Lo artificial no existe

  • "¿Tendrá algo que ver la distinción de natural y artificial con la propia evolución del ser humano?"
  • "Más allá de la semántica, y dada la atracción que nos produce el término ‘natural’, quizá sea más sensato tratar de definir mejor qué tipo de progreso queremos"
  • "Mejor que obcecarnos con que un producto sea orgánico o no, deberíamos saber dónde y bajo qué condiciones se produce"

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“Artificial”, según la R.A.E. procede del latín artificialis: “hecho por la mano del hombre; no natural, falso; producido por el ingenio humano”. Y al otro lado, ”natural”: “perteneciente o relativo a la naturaleza; que está tal y como se halla en la naturaleza, que no tiene mezcla o elaboración”. Simple, ¿verdad? Ciertamente sí, pero esta intuitiva dicotomía también esconde una profunda ambigüedad, lo cual no tendría mayor trascendencia si no fuera porque en la sociedad actual, la sola mención a lo natural nos cautiva poderosamente y sobre todo, nos vende mucho y, en general, caro. Y solo por eso ya merece la pena dedicarle unas líneas.

En primer lugar, vaya por delante que esta, llamémosla aportación, está basada en la biología evolutiva (a la cual me dedico) y no en una ideología concreta (si alguna corriente filosófica ha propuesto algo similar con anterioridad, lo desconozco). Vaya por delante también que tampoco pretendo ahondar en la llamada “falacia naturalista” (que sostiene que lo natural no siempre es sinónimo de “bueno”) extendiendo la lista de contraejemplos de cosas “naturales” que son “malas”, como el ántrax, y cosas “artificiales” que son manifiestamente “buenas”, como un implante coclear o una batería Tesla enchufada a una placa solar de perovskita (Saborido, 2013). Puesto que lo “bueno” y lo “malo” no son categorías absolutas, sino que gozan de cierto relativismo cultural y han sido reelaboradas a lo largo de la historia, olvidémonos por un momento de la falacia naturalista y centrémonos en ver si existe realmente una distinción clara entre lo natural y lo artificial.

Aunque existen muchos elementos de difícil asignación a lo largo de un espectro continuo de naturalidad, nadie parece tener problemas para determinar intuitivamente si algo es natural o artificial. Esa especie de “intuición” innata se acompaña, además, de una atracción positiva hacia el lado de lo “natural”, especialmente si se trata de otros seres vivos. Por eso, todo hijo de vecino elegirá antes pasear por un vergel cuajado de helechos y frescos musgos que por un plomizo polígono industrial. Esta preferencia ha sido señalada por el naturalista Edward Wilson (1984) como un fenómeno universal y adaptativo; una preferencia que redunda en nuestra propia capacidad de supervivencia (la hipótesis Biofilia, o amor por lo vivo). Del mismo modo que nuestras fobias innatas a serpientes, arañas y abismos nos han permitido, durante milenios, esquivar instintivamente el peligro desde la infancia, nuestra fijación con lo verde y con lo vivo podría ser una reminiscencia de un giroscopio interno que siempre nos ha dirigido hacia lugares ricos en alimento y cobijo.

¿Tendrá algo que ver la distinción de natural y artificial con la propia evolución del ser humano? Hasta mediados del S. XIX, la cosmovisión imperante consideraba el origen del hombre como una creación especial y separada del resto de la realidad por designio divino. Lo artificial sería pues todo lo que ha hecho la descendencia de Adán desde los tiempos del génesis. Todo lo demás sería, lógicamente, lo natural; una distinción clara y absoluta desde el principio al final de los tiempos. Pero desde tiempos de Darwin sabemos que este esquema no es real. El Homo sapiens no fue creado de manera súbita sino que evolucionó a partir de simios antropoides africanos durante varios millones de años (unos 10 millones de años desde que divergió del linaje de nuestros parientes vivos mas próximos, los chimpancés). Esos lapsos de tiempo tan dilatados implican una lenta y gradual transición desde las formas más “simiescas” a las más “humanas”, lo cual hace problemático definir exactamente cuando comienza lo “artificial”. Las primeras lascas de sílex del periodo Olduvayense, con una antigüedad de casi un millón de años, eran poco más que guijarros rotos con una capacidad de corte prácticamente nula ¿Deberían considerarse “ya” como artificiales? ¿No sería entonces igualmente adecuado incluir en la misma categoría las herramientas que usan hoy en día otros simios antropoides como los bonobos? ¿La industria lítica de homínidos no humanos, computa como natural o no? ¿Qué hay de las herramientas usadas por aves o incluso por peces, o las estructuras arquitectónicas levantadas por termitas? ¿Acaso son más naturales que los toscos palos de los primeros homínidos fabriles? Parece evidente que el hito que delimita la transición entre lo natural y lo artificial solo puede establecerse a posteriori, de manera arbitraria y antropomórfica dentro de un proceso evolutivo continuo y gradual.

Para algunos, como el anarco-primitivista Henry Thoreau o el filósofo John Zerzan (2001), el estado “natural” sería el de las tribus cazadoras-recolectoras, y lo “artificial” vendría con la transición a la agricultura y la ganadería (la llamada Revolución Neolítica, que tuvo lugar en Oriente Próximo hace unos 8000 años y se extendió por el mundo a ritmo desigual). En cambio, muchas personas estarían de acuerdo en considerar el estado natural algo parecido a una especie de arcadia agro-pastoril y post-neolítica, con rebaños pastando plácidamente y verdes campos cultivados con métodos tradicionales, una estampa relativamente familiar hasta hace unas décadas. El problema es que los cereales, frutas y verduras cultivados en esos verdes campos eran, en su origen, muy poco nutritivos y apenas comestibles; su alto valor nutritivo actual, su color forma y fragancia solo se consiguieron tras milenios de cruzamientos selectivos, de manera que las frutas y verduras que conocemos hoy apenas tienen nada que ver con sus homólogos silvestres no cultivados. Por ejemplo, las zanahorias naranjas aparecieron en el S. XVII como un homenaje de los agricultores holandeses a su Casa Real (Iorizzo, 2013). Mucha gente tampoco tendría reparos en considerar a los animales domésticos como algo “natural”, aunque es obvio que tanto la domesticación en sí, como las razas resultantes, no habrían ocurrido sin milenios de acción humana conscientemente dirigida a tal fin. Quizá muchas personas también aceptarían en nuestra idílica postal naturalista la presencia de alguna pequeña granja o de algunos elementos posteriores a la revolución industrial, como un pequeño tractor o una segadora. Quizá lo que consideramos como “natural” sea en realidad el estado social que vivimos en nuestra tierna infancia, cuando contemplábamos el mundo a través de una lente idealizadora. Este sesgo cognitivo se ha propuesto como explicación plausible a muchos de nuestros sinsabores con la vida moderna, tecnológica y globalizada. Probablemente, tecnologías que ayer nos parecían magia y hoy aberraciones contra natura sean percibidas por nuestros futuros descendientes como algo totalmente natural y rutinario.

Pero, ¿no será que cuando decimos “natural”, lo que queremos decir en realidad es “sostenible”? Parece que este quiebro lingüístico tampoco entierra totalmente la paradoja. “Sostenible” implica algún tipo de equilibrio, un modo de existencia que consume y produce por debajo de la capacidad de carga ecosistémica. Por desgracia, el “equilibrio” es algo que no se da normalmente en la naturaleza: las poblaciones animales y vegetales no están en un equilibrio absoluto con el medio ni con otras especies. A lo sumo, las poblaciones están en un equilibrio dinámico al borde del caos, con grandes oscilaciones en el número de individuos, lo cual conduce, a menudo, a la extinción natural de diferentes especies, manteniendo la evolución en marcha (Goodwin & Solé, 2000). Grandes perturbaciones en la biosfera han ocurrido sin el concurso de la tecnología, como la oxigenación de la atmósfera en el precámbrico, que envenenó a la mayoría de organismos existentes; el intercambio de fauna tras el cierre del istmo de Panamá, que exterminó a casi todos los marsupiales sudamericanos, o la más reciente extinción de megafauna a manos de hombres prehistóricos. La idea de “equilibrio” natural parece ser pues una quimera romántica más que una propiedad objetiva de tiempos pasados.

Otra posibilidad es que el término “natural” no designe un proceso sino un tipo de materia, algo hecho con productos “naturales” no transformados, procesados ni adulterados. Pero, ¿cuáles serían estos productos naturales? El uranio, el plutonio, el amianto, la radiactividad, las ondas electromagnéticas, la fusión y fisión nuclear, los venenos, el fuego, el petróleo, y la transmisión horizontal de genes estaban en la naturaleza millones de años antes de la aparición de los seres humanos siendo pues perfectamente “naturales”, a pesar de que su sola mención espantaría a más de uno. ¿Y si nos basamos en productos orgánicos frente a inorgánicos? “Orgánico” denota que entra en la composición de los seres vivos, y normalmente se refiere a los compuestos químicos que poseen átomos de carbono. Hasta el S.XIX, se creía que la división entre los reinos orgánico e inorgánico era una discontinuidad insalvable (de nuevo una herencia del vitalismo pre-darwiniano), y que los seres vivos requerían un “élan vital” que dotaba a la materia de espíritu y vida. Esta noción fue rebatida en 1828 por el químico alemán Friedrich Wöhler, cuando sintetizó urea a partir de compuestos inorgánicos. A este logro siguieron miles, demostrando que, aunque los seres vivos manejan una química compleja, la distinción no es absoluta. Hoy podemos crear incluso moléculas de cientos de átomos de carbono de manera sintética a partir de compuestos muy simples, desde plásticos (sí, los plásticos son técnicamente orgánicos), a medicamentos y anticancerígenos como el taxol. A pesar de que la producción sintética abarata costes y aumenta la pureza, muchos siguen prefiriendo consumir un compuesto producido por un ser vivo (por ejemplo, por un bosque de tejos en el caso del taxol) a su versión producida en laboratorio. Aunque como elección personal es respetable, la universalidad de las leyes físicas y químicas nos dice que dos moléculas que contengan la misma disposición de átomos son indistinguibles en el sentido más literal de la palabra, independientemente de su origen. A propósito de la universalidad de la química, cabe recordar que todo lo que vemos comúnmente a nuestro alrededor está formado por compuestos químicos, así que, estrictamente hablando, la etiqueta “libre de productos químicos” solo podría aplicarse a la venta de plasma ionizado, antimateria o imposibilidades semejantes.

Entonces, ¿lo artificial no existe? Bueno, a pesar de los ejemplos anteriores, existen productos como los elementos transuránidos o los aerogeles cuya probabilidad de existencia es mínima sin el concurso de una inteligencia avanzada (humana o no). Pero ese mismo principio de improbabilidad debería igualmente aplicarse a otras áreas de la actividad humana cuya existencia nos parece de lo más deseable, como el arte, la poesía o la misma ciencia. La conclusión que empieza a perfilarse es que renunciar a lo artificial implicaría no solo rechazar las nuevas tecnologías y sus potencialidades, sino renunciar a la misma esencia humana. ¿No sería mejor simplemente asumir que el ser humano y todo su progreso tecnológico, artístico e intelectual son productos inevitables de una evolución biológica totalmente “natural”? (Szathmáry & Smith, 1995).

Más allá de la semántica, y dada la atracción que nos produce el término “natural” (atracción que bien aprovechan los especialistas en marketing y greenwashing), quizá sea más sensato tratar de definir mejor qué tipo de progreso queremos, cómo queremos vivir, crear y consumir. Como en todas las encrucijadas, podremos decidir mejor qué camino tomar cuanta más información tengamos a nuestra disposición, pero esa información es prácticamente opaca si nuestro único criterio es comprar productos naturales. De hecho, en la normativa europea relativa al etiquetado de alimentos y otros productos de consumo (Reglamento CE 2018/848), la designación de un producto como “natural” no está regulada en absoluto. Probablemente, esta desregulación no responda a una dejadez institucional, sino al hecho de que lo “natural”, como hemos visto, es en esencia imposible de definir y, por tanto, de regular. Esta misma normativa en cambio, sí legisla el uso de las etiquetas ecológico, biológico y orgánico, aunque también es cierto que las considera esencialmente como términos sinónimos, dejando cierto espacio para la interpretación.

Por eso, mejor que demandar huevos naturales, deberíamos preguntar en qué condiciones viven las gallinas y cómo son alimentadas, en qué medida se aplican antibióticos u otros suplementos, etc. Mejor que obcecarnos con que un producto sea orgánico o no, deberíamos saber dónde y bajo qué condiciones se produce, con qué materias primas y qué mano de obra emplea. En nuestro camino hacia un consumo responsable debemos exigir altos estándares éticos, humanos y ambientales, pero nos hacemos un flaco favor si nos conformamos con que nuestros productos sean simplemente “naturales”, porque esta categorización encierra tal ambigüedad que, al final, cada uno la aplica como más le conviene. Y, como consumidores, ya sabemos que la ambigüedad es un elemento que muy rara vez juega en nuestro favor.

Referencias:
-Iorizzo, S. y otros (2013) Genetic structure and domestication of carrot. American Journal of Botany, 100(5).
-Saborido, C. (2013) La falacia naturalista. Investigación y Ciencia, 446.
-Solé, R.V. & Goodwin, B.C. (2000) Signs of life. Basic Books.
-Szathmáry, E. & Smith, J.M. (1995) The major evolutionary transitions. Nature, 374.
-Wilson, E.O. (1984) Biophilia: The human bond with other species. Harvard University Press.
-Zerzan, J. (2001) Futuro primitivo y otros ensayos. Numa Ediciones.

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