De qué tratan los periódicos

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Francisco Serra

Hace unos  días un profesor  de Derecho Constitucional aprovechó una mañana de asueto para salir al campo con su familia. Mientras su hija correteaba por el monte de El Pardo,  intentando alejar de su mente sucesos recientes que habían vuelto a poner en boca de todos el recuerdo del dictador, abrió el periódico e inició su lectura. Ya antes, recién levantado, había echado un vistazo en la red a las últimas noticias y sabía que se había convocado para esa tarde una manifestación en  defensa de Garzón. En el siglo XIX se decía que los diarios eran “el desayuno del hombre moderno”, pero hoy los tiempos han cambiado y la actualidad más inmediata sólo es accesible en los periódicos digitales. Lo que se espera de la prensa impresa es que facilite la lectura reposada. A veces el profesor compraba varios diarios y le parecía vivir en dos países distintos y los dos muchas veces le “helaban el corazón”.

Ya le había llamado la atención en su mañanera incursión en Internet que hubieran destituido al director y otros cargos de la cárcel de Alcalá-Meco, Madrid I,  la cárcel de mujeres. La situación en los recintos penitenciarios siempre le había producido una profunda desazón. Al explicar la Constitución en sus clases en algún momento del curso era materia obligada referirse al principio de legalidad penal y a la profunda transformación que había sufrido la forma de considerar la pena, que de ser entendida como forma de castigo había pasado a convertirse no ya siquiera en medio preventivo de evitar el delito, sino en forma de facilitar la reinserción social.

Los estudiantes habitualmente manifestaban su profundo escepticismo y él mismo debía reconocer que ese era uno de los casos en que se producía una grave discordancia entre la letra y el espíritu de la Constitución y la “realidad social”. El porcentaje de la población reclusa en España era uno de los más elevados en los países de nuestro entorno y nada parecía entrever que la situación fuera a cambiar en breve plazo. Es más, se estaba tramitando una reforma del Código Penal, que llevaría consigo un endurecimiento de las penas y un previsible hacinamiento aún mayor en las cárceles. En una ocasión le ofrecieron dar clases sobre derechos humanos a los funcionarios de prisiones y cuando se resistió aduciendo sus múltiples ocupaciones, le sugirieron que compartiese la docencia con algún colega. Se lo propuso a su amigo Enrique, también profesor en la Facultad de Derecho, y los dos acudieron a la entrevista con el director del programa a la cárcel de Carabanchel. Desde su despacho se oía a los presos en el patio y, al salir, su colega le abrazó y le susurró que no podía hacerlo. Había estado internado varios meses en ese mismo lugar por repartir panfletos y aunque sabía que era muy importante mejorar la condición en las cárceles, hay cosas que no se pueden olvidar.

Las cárceles siempre serán las cárceles. El profesor recordó sus conversaciones con el teórico de la “criminología crítica”, Alessandro Baratta, que siempre defendió que la única solución a la “cuestión criminal” pasaba porque hubiera “menos cárcel”. El único Derecho penal que debiera existir es un “Derecho penal mínimo”, el último recurso al que se debe acudir en una sociedad en la que la mayoría de los delincuentes lo eran por sus condiciones sociales y económicas. Las condenas a los poderosos eran  puramente anecdóticas y el más mínimo “defecto de forma” invalidaba un largo proceso, en el que se probaba la posible comisión del delito, pero se afirmaba la imposibilidad de exigir castigo. Muchos de sus colegas en la Facultad de Derecho habían labrado sus carreras defendiendo a célebres figuras del mundo de los “negocios”. Con todo, era preferible que algunos culpables quedaran libres a que se eliminaran esas garantías que en otros tiempos no existieron.

Perdido en sus reflexiones, apenas prestaba atención a lo que leía hasta que descubrió el nombre del director de la cárcel recientemente destituido. Era su mejor amigo de la época de la adolescencia. Hacía años que no lo veía, aunque en tiempos habían sido inseparables y habían compartido largos paseos, el descubrimiento de una historia que les había sido hurtada y el anhelo de un mundo mejor. Durante un curso de verano en Londres, poco antes de la muerte de Franco, habían asistido a un mitin republicano en las cercanías de Portobello y voceado con ansia el  Himno de Riego en su versión más popular. Luego habían entrado en la Universidad, el profesor de Derecho Constitucional simultaneó Derecho y Filosofía, mientras su amigo iniciaba la carrera de Psicología. Pero apenas había clases, los grises estaban dentro de la Universidad, a la puerta de las aulas, y se sucedían las huelgas. Murió el “Caudillo” y lentamente se fue iniciando la transición. Asistieron a la “fiesta de la libertad” y  empezaron a seguir caminos distintos. Su amigo se metió en las Juventudes Socialistas y se echó novia, mientras el profesor se sumergía en sus estudios, sin llegar a militar en ningún partido político y sólo años más tarde acabaría incorporándose a un sindicato. Pepe protagonizó una escisión y llegó a militar en un grupo que se había desgajado del Partido Comunista. Hizo oposiciones y acabó siendo funcionario de prisiones. Se vieron cada vez con menor frecuencia y al final sólo cuando se encontraban por azar en su antiguo barrio de Prosperidad.

En ese momento, al ver su nombre en el periódico, le venía a la memoria toda una época que ya estaba lejana en el tiempo. Pero no era un tiempo “perdido”, sino que  volvía “recobrado”, porque todo aquello que parecía olvidado ahora aparecía una y otra vez en los peródicos. Todavía seguían eliminándose poco a poco los símbolos del “régimen anterior” y parecía que una y otra vez “el pasado muerto seguía pesando, como una losa, sobre el cerebro de los vivos”.

Al llegar a casa empezó a indagar por la red y descubrió que en una entrevista su amigo había comentado cómo en la cárcel se confeccionaban las togas que luego portaban los magistrados del Tribunal Supremo y cómo no podían cumplirse las previsiones de la Ley General Penitenciaria de que cada “interna” tuviera su propia celda individual. También descubrió más detalles de la causa de su destitución: había habido comportamientos inapropiados por parte de algunos funcionarios y se sospechaba que podría haberse concedido ciertos privilegios a algunas reclusas a cambio de sexo. La dirección, se decía, no había denunciado los hechos con la celeridad necesaria. El antiguo director, su amigo, alegaba que su destitución no estaba encaminada más que a acallar el “ruido mediático”.

El profesor apagó el ordenador y, antes de acostarse, aún tuvo tiempo para mirar por encima el otro periódico que había comprado, el “otro país” en que también vivía y, en la más conocida de sus secciones, descubrió la esquela de un atrabiliario catedrático de la  Facultad de Derecho de la Universidad Complutense y que luego recalaría en la UNED, con el que había compartido mesa en alguna ocasión.  El mundo viejo no acaba nunca de morir y el nuevo no llega aún a nacer, pensó recordando la frase de un buen viejo marxista que escribió lo más importante de su obra… en la cárcel.

2 Comments
  1. celine says

    Melancólico y real como la vida. ¿Qué más se ha sabido de ese funcionario penitenciario? ¿Qué responsabilidad tiene en los hechos? ¿Qué hechos exactamente son los demostrados? Y así.

  2. FEDOR says

    Precioso.

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