Deseo de impunidad

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Julián Sauquillo

Hay algo adolescente en la afirmación de Francisco Camps cuando señala, “me atacan porque no me puede ganar en las urnas”. No menos infantil, y tanto más inocente e inmaduro, resulta que el electorado, efectivamente, no reaccione críticamente ante los casos de corrupción con un reproche electoral. Las afirmaciones del presidente de la Comunidad Valenciana parecen las afirmaciones del hermano mayor de una abundante progenie que se ufana ante los padres –la opinión pública difusa– de una robusta primogenitura. Una altura ganada con la buena alimentación y mucha gimnasia puede hacer inexpugnable la autoridad del mayor a ojos de los hermanitos que se han visto protegidos de los hostigamientos de los chicos de otras pandillas (en este caso, sobre todo, Ángel Luna, portavoz socialista en la Generalitat valenciana, y, de forma más abstracta los miembros de otras comunidades autónomas). Ante el padre, el hermano mayor puede argüir más molla, buen sprint, capacidad de galanteo, o poseer la verdad que franquea el paso a cualquier lugar del planeta. Este afán de primogenitura protectora de toda la Comunidad Valenciana, esgrimida por Camps en las Cortes valencianas, ha puesto en juego un dramatis personae digno de un cuento infantil: que si es Juan Sin Miedo por tan echado para adelante o si es mejor Pinocho por sus mentiras y su indolencia; que si es gracias al Sastrecillo Valiente que nos enteramos de toda esta trama. En un comienzo, era un mero caso de dádivas de elegantes atavíos masculinos a presumidos cargos públicos. Un caso sin transcendencia alguna. Pero ya estamos alarmados de lo que va apareciendo. Sin embargo, el Presidente se ve tan estelar que cree vivir la Guerra de las Galaxias y pide una “medalla interplanetaria”. Se trata de toda una huida hacia adelante.

Como la responsabilidad jurídica es diferente de la responsabilidad moral y de la  política, lo que ya sabemos de la trama Gürtel, de los trajes regalados al blanqueo  pasando por la tenencia de armas cortas de algunos miembros de la trama, ya debiera ocasionar más de un cese y dimisión, pero, en este país, nadie abandona sonrojado el cargo público. No basta ser procesado por “cohecho”. En realidad, el procesamiento judicial ha sido argüido para ralentizar el momento del cese -“está sub iudice” se exclamaba misteriosamente con efectos mágicos y de sumo respeto-. Sin embargo, nada debiera impedir que el representante político procesado dimitiera o fuera cesado hasta que se esclarezca totalmente el caso. Desde luego, los miembros de cada partido político pliegan filas marcialmente ante los casos de corrupción: hasta que los jueces no determinen que existió un delito, “aquí no ha pasado nada”. Todas son jaculatorias de apoyo al compañero, y se expresan en lugar tan costumbrista como la Fiesta de los Caracoles de Lleida.

Tampoco debiera extrañar que el control en comisiones o plenos del Parlamento sea una garantía habitual de los ciudadanos frente a los excesos que pueden darse a la confianza depositada en elecciones a los representantes. Extraña que algún importante representante se arrogue tal santidad que si le atacan crea que es porque, si no, electoralmente no le vencen. Así es, primero, porque el electorado no ejerce apenas veto electoral alguno a los corruptos. Que vuelvas a ser candidato no es prueba alguna de que no cometieras cohecho. Los ciudadanos somos muy benevolentes. Entre las valoraciones que la ciudadanía efectúa abundan las consideraciones sobre el programa económico de los candidatos electorales. Existe sensibilidad hacia la repercusión que los programas vayan a tener en los bolsillos de los electores. Pero la docilidad electoral es máxima con los representantes que hagan valer sus propios intereses en vez de los generales. Sobre todo, es así entre el electorado de la derecha, muy disciplinado y fiel. El “círculo vicioso” de la democracia consiste en que los ciudadanos no se defienden de los representantes que se alejan de los intereses generales. No empleamos el voto para castigarlos.

Si no fuera por los casos de corrupción aireados recientemente en la Cámara de los Comunes, el Parlamento inglés podía ser el ejemplo impertérrito para las Cámaras legislativas de toda Europa. A mediados del siglo XIX y durante el primer tercio del pasado siglo, el parlamento, su libre debate entre los representantes, fue visto como una garantía frente a los desafueros políticos. Max Weber, durante la primera guerra mundial, pensó que el parlamento serviría para reconstruir institucionalmente a Alemania. Su modelo era el Parlamento inglés, como lo fue, también, para Joaquín Costa, en su enfrentamiento singular contra la oligarquía y el caciquismo españoles. De los debates abiertos y airados saldrían seleccionados, entonces, los mejores parlamentarios, capaces de soportar la responsabilidad de las tareas de gobierno. Sería deseable que los líderes de cada partido no controlaran hasta tal punto absoluto, como hoy, el debate de los miembros de su propio grupo. ¿Cuándo veremos a algún miembro de cierto grupo discrepar de sus compañeros sin pasar al grupo mixto? Por el momento, sólo contemplamos auténticos mítines solidarios con el líder “en peligro” para hacerse fotos, atizar banderas partidistas y vestirse con uniformes blancos que los indiferencien entre sí. Cada vez son más frecuentes las pasarelas de triunfadores políticos y los pases de fotos que marcan los comunicadores políticos con fines electorales. Quedan lejos aquellos sanos propósitos de los utilitaristas convencidos, como Jeremy Bentham, de clasificar las falacias políticas. Tipificar todas las mentiras políticas era un noble deseo de enseñar a los ciudadanos que la política se rige por intereses siniestros, oscuros, del político ambicioso. Si estos son malos tiempos, nunca fueron buenos tiempos. Sólo la democracia, confiaron aquellos razonablemente, nos protege de quienes se alejan de los intereses generales para satisfacer el propio. Pero, para tal cometido, no hay que declinar el ejercicio del voto tras un sopesado juicio retrospectivo del periodo electoral. Algo que está en las manos del votante crítico pero que se le escabulle entre el conformismo y la decepción.

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