El candidato herido

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Julián Sauquillo

Acudí escéptico a un encuentro vecinal con Tomás Gómez, uno de los posibles candidatos socialistas a Presidente de la Comunidad de Madrid, y salí expectante. No hace un mes, se presentó en una de sus habituales reuniones vecinales en la zona norte de Madrid. Concretamente, entre los barrios de Prosperidad y Chamartín de la Rosa. Aunque el público era simpatizante, el candidato no desestimaba hubiera preguntas comprometidas o críticas acerbas de sectores encrespados como inmigrantes, pensionistas o funcionarios. Casi las demandaba. Ambos barrios son terreno electoralmente abonado para el Partido Popular, en todos los niveles de gobierno del Estado.

La propia tendencia humana a acudir a reuniones donde confirmemos y no revisemos nuestras opiniones congregó a un público afín. La crisis económica, la sanidad, el paro y la educación centraron una intervención corta –media hora aproximadamente- que se  declaraba más dispuesta a escuchar las inquietudes vecinales que a proponer auténticas soluciones. Un posible, aunque muy cuestionado, candidato repetía un guión bien ensayado. Un papel, desempeñado con convicción, al menos en una sesión diaria desde hace más de un año. Mediante un gestual premeditadamente cercano, un conocimiento cierto de los problemas de la Comunidad de Madrid y un afán pedagógico, conectó con representantes de la pequeña empresa, inmigrantes en paro, militantes socialistas desengañados, experimentados compañeros de partido prestos a  darle alguna lección, ciudadanos preocupados por reforzar el aprendizaje del inglés a través de emisoras, colegios e institutos… Tomás Gómez respondió a las inquietudes,  vislumbrando un satisfactorio programa electoral y especificando viejas equivocaciones. Tuvo poca conciencia de los límites horarios de la institución vecinal que nos acogía. Casi nos quedamos encerrados. Fueron algo más de dos horas impulsadas por la vocación política y una cierta, quejosa, soledad con los medios de comunicación y los propios miembros de su partido. Algo decían las caras de David Lucas -portavoz socialista en el Ayuntamiento de Madrid- y del representante socialista de la Agrupación socialista de la zona, sin mover los labios. Como el candidato se lanzó al ruedo, al foso del patio de butacas, la mesa presidía a sus espaldas, en el elevado escenario, como un superyo vigilante. Las caras de la presidencia no podían ser más de circunstancias. Nunca sonrieron.

Como de todos son conocidas las discrepancias aireadas entre la dirección del PSOE –Rodríguez Zapatero y José Blanco con diferente grado de enfriamiento- con Tomás Gómez, sólo queda interpretar las declaraciones del candidato herido y señalar un pronóstico, por antipático que fuera, de un nostálgico. ¿Cómo interpretar las enigmáticas palabras de Tomás Gómez acerca de su extrañeza ante la posibilidad de que la dirección del Partido nombre a un candidato directamente para Presidente de la Comunidad de Madrid? Si no es una mera anécdota o una ventolera (se habla también del  “órdago” del candidato), cabe entender tal opinión como una reivindicación del resto de autonomía política de la vida autonómica y local en las mejores democracias. Si no, así debiera creerlo el candidato que deja el significado de sus palabras en la intriga.

Un modelo de democracia que se precie debe congeniar la centralización de las tareas de gobierno con una descentralización administrativa que posibilite la participación de los ciudadanos en los asuntos públicos. Desde que Alexis de Tocqueville publica La democracia en América (1835, 1840), un gobierno vertical que atienda rápido la agenda política, con competencia y dedicación exclusiva, y que no ahogue la participación horizontal de los ciudadanos es considerado un ideal democrático. La centralización vertical de las tareas de gobierno no pide tanto la centralización administrativa como ser compensada por la participación horizontal –se ha dicho “de base”- de los ciudadanos en la vida municipal y autonómica. En este ámbito local, se debieran solucionar muchos de los problemas que atañen de forma distinta a la vida cotidiana de los ciudadanos. Mientras los partidos políticos vertebran  el gobierno central, los ciudadanos debiéramos tomar las riendas en los problemas de ámbito local. Con el aumento de la escala social de nuestras ciudades y con la complejidad técnica de los problemas de un municipio de, incluso, dos mil quinientos habitantes, los partidos son imprescindibles para articular las iniciativas y opiniones particulares como voluntades políticas. Pero, en todo caso, es razonable pensar que en foros políticos más delimitados quepa una mayor vida política cívica. El municipio de Porto Alegre, en Rio Grande Do Sud (Brasil), parece liderar esta demanda de discusión abierta en la confección del presupuesto municipal. No se trata de un simple deseo. Y no debemos olvidar que el civismo político de Tomás Gómez se fraguó como alcalde de Parla. Pero puede que esta fértil experiencia local en la política brasilera no beneficie el buen hacer de Tomás Gómez con los ciudadanos madrileños, barrio por barrio, desde hace años, pertrechado de su experiencia municipal.

Quiere liderar una democracia deliberativa desde Madrid. Pero, a pesar de su posicionamiento firme dentro de un guión de izquierdas, al que Zapatero tuvo que renunciar por imperativo del ajuste económico, puede que no ocasione ilusión entre los ciudadanos  porque carezca de la ocasión de encantar. Y cabe que sea defenestrado por la disciplina de la cúspide del partido. La “ley de hierro de las oligarquías” en las organizaciones complejas, como partidos y sindicatos, otorga ventaja a la estructura de la organización partidista y a su líder por cuestionado que aparezca. Es previsible que Tomás Gómez siga hasta situarse, finalmente, como candidato. Lo ha procurado con un esforzado contacto con los ciudadanos. Así se compensa su déficit mediático y su falta de presencia institucional en la política más general. Pero si lo logra será porque haya otras cuestiones más capitales que atender en la agenda de la política nacional. La propia debilidad del gobierno y el debate en su partido le favorece. Juega también a su favor que no se vea como un gran regalo acudir a unas elecciones con escasas expectativas de voto para los socialistas. Entonces, no habría tanta prisa por designar un candidato óptimo. Pero, en todo caso, hace mal el candidato cuestionado por la cúpula socialista en valorar como una osadía una designación centralizada –con primarias o sin ellas-. Dada la verticalidad de los partidos políticos de ámbito nacional es posible este veto desde las alturas. Alguna vez, debiéramos participar también los ciudadanos en la elección de los candidatos dentro de un entramado cívico no estrictamente partidista. Pero este deseo cabe que no sea más que propio de antiguos o de nostálgicos.

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