Saramago, escritor ético

1

Manuel Fernández-Cuesta *

Ahora recordarán que era buena persona, prosista singular, irónico fabulador y amigo de hacer favores. También recibió el Premio Nobel y era ateo: enemigo de la Iglesia. Del silencio cómplice de los lectores, minorías de hielo, al éxito. Sus primeras novelas eran excelentes. El resto, buenas novelas. Escribía mucho y bien. Quizá mucho. Cosas, sospecho, de la contabilidad. Pelo cano, escaso, y manos grandes, enormes, de campesino; busto patricio, inteligente mirada perdida: enhiesto, firme y flexible como el junco. Pocos artículos señalarán que Saramago, José, era una de las voces más respetadas de la izquierda mundial: de la izquierda comunista. Dos veces comunista, lo era en Portugal y España. Conciencia perdida y crítica de los condenados de la tierra, sudaba, terno gris marengo, en la Feria del libro de Madrid, más de treinta grados, años atrás, firmando docenas de ejemplares de sus obras. La firma como fetiche. La firma como mercancía inversa.

Su voz, en la última época, se había convertido en un altavoz; su mirada sobre el mundo invitaba a la rebelión. Saramago, malas influencias, rechazó la revolución cubana en un breve artículo en El País. Se equivocó. Con el paso del tiempo y algunas gestiones, volvió a reconocer los logros barbudos. Su prosa y algunos personajes perviven -el purgatorio del escritor- en la memoria de los lectores, memoria de elefante, manuales de pintura, memoria de los burócratas, diálogos sin sombra, memoria de los ciegos, artesanos en el centro comercial: todos son memoria. En el Campamento de la Esperanza, trabajadores de SINTEL atrincherados en el Paseo de la Castellana, habló subido a una improvisada tarima. Casi se cae. Dijo cosas justas. La emoción del megáfono recorrió la calle. Saramago hablaba. Recuerdo que tenía prisa. Aún así, habló largo y sentido. Saramago, es digno de mención, creía lo que decía. En estos tiempos de infidelidades y mentiras, desapegos y neones, se agradece la verdad. Aunque duela.

Saramago llegó a gigante moral, estatua ética, a medida que envejecía. Su delgada sombra impresionaba más que su propia figura. Recordaba a su abuelo. Pequeñas memorias. Su niñez. La comida mala y escasa y su paisaje natural. Pesimista. Perseguía la lucidez y la lucidez -contar lo que nadie quiere ver, pese a estar frente a nuestros ojos- le atrapaba cada mañana por el cuello, cortándole la respiración. Con ironía, desconfiaba de la democracia, de la democracia de mercado, e imaginaba otro tipo de sociedad, el otro mundo posible, en conferencias e intervenciones públicas. Infatigable Saramago. Quizá también, en sus últimos años, viajó demasiado. Qué más da. Muchos le recordarán por sus novelas y otros, más escasos, por su actividad política. Vivió con determinación literaria y política, política y literaria: vasos comunicantes. Como un intelectual del siglo XIX, combatió donde creía que era más necesario, útil, y prestó su prosa sentida, incendiada de espantos, a las barricadas del mundo. Una palabra, un adoquín, algunas balas, si proceden. Muere Saramago, junio de 2010, quizá el mismo año, poco importa la fecha, que su otro amigo imposible, Ricardo Reis. Muere Saramago y con él, desaparece su otra Lisboa, su otra isla, su otra la península ibérica a la deriva, mientras el mundo de la especulación financiera, lo que llaman realidad, el capitalismo, se tambalea y provoca, si cabe, más miseria. Muere Saramago y su ausencia se sentirá en lugares imposibles, favelas y ranchos, donde nunca se ha leído una novela suya. La trascendencia del escritor es la trascendencia de su palabra o, por mejor decir, del eco lejano, inexistente, de su palabra.

(*) Manuel Fernández-Cuesta es director-editor de Ediciones Península (Grup 62).

Leave A Reply

Your email address will not be published.