OPINIÓN

Tampoco esta pandemia es igual para todos

  • "Se ha convertido en un tópico la afirmación de que esta pandemia no distingue entre individuos, clases, ni territorios, igual que nuestro sistema sanitario tampoco lo hace"
  • "No todos tenemos la misma posibilidad de infectarnos ni tampoco tenemos igual susceptibilidad para padecer la enfermedad"
  • "Los factores de riesgo asociados a la mala evolución de la enfermedad tienen también mucho que ver con la clase social"
 

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Gaspar Llamazares Trigo y Miguel Souto Bayarri, coautores con Gema González López del libro Salud: ¿derecho o negocio? Una defensa de la Sanidad Pública

“Todo lo que el hombre puede ganar al juego de la peste y de la vida es el conocimiento y el
recuerdo

Se ha convertido en un tópico la afirmación de que esta pandemia no distingue entre individuos, clases sociales ni territorios, como lo viene siendo también el afirmar que nuestro sistema sanitario tampoco lo hace. Pero ni una ni otra afirmación son totalmente ciertas.Comenzamos por decir que entendemos el sentido de tal afirmación en tiempo de pandemia, como una forma de aunar tanto la percepción de la amenaza colectiva como la voluntad común de superarlo. Tópicos como que esto lo superaremos juntos, o incluso que saldremos más fuertes, tienen un sentido positivo y movilizador, aunque haya dudas razonables tanto de lo primero como de lo segundo.

Sobre todo porque si algo han percibido los ciudadanos es que el antagonismo y la oposición no descansan, y que la división y la polarización se han acentuado precisamente como consecuencia de la crisis y, por ende, que al menos políticamente salimos tan enfrentados o más de lo que entramos. Como si nadie en particular en la derecha estuviese dispuesto a perder la oportunidad que le da una buena crisis.
Pero, y volviendo de nuevo al plano sanitario, no todos tenemos la misma posibilidad de infectarnos ni tampoco tenemos igual susceptibilidad para padecer la enfermedad, ni la misma probabilidad de que su gravedad nos lleve al hospital, de que necesitemos una UCI o que tengamos el mismo o parecido riesgo de morir.

Lo que hasta ahora conocemos de la extensión de la pandemia no tiene que ver con la manoseada fecha del 8 de marzo, con ser mujer ni mucho menos con ser feminista. Ni el Gobierno de la izquierda es el virus ni el feminismo ha sido su transmisor. Ya sabemos que, por el contrario, la entrada del virus en España fue anterior al 8 de Marzo y en una parte importante extendida por infectados asintomáticos y supercontagiadores.

Parece que la transmisión y la prevalencia que conocemos por el estudio poblacional y por los datos de la Comisión de Alertas y de los organismos internacionales tiene más que ver con la mayor movilidad, densidad de población y con el modelo mediterráneo de relaciones sociales y familiares.

Así, las grandes ciudades como Madrid y Barcelona, que son además nudos de comunicaciones internacionales han sido las puertas de entrada y son también las que han concentrado el mayor número y la mayor prevalencia de la pandemia.

En este sentido, se explica también la alta presencia de la pandemia en los barrios y ciudades más populosos del cinturón de Madrid y Barcelona.

Como también sabemos que los más afectados son aquellos colectivos humanos más susceptibles, bien por su trabajo y por la frecuentación de los medios de transporte colectivo, o por sus dificultades para guardar las medidas de separación física e higiene respiratoria. Particularmente los trabajadores.

Por otra parte, los factores de riesgo asociados a la mala evolución de la enfermedad e incluso a la mortalidad, además de los ya conocidos de la pertenencia al sexo masculino y de la edad, que multiplican la gravedad y la mortalidad entre los afectados, tienen también mucho que ver con la clase social. La pandemia también va por clases.

Porque aunque parezca que los hábitos de riesgo son solo algo individual, hace mucho tiempo que en salud pública sabemos que el tabaquismo, la obesidad, la diabetes, la hipertensión, incluso la ansiedad y la depresión, aunque individuales, también están están determinadas socialmente.

Algo así nos lo confirman los estudios conocidos de la distribución de la covid-19 entre los barrios de Barcelona o Madrid. En Madrid, a tenor de la situación epidemiológica publicada por el Gobierno de la Comunidad, vejez y pobreza se han convertido en los principales afectados por una crisis que no afecta a todos por igual. Los últimos datos confirman también que la covid-19 se ceba en las zonas humildes de ciudades como Barcelona, Santa Coloma o Badalona.

Algo similar a los efectos de la pandemia en las ciudades norteamericanas, perjudicando, como tantas otras cosas, a la raza negra y a los hispanos. En los tres estados con mayor porcentaje de población negra, Mississippi (37%), Luisiana y Georgia (30-32%), el 70% de los muertos por covid-19 pertenecen a la población negra.

Tampoco el acceso a la atención sanitaria, aunque sea pública y universal como la nuestra, es totalmente equitativo.

No lo ha sido, y no por casualidad, para los ancianos ingresados en residencias con pluripatologías y carencias evidentes de atención, ni han sido casuales las directrices para su no derivación a los hospitales o a la tecnología de las UCI o a los respiradores mecánicos, como vulneración de los derechos humanos y los principios de la bioética. Resulta por ello escandaloso el debate de sobremortalidad por covid19 como arma arrojadiza, cuando muestra una de las caras de los problemas de accesibilidad y equidad del sistema sociosanitario, sobre todo en personas mayores que viven solas y en sectores marginados.

Porque seguramente tampoco es igual el acceso ni la equidad para aquellos que por
circunstancias sociales o culturales tienen más dificultades para percibir la enfermedad, para
demandar ayuda o para moverse en el sistema sanitario y obtener la atención que requiere su
patología. Sobre todo si a las dificultades tradicionales como las listas de espera se suma el
miedo a acudir a los servicios ante la situación de pandemia. Las circunstancias cambian, pero
el sesgo de clase, al igual que el de género permanecen y son más difíciles de remover.

Todo ello, a pesar de las importantes medidas del Gobierno para mantener la actividad y proteger el empleo, de la puesta en marcha de rentas mínimas en sectores menos protegidos como las empleadas de hogar, y en particular con la creación de un nuevo pilar del Estado del bienestar como es la aprobación del ingreso mínimo vital (IMV).

En resumen, que ni la susceptibilidad ni la vulnerabilidad, ni los factores de riesgo ni la accesibilidad y equidad en la atención sanitaria han sido iguales, perjudicando a la clase social que por su hacinamiento en la vivienda, el barrio, el transporte público o en la empresa y por sus dificultades de acceso a la atención sanitaria siguen estando, a pesar de los avances, en clara desventaja.

Eso se ha visto de forma palmaria en las diferencias entre aquellos que se han visto obligados a continuar desplazándose a su trabajo y aquellos otros, de profesiones de cuello blanco, que han podido teletrabajar a lo largo del período del Estado de Alarma, pero sobre todo con respecto a los que se han ido a su segunda vivienda al principio de la pandemia. Tal y como lo describiera Daniel Defoe en 1722 en su Diario del año de la Peste.

El problema pues de las declaraciones retóricas bienintencionadas, que pretenden unirnos frente a la desgracia, es que se conviertan en lugares comunes y no promueven el estudio, la crítica y los cambios imprescindibles para avanzar en la equidad de nuestro sistema sanitario, contribuyendo con ello a remover los obstáculos sociales, laborales y de género que determinan los riesgos y colocan en desventaja a los más desfavorecidos.

Tampoco conviene engañarse sobre lo aleccionador o la oportunidad para el cambio positivo que supone una crisis como la actual, después de experiencias anteriores. Como en política, habrá de todo, y esperemos que la solidaridad sea muy mayoritaria y su valor al final se imponga.

En este sentido, y como principal lección de la pandemia no nos cansaremos de repetirlo, deberíamos afrontar como prioridad la debilidad de nuestro sistema de salud pública, con el desarrollo de la ley ya paralizada desde 2011 y con la incorporación de la salud pública a la dirección de nuestro sistema sanitario con la equidad como principal objetivo.

Pero lo peor sería que las medidas que han sido poco menos que inevitables en pandemia las convirtiésemos en parte de la nueva normalidad, porque no todas son mejoras y algunas en concreto pueden suponer más desigualdades y dificultades añadidas para los más desfavorecidos y otras puedan ser ventajas para las minorías con más información o poder.

En este sentido, cambios como la telemedicina que fueron inevitables para el seguimiento de pacientes y la prevención de contagios en tiempo de pandemia, pueden convertirse en el futuro en un refuerzo de la terapia personal pero también, si se generalizan, en una nueva barrera para la accesibilidad, la equidad y la efectiva universalidad de la atención sanitaria. Como también que las aplicaciones digitales necesarias para complementar el trabajo de los profesionales de primaria y salud pública en el rastreo de casos de la desescalada y convivencia con el virus, pudieran degenerar, si no lo evitamos, en una involución de las relaciones sociales en la sociofobia y el control digital, denunciados entre otros por Rendueles y Biun Chul Han.

Confiamos en todo caso con Camus en que la plaga no está hecha a la medida del hombre, que será un mal sueño...y que en el hombre hay más cosas dignas de admiración que de desprecio.

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