Un autor con espíritu joven

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Randolph D. Pope *

Nos hemos reunido en Nueva York en un congreso internacional en homenaje a Delibes estudiosos de su obra de España y Estados Unidos.

A primera vista parecería un lugar exótico, alejado en sus rascacielos del sabor de la tierra que conocen bien los cazadores y campesinos de sus novelas. Pero si por una parte Delibes describió minuciosamente y con auténtica sabiduría un pueblo anclado en el tiempo, en contacto con sus raíces, por otra contó la aventura de los emigrantes al resto de Europa y a América.

He enseñado con frecuencia su obra en universidades americanas y son estos dos polos los que conectan con los lectores jóvenes, su capacidad de observar una naturaleza viva que serenamente reitera sus grandes ciclos milenarios, por una parte, y lo inevitable del cambio, por otra. Aquí también en los Estados Unidos se disputa el voto del Señor Cayo y hay príncipes destronados. Está Central Park y Wall Street.

Pero al viajar a este encuentro no he podido olvidar que hace poco más de un año sobrevolé el vacío humeante donde estuvieron las Torres Gemelas y que acaba de caer a tierra el Columbia. Delibes ha estado preocupado desde sus primeras novelas por la fragilidad de la vida, que imaginaba entonces a la sombra alargada de un ciprés. Su novela más leída en los Estados Unidos, 'Cinco horas con Mario', son las conversaciones de Carmen con su marido muerto, y varias de sus novelas acaban en muertes violentas. La obra de Delibes nos lleva a contemplar seriamente la fugacidad y la permanencia, el individuo transitorio y la naturaleza cambiante. En la parte norte de Manhattan está el museo de arte medieval de los Cloisters, donde San Romualdo, un italiano que pasó algún tiempo en Cataluña, se hubiera sentido a gusto. En el extremo sur tenemos todavía un espacio abierto donde todavía hoy crecen algunas hierbas.

El año pasado Harold Bloom, profesor en la Universidad de Yale, publicó un libro llamado 'Genios', en el que se atrevía a usar esta palabra, algo trasnochada y romántica para algunos escritores que no sólo nos absorben en su mundo ficticio, sino que también nos enseñan a vivir, nos devuelven de sus páginas con la vista enriquecida y el espíritu más fuerte. Bloom se limitó sólo a cien, entre los que incluyó naturalmente a Cervantes. Yo me atrevería a añadir a Delibes, porque estoy seguro que este encuentro en Nueva York no tiene nada de arbitrario, sino que resulta necesario y justo, pues pocos escritores como él tienen la capacidad de llevarnos a un mundo imaginario y devolvernos al nuestro con las respuestas que necesitamos para vivir en el complejo mundo de hoy, del cual Manhattan es tan sólo una mínima parte, aunque dramáticamente representativa.

* Randolph D. Pope, profesor de español y Literatura Comparada de la Universidad de Virginia (EEUU), escribió este artículo, que cuartopoder publica por cortesía del autor, con motivo del homenaje que se rindió a Miguel Delibes en Nueva York en 2003.

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