Vencer el miedo

Heleno Saña *

Poco después de terminada la II Guerra Mundial, el filósofo judío Martín Buber, uno de los representantes más genuinos del pensamiento cooperativista y mutualista del siglo XX, señalaba en su libro Faden in Utopía (Senderos de Utopía) que el alto capitalismo había conducido a un modelo de sociedad humana y socialmente desestructurado y carente, por ello, de núcleos comunitarios capaces de contrarrestar la hegemonía ejercida sobre el hombre por los gobiernos y los grandes grupos de presión. El desarrollo de las últimas décadas no ha hecho más que confirmar con creces el juicio de valor emitido por el gran teórico y pionero de los kibbuz israelíes.

Se habla, con plena razón, de la indigencia material reinante en el mundo, pero con no menos razón es lícito subrayar la indigencia comunitarista que caracteriza a la sociedad actual. Aunque no faltan los grupos, plataformas y focos independientes al servicio de un objetivo de orden emancipativo, altruísta o solidario, el ciudadano medio piensa y obra principal o incluso exclusivamente en función de su privacy e intereses personales. Con ello no hace más que asumir miméticamente la ideología autocéntrica que le inculca el Sistema, basada en lo que Hobbes, primer teórico de la burguesía, llamaba "guerra  de todos contra todos", un concepto que en la terminología hoy en boga es sublimado con el eufemismo de "competencia". De ahí que el compañero de trabajo o el prójimo se convierta a priori en rival o competidor, y no en aliado, amigo o colaborador, como debería ocurrir en una sociedad más racional y humana que la que estamos viviendo. Lo que en todo caso prevalece es lo que el filósofo Karel Kosik denominaba "el divisionismo de los horizontes subjetivos", y no los horizontes comunes que todo proyecto de signo superior inevitablemente exige.

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En vista de la profunda crisis que atraviesan desde hace tiempo los valores intersubjetivos y sociales, resulta altamente reconfortante tener noticia de iniciativas como la que acaba de poner en marcha el grupo de periodistas reunidos en torno al lema de cuartopoder. No es necesario indicar el papel preeminente que los mass media desempeñan en el mundo globalizado de hoy, así como la responsabilidad que corresponde a sus protagonistas. No menos sabido es que tanto la prensa escrita como los medios audiovisuales están regidos más por el principio del lucro, el partidismo político y otros intereses creados que por el amor a la verdad y la objetividad informativa. Eso explica que para el profesional de la información resulte cada vez más difícil sustraerse a la influencia de este lamentable estado de cosas y permanecer fiel a su código ético. Explica asimismo que el miedo a perder el puesto de trabajo penda sobre su cabeza como una espada de Damocles, como ocurre también en otros sectores de la vida laboral. El "mi ser es miedo" de Kafka sigue estando incrustado en la psique humana, aunque por pudor o instinto de conservación nadie o casi nadie lo confiese, una reacción lógica en una sociedad que ha fetichizado el éxito como summum bonum, también cuando es obtenido por medio de procedimientos moralmente dudosos o abiertamente inmorales.

El mundo necesita urgentemente tribunas mediáticas libres y autodeterminadas como las que surgieron a partir de la Ilustración y de las primeras décadas del siglo XIX, un fenómeno que coincidió en el espacio y el tiempo con la fundación de un gran número de cooperativas y organizaciones de base tanto de carácter económico y social como pedagógico y cultural. Esta obra creadora contribuyó en alto grado a la autoconcienciación y emancipación de las clases trabajadoras y de los estratos de las clases medias vinculadas a ellas, un proceso que desgraciadamente quedó interrumpido en gran parte por el advenimiento del nazifascismo y el comunismo totalitario surgido en Rusia tras la revolución de 1917. Pero tampoco la democracia supuestamente pluralista imperante en los países occidentales y en otras regiones del globo ha permitido sustituir la sociedad atomizada y cosificada engendrada por la ideología burguesa por lo que el sociólogo Ferdinand Tönnies llamó en su día "comunidad".

De ahí que haya llegado la hora de poner fin al pensamiento único impuesto por el Sistema y buscar alternativas teóricas y prácticas más ajustadas a las necesidades concretas y naturales del individuo, entre las que figuran, en lugar destacado, su dimensión comunitaria o social. Esta opción es la más idónea para ofrecer resistencia activa a la creciente heteronomía a la que el individuo está hoy sometido. El ser humano no ha nacido para vivir solo, sino en compañía de sus semejantes y compartir con ellos todo lo que les une, como nos han enseñado desde siempre los grandes guías y maestros espirituales de la humanidad. No comprender este imperativo categórico de la naturaleza humana significa irremisiblemente elegir la muerte interior, que es uno de las experiencias más tristes y extendidas del mundo de hoy.

Vosotros, amigos míos, habeis elegido el camino de la cooperación y la unión. Recibid por ello mi más calurosa enhorabuena. Adelante, pues, y ¡mucha suerte!

* Heleno Saña (Barcelona, 1930). Escritor y filósofo. Vive en Alemania desde la década de los 50. Vinculado al pensamiento libertario, entre sus más de 30 obras cabe destacar El franquismo sin mitos: Conversaciones con Serraño Súñer (Grijalbo, 1982) o Atlas del pensamiento universal: historia de la filosofía y los filósofos (Almuzara, 2006).