que tiene que ocurrir una catástrofe para que nos decidamos a repensar las características básicas mismas de la sociedad en la que vivimos.

El primer modelo algo difuso de una coordinación global semejante es la Organización Mundial de la Salud que hoy no nos transmite sus habituales tonterías, sino precisas advertencias proclamadas sin pánico. Debería darse más poder ejecutivo a estas organizaciones. Los escépticos se mofan de Bernie Sanders cuando este aboga porque en Estados Unidos se instaure un sistema de salud universal, sin embargo, ¿no estaría dándonos la epidemia de coronavirus la lección de que se necesita más que eso, que tendríamos que comenzar a organizar algún tipo de red global de cuidados para la salud? Al día siguiente de que el ministro de salud iraní Iraj Harirchi convocara a una conferencia de prensa para desestimar la gravedad de la difusión del coronavirus y afirmar que no era necesario aplicar cuarentenas masivas, emitió una breve declaración en la que admitía que había contraído el virus y se había aislado voluntariamente (ya durante su primera aparición en la televisión, súbitamente había exhibido signos de fiebre y debilidad). Harirchi agregó: “Este virus es democrático y no distingue entre pobres y ricos ni entre hombres de estado y ciudadanos comunes y corrientes”. En esto, el ministro estaba absolutamente en lo cierto: estamos todos en el mismo bote.

Y no tenemos que enfrentarnos únicamente a amenazas virales; otras catástrofes se ciernen en el horizonte o ya están ocurriendo: sequías, olas de calor, tormentas masivas, etcétera. En todos estos casos, la respuesta no es el pánico sino el trabajo intenso y urgente para establecer alguna clase de coordinación global eficiente. La primera ilusión que hay que descartar es la que formuló Trump durante su visita a la India: la epidemia retrocederá rápidamente, sólo tenemos que esperar el pico y luego la vida volverá a su curso normal… China ya se está preparando para ese momento: sus medios anunciaron que cuando pase la epidemia, habrá que trabajar sábados y domingos para recuperar el tiempo perdido… Contra todas estas esperanzas demasiado optimistas, lo primero que hay que hacer es aceptar que la amenaza está aquí para quedarse: aun cuando esta ola se retire, reaparecerá en algún momento con formas nuevas y tal vez aún más peligrosas.

Por esta razón, es esperable que la epidemia viral afecte nuestras interacciones más elementales con las personas y los objetos que nos rodean, inclusive los movimientos de nuestros propios cuerpos: evitar tocar cosas que podrían estar (invisiblemente) “sucias”, no tocar pasamanos, no sentarnos en inodoros públicos ni en los bancos de las plazas, evitar abrazarse y darse la mano y hasta poner especial cuidado en controlar nuestros propio cuerpo y sus gestos espontáneos: no te pases el dedo por la nariz ni te refriegues los ojos, en suma, no te toques. De modo que no serán únicamente el estado y sus diversos organismos quienes nos controlarán, ¡deberíamos aprender a controlarnos y disciplinarnos nosotros mismos! Tal vez sólo la realidad virtual se considerará un lugar seguro y moverse libremente en un espacio abierto quedará reservado para los ultra ricos que posean sus propias islas. Pero aún allí, en el nivel de la realidad virtual e internet, deberíamos recordar que, en las últimas décadas, los términos “virus” y “viral” se han utilizado principalmente para designar programas informáticos que estaban infectando nuestro espacio en la red y de los que no éramos conscientes, al menos hasta que se liberaba su poder destructivo (digamos, el poder de destruir nuestros datos o nuestro disco duro). Lo que vemos ahora es un retorno masivo al significado original literal del término: las infecciones virales están trabajando en conjunto, en el plano virtual y en el real.

Otro fenómeno extraño que podemos observar es el retorno triunfante del animismo capitalista, la tendencia a tratar los fenómenos sociales tales como los mercados o el capital financiero como si fueran entidades vivas. Si leemos nuestros grandes medios de comunicación masiva, tenemos la impresión de que deberíamos preocuparnos, no tanto por los miles de personas que ya han muerto (y los millares más que morirán) como por el hecho de que “los mercados se están poniendo nerviosos”: el coronavirus está perturbando cada vez más el delicado funcionamiento del mercado mundial y, como hemos oído decir, el crecimiento puede caer entre un 2 y un 3 por ciento… ¿No está todo esto señalando claramente la urgente necesidad de reorganizar la economía global en un sistema que ya no esté a merced de los mecanismos del mercado? No estamos hablando aquí del comunismo a la antigua usanza, por supuesto, sino simplemente de algún tipo de organización global que pueda controlar y regular la economía así como limitar la soberanía de los estados nación cuando haga falta. Los países pudieron hacerlo cuando hubo situaciones de guerra y todos nosotros estamos hoy acercándonos efectivamente a un estado de guerra médica.

Tampoco está mal observar algunos efectos secundarios potencialmente benéficos de la epidemia. Uno de los símbolos de la epidemia son los pasajeros atrapados (y puestos en cuarentena) en grandes cruceros de placer: una buena oportunidad de decirle adiós a la obscenidad de tales viajes, me siento tentado a decir. Sólo tenemos que tener cuidado de que los viajes a islas solitarias u otros centros turísticos exclusivos no vuelvan a ser privilegio de unos pocos ricos, como ocurría hace años con los vuelos. La producción de automóviles se ha visto gravemente afectada: bien, esto puede incitarnos a pensar en alternativas a nuestra obsesión por los vehículos individuales… La lista puede extenderse a voluntad.

En un discurso reciente, Viktor Orban dijo “No existe eso que llamamos un liberal. Un liberal no es más que un comunista con un diploma”¿Y si lo opuesta fuera verdad? Si designamos como “liberales” a quienes se preocupan por nuestras libertades y llamamos “comunistas” a aquellos que son conscientes de que sólo pueden protegerse esas libertades con cambios radicales puesto que el capitalismo se está acercando a una crisis, luego, deberíamos decir que, hoy, quienes se reconocen como comunistas son liberales con diploma, liberales que estudiaron seriamente por qué nuestros valores liberales están amenazados y son conscientes de que sólo un cambio radical puede salvarlos.

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