FOTOCHOP (XXXIII)

Cuento de Navidad (y III)

  • "Érase que se era el discurso del rey, un control policial y una playa en Normandía"
  • "No hace falta que me lo repita. Pero también sé que la ley es igual para todos, incluso para un periodista que tiene que ir a escribir el discurso del rey"
  • "‘Orgullo y democracia’, ese fue el título de la crónica tramposa y edulcorada que reclamaban mis queridos jefes y que apenas tardé un cuarto de hora en pasaportar"

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Érase que se era el discurso del rey, un control policial y una playa en Normandía… El despertador sonó a las siete, como todos los días, y en cuanto abrí el ojo y estiré la pata hasta el otro lado del desolado lecho recordé que ese 24 de diciembre lo tenía marcado como “intenso” en la agenda de mi smartphone. Hice mis cuarenta y cinco minutos de cinta, me duché, preparé unos huevos revueltos, un zumo de naranja y un chupito de Calvados —la botella estaba en las últimas— y salí hacia el periódico, donde había quedado con un tío que decía disponer de documentación sobre una célula islamista que se esconde bajo la apariencia de una compañía de teatro independiente. La historia resultó ser una auténtica mierda y no tenía ni pies ni cabeza, así que podía dedicar el resto del día a mis asuntos, que no eran pocos. Justo cuando estaba pagando el carajillo de Calvados que me acaba de tomar, y las tres copas de sol y sombra que había ingerido en apenas treinta minutos mi delirante interlocutor, sonó la sintonía del móvil. “¿Dónde andas?”, me preguntó el subdirector. “Estoy aquí abajo. En el Shinbone. Al otro lado de la calle”, le contesté. “Sube inmediatamente a mi despacho”, cerró la conversación el responsable de información política del diario que me da de comer, y de beber, y que, por cierto, era la segunda vez me llamaba en siete años. La cosa no pintaba bien.

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Así fue. Higinio, el corresponsal político del periódico, había dado positivo por covid y lo habían ingresado de urgencia en un centro hospitalario afectado por una preocupante infección pulmonar, por lo que me tocaba encargarme de la crónica del discurso del rey para la edición digital. “Sin mariconadas. Quiero algo sólido, inteligente, con perspectiva. Algo que permita explayarse a nuestros chicos de opinión en defensa de la institución y de los sagrados valores constitucionales que encarna. Con 1.100 palabras debería ser suficiente. Tienes veinte minutos a partir de que arranque el chunda-chunda del final. No nos falles”, arrojó mi superior las cartas sobre la mesa.

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Las cosas se estaban complicando. Había quedado a comer con mi ex, que me entregaría a la pequeña Sara para pasar juntos un par de horas. La recogería, la llevaría un rato al zoo para ver a los gorilas y a los hipopótamos y la tendría de vuelta con su madre antes de las seis. Me sentía como Clint Eastwood empujando a toda hostia el cochecito de la niña por un concurrido zoológico en el entorno de la bahía de San Francisco. Afortunadamente no tuve percances y entregué a Sara, sin tiritas, a la hora convenida. Incluso nos dio tiempo a tomar una Fanta de naranja y un cubata de Calvados en el bar de la esquina.

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La segunda parada sería en la residencia de mi padre, con el que compartiría mesa y mantel en tan señalada fecha. Cuando llegué, un grupo de internos ‘enmascarillados’ estaba enzarzado con otro que no las llevaba a cuenta de una de esas tertulias políticas que ponen en la tele y que tanto nos joden la vida. Así que me tocó esperar. “Pero papá, ¿desde cuándo eres republicano?”, le pregunté mientras chocaba mi codo con el suyo una vez concluido el acalorado debate. “Desde que ese sinvergüenza se largó con la pasta, Juanito”, me contestó al tiempo que me pasaba una bolsa de plástico con un par de pantuflas dentro. Nadie en este mundo me llama Juanito excepto él. “Jodidos negacionistas”, farfulló al subir al coche.

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Ya habían dado las siete y media y todavía teníamos que recorrer la ciudad de punta a punta para recoger, a las ocho, la cena que había encargado en un restaurante con ínfulas de estrella Michelín: unas croquetas de Torta del Casar y nueces, unos chupitos de crema de lentejas al armañac, un arroz con bogavante y unas láminas crujientes de tocino de cielo napadas en chocolate negro. Cincuenta y nueve euros del ala por cada menú. “¿Cómo nos vamos a poner, eh papa?”, le dije mientras encendía la radio del coche por si había pasado algo. “Mira hacia adelante, Juanito, que nos vas a matar”, me contestó con ese tono bronco que utiliza los días que se levanta atravesado.

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Cuando llegamos a casa eran las ocho y cuarto y todo parecía estar en orden. Me pondría una copita de Calvados, encendería la tele e iría escribiendo la crónica conforme avanzara el discurso. Luego mandaría el texto y a cenar. “¡Joder, papa!”, exclamé en ese momento. “Nos hemos quedado sin Calvados”. “Imposible”, replicó de inmediato. “Ya sabes que tu abuelo murió en las playas de Normandía durante la II Guerra Mundial y que desde entonces no falta nunca una botella en la cena de Navidad. Tendrás que ir a por una. Son lassss ocho y media”, dijo echando la cabeza hacia atrás para enfocar las manijas de su reloj de pulsera. “Todavía tienes tiempo”.

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“Vale”, me dije. “No pasa nada. Todo va bien. Bajaré al chino que hay a un par de manzanas, ese que siempre me tiene reservadas un par de botellitas para las emergencias, y llegaré a casa antes de que empiece el mensaje”, continué diciéndome. “Ahora subo, papá”, me despedí sin perder un segundo tras pasaportar de un trago los restos del preciado naufragio espirituoso. “No cojas esa antigualla que llamas coche, cenizo. Ve andando, que un poco de aire te sentará bien”, respondió mi padre mientras se afanaba en calzarse las zapatillas que había traído del asilo.

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“Ya sé que esto es una mierda, amigo. Lo sé. No hace falta que me lo repita. Pero también sé que la ley es igual para todos, incluso para un periodista que tiene que ir a escribir el discurso del rey, y que hay que respetarla todos los días del año, incluso el de Navidad. Así que baje del coche y haga el favor de soplar por esta boquilla. Quítele el plástico usted mismo; sin miedo. Más fuerte. Sople más fuerte, más, más, más, más…”, repetía el agente de tráfico con una cadencia que a punto estuvo de hacerme vomitar. Firmé la multa y esperé unos minutos hasta que una grúa se acercó para retirar mi viejo deportivo. “¿Puedo llevarme la botella que hay en el asiento del copiloto? Es para mi padre”, informé al policía poniendo cara de tipo inofensivo. “Ande, ande… Cójala y desaparezca de mi vista cuanto antes”, me contestó.

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Cuando abrí la puerta de casa arrancaban las notas del chunda-chunda final. “Papá”, dije muy serio a mi amado progenitor, “necesito que me hagas un resumen rápido del discurso. Ya. Ipso facto. Sin demora”… “Escribe”, me contestó. “El tío ha tenido el cuajo de no nombrar a su padre y ha dejado caer un par de chorraditas sobre que todos somos iguales ante la ley y cosas así, aunque eso sea una cochina mentira. ¡Ah! Y ha recordado que ya renunció a la herencia del felón y que él va de otro rollo. ‘Transformador’, creo que se ha atrevido a decir. Si a eso le añades la consabida monserga de que España y los españoles pueden salir de esta siempre que vayan cogidos de la mano por la senda de la Constitución y que el trabajo de las Fuerzas Armadas es encomiable aquí y allende nuestras fronteras, ya tienes tu discurso. Ha sugerido también que los años de la dictadura fueron de ‘desencuentro entre españoles’. ¡Tócate los cojones! No hay que ser un genio para escribirlo. Mucho orgullo, mucha mierda, y poca democracia. Anda, acaba cuanto antes y vamos a cenar… No creo que te vayan a dar el Pulitzer por esto, Juanito”.

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“Orgullo y democracia”, ese fue el título de la crónica tramposa y edulcorada que reclamaban mis queridos jefes y que apenas tardé un cuarto de hora en pasaportar… La cena fue un éxito.

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P. D. Acaba de llamar el subdirector. Higinio ha muerto y me han ofrecido su puesto. He colocado en un platillo de la balanza mi porvenir y en el otro la memoria de mi abuelo, abatido por los nazis en una playa de Normandía, y al final he aceptado… El viejo lleva unos días sin responder a mis llamadas.

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