El pensamiento crítico, la crisis, qué hacemos

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Pablo Jauralde Pou *

Circula por la Red una llamada a firmar un manifiesto –con unas setecientas firmas– a favor del pensamiento crítico, precisamente ahora que estaba a punto de redondear, más modestamente, un papel reivindicando, como uno de los resultados buenos de lo que se está llamando “la crisis”, la posibilidad de resucitar nuestra capacidad de ver, observar, opinar, criticar y cambiar, que ese puede ser el camino.

Porque eso quiere decir pensamiento crítico: la capacidad de moverse intelectualmente ante todo lo que nos rodea, discerniendo trigo de paja, y de profundizar no sólo en los casos evidentes, sino en todo aquello que nos han inculcado como al margen de la opinión y de la crítica, hurgar en las razones profundas del malestar, la injusticia, la corrupción y otras taras que la gente suele soportar como algo que le viene dado desde arriba con lo que ha de convivir sin rechistar.

La convivencia con un estado de cosas que se barrunta lamentable resulta ser, precisamente, uno de los elementos ideológicos que se viene logrando con procedimientos en apariencia inocuos, sobre todo con aquellos que aparecen en los sistemas de educación (planes de estudio, por ejemplo), en el sistema de valores que destilan los llamados “medios”, en las exhibiciones de prohombres, políticos e instituciones desde las que se nos pide que “dejemos hacer”, “no opinemos”, etc.

Especial cuidado se habrá de tener con los refugios argumentales de tales dogmas: no se puede criticar a un juez, cuyos procedimientos nos parecen un disparate, porque está ejerciendo la justicia con leyes y en un sistema democrático. Es una pena, pero lo del “democrático”, bien lo sabemos, no alcanza plenamente a la conducta del juez en este caso, que no es un autómata, sino que conserva, no lo dudemos, penurias y grandezas de su condición humana, entre ellas la de no saber diferenciar entre su mentalidad y su oficio. Por lo demás, los sistemas democráticos, como todos, se erosionan, y necesitan constantemente alimentarse desde abajo -las gentes-, no desde arriba -los políticos-. Como eso nos llevaría lejos, volvemos cerca, porque quisiéramos conectar crisis y crítica.

En efecto, porque puede que por los resquicios del desencanto asome, todavía, el oportuno gesto crítico capaz de sacar provecho del caos. De varias maneras.

Sobre todo y primero, como ya dije, por esa sana desconfianza hacia instituciones y dogmas enquistados en nuestro sistema; inmediatamente hacia las personas que exhiben la representación de esas instituciones; finalmente, hacia los lugares desde donde nos vocean una y otra vez que, con el dedo de las moralinas enarbolado, que no debemos pensar esto, aquello y lo de más allá. “¡Dejad trabajar a la justicia, no critiquéis a las instituciones judiciales, lo ha dicho el juez…!” Y nótese que eso se encapsula sistemáticamente en las películas con polis buenos, en los argumentos que coronan cualquier fantasía dramática, en las conversaciones que nos dejan escuchar en los coloquios de la televisión o la radio, en las opiniones que nos filtran en los periódicos… Y de modo particularmente abrumador, casi sin escapatoria, en la proclama de valores que siempre se supeditan al dinero, al mercado. Como si aquellas instituciones, aquellas personas y aquellos lugares desde donde se predica hubieran sido sacralizados por no se sabe qué divinidad intocable, cuando las tres cosas habrían de depender, constantemente, permanentemente, de que reciban el soporte y el apoyo del común de las gentes. Y eso se sabe, por eso el procedimiento más hábil para que la gente no critique es desplazarla, situarla fuera de esa posibilidad, que no encuentre el objeto o el enlace que le permita señalar alguna de las muchas raíces de la “crisis”. Siempre recordaré la impresión que me produjo el silencioso padecer y deambular de quienes sufrieron las inundaciones de Nueva Orleans: no sabían qué es lo que había pasado, no sabían que podían buscar las raíces y las razones de su sufrimiento, estaban totalmente anestesiadas, en su engranaje mental ya no había posibilidad de hacer funcionar “pensamiento crítico” alguno. ¡Y cuántos casos como ése, colectivos y particulares!

Hace tiempo que se vio perfectamente cómo manipular al común de las gentes, engatusándolas con las delicias de divertimentos e imaginaciones alejadas de la realidad, empleando la sutileza del prestigio y la autoridad que parecen chorrear los que tienen la capacidad de asomarse a las ventanas públicas. Y sobre todo, desechando la educación adecuada para suplantarla por la educación moderna, específica, en donde el contexto humano (las famosas “humanidades”) se van desterrando paulatinamente al rincón de las cosas inútiles, es decir, de las que no llegan al mercado, y por tanto no dan de comer. Un matemático perfecto, como un perfecto médico o un perfecto profe casi podrían ser sustituidos por máquinas que, en rigor, ejercerían tarea casi industrial, sin vacilar nunca por ribetes emocionales, sociales, históricos; lejos de cualquier consideración humana.

Pero hay otro elemento especialmente fecundo en el embobamiento de los que alguna vez pueden revolverse, pensar y criticar: la persecución de su capacidad imaginativa que, por ser un último reducto de la capacidad humana –a mi modo de ver, la esencia del arte y de la cultura-–, se ataja por otras maneras: no se trunca, se ocupa con otros menesteres, se inocula en todos los estratos de la sociedad lo que ha de ser la “imaginación” en movimiento, desde las risas enlatadas de la televisión (“os tenéis que reír por esto”), hasta los grandes logros que con ella pueden conseguirse y que son siempre… producto del dinero, del mercado. Precisamente contra ese juego diabólico del capital es contra lo que debe ejercer su función liberadora el arte. El arte, el lugar de la libertad, de la real gana, de lo que no querrá nunca estar sometido a regla, tradición, dogma, precio.

Son temas que dan para mucho; para tanto, que no se pueden más, por el momento que vocear y exponer en sus líneas generales, ahora con la secreta esperanza de que quienes todavía no han embotado totalmente su capacidad crítica descubran ese resorte crítico que les puede liberar y ejerzan, en medio del caos, más ideológico que “financiero” –eso es lo que nos pretenden imbuir– una de las funciones humanas elementales: reflexionar, opinar, dialogar, criticar, con todas sus consecuencias. Y que así se escapen hacia espacios abiertos en donde, por ejemplo, se recuperen las llamadas “humanidades” y ejerzan una función la mar de sencilla: devolvernos el grado de plenitud, que algunos llaman felicidad, para disfrutar de todo aquello que somos capaces de crear y mantener. Hoy por la mañana he escuchado en una radio española (ya veis que de todo hay): mucho mejor que aparezca en una conversación el motivo musical de la segunda sinfonía de Brahms que no el juego de preguntas y respuestas predecibles entre personas desertizadas. Y que de ahí alarguen su sentido crítico a lugares aparentemente inocuos, inocentes, desde donde se destila el conjunto de creencias que se suelen asumir sin pensar y aceptar como inevitables.

Del pensamiento crítico habría de poderse alcanzar, discretamente, si se quiere, un nuevo proceder, que limpiara el entorno personal, que se extendiera lentamente a sectores sociales no excesivamente dañados y que no permitiera la obscenidad que chorrea la vida pública.

(*) Pablo Jauralde Pou (Palencia, 1944). Poeta e hispanista. Catedráitico de Literatura Española en la Universidad Autónoma de Madrid. Es especialista en Quevedo y Cervantes. Ha sido profesor visitante en Cambridge, Harvard, Sorbona, John Hopkins, Toulouse y Milán, entre otras muchas. Su último libro publicado es el poemario El año del ombligo (Calambur, 2009).
4 Comments
  1. mabu says

    Estimado profesor Jauralde,

    Muchas gracias por este artículo. Expresa exactamente lo que pienso yo también: lo importante es tener el esprit critique de los franceses, que no tiene nada que ver con la traducción al castellano.
    Me permito copiarlo y ponerlo en mi blog privado, con el cual pretendo precisamente intentar hacer pensar a mis amigos:

    http://marianne1789.wordpress.com

    con la espera que no se siente molestado por mi copionería…

    Afectuosamente
    Marianne Brull

  2. Roderick says

    De acuerdo; los males sociales de todo tipo convidan a la crítica; la indignación mueve la pluma. Pero ¿dónde están los satíricos? Los del XVII tuvieron a su Quevedo, los del XIX a su Larra, y la España tonta de los años 20 tuvo a Valle-Inclán. ¿Dónde está el escritor que sepa dar una paliza (verbal) a los fantoches que pretenden gobernarnos?

  3. me says

    Querido Roderick: menos retorica y mas ejemplos es lo que realmente necesitamos, no cree usted?

  4. Carlos Vera Rivera says

    Agregaria que en lo referente a pensamiento crìtico,tenemos que verlo desde el punto de vista de creiterio (anàlisis discernimiento proceder etc),por que el criticar es parte de la sinrazòn,y el pensamiento Crìtico toma el anàlisis desde el origen cronologico o dispensacional de los de los sucesos eventos u origen del paradigma a seguir hàsta que èste sea sustituido por otro,ademàs hay qe tener conocimiento de el significado de la terminologìa que se està analizando o si los escritos tienen transitivos pronominales que ès los que nos causan problemas en los analisis de las lenturas crìticas Att. doccarlsvera666@yahoo.es

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