El cauto dominio de la naturaleza: el arte de la política

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Julián Sauquillo

Los políticos actuales no son un ejemplo de autodominio. Oscilan entre el capricho personal y resultar lenguaraces. Por menos de nada, sueltan cualquier exabrupto. Parece que parte del poder que ostentan guarda un resto de arbitrariedad medieval, de discrecionalidad ilimitada. Este desbocamiento de la personalidad es tanto más chocante cuanto la política moderna más se definió por la mesura, por una prudencia, que debía alejarse de los extremos, de lo demasiado y de lo demasiado poco. Parece que los políticos más abundantes ni son prudentes ni saben acarrear el peso de las decisiones más incómodas cuando las circunstancias lo demandan. Si estos son malos tiempos para encontrar comportamientos políticos equilibrados, posiblemente nunca fueron buenos más que en nuestra imaginación histórica. Siempre se deseó que el parlamento fuera un lugar de selección de los mejores gobernantes y, sin embargo, escasearon casi siempre en dotes magníficas. Max Weber, en los primeros años del pasado siglo, ya apuntaba que políticos excelentes son contados y aparecen de tiempo en tiempo. Sin embargo, no debemos conformarnos con lo que hay y, más bien, hemos de perfilar qué rasgos nos gustaría tuviera el político actual y detectarlo entre los habidos si existiese.

La fatalidad rodea al político. Con frecuencia, una mujer dedicada a la política comprobó que su descaro le sirvió para encantar a la multitud y no supo distinguir que la situación demandaba cautela para salir airosa. No supo dominar su personalidad airada –flamenca, incluso– y sucumbió a una realidad concreta que requería ser taimada y retardar la decisión. Otro fue constatando que con su carácter natural indeciso iba venciendo a los más arrojados, caídos en la fosa de su propia temeridad. Pero este no supo distinguir que la ocasión pedía alardear de valor y toda demora era propia de timoratos. Ni una ni otro acertaron a sujetar la propia psicología y fueron derrotados por su falta de dominio. Por ello, más vale ser temerario hasta la imprudencia –nos aconseja el más sabio florentino en asuntos políticos– porque controlarse en la acción, dominar sus tiempos es lo más difícil de la vida política. En política se paga el “soy como soy y a mí nadie me cambia”. Sucumbirá ahogado por las propias circunstancias.

Toda posición pública está sometida, por tanto, a este destino de prudencia. Cualquier responsabilidad pública que se precie deberá atender las trampas que se disponen en el pasillo de acceso al poderoso. Ha de atisbarlas y salvarlas a su paso. El barroco español está plagado de grandes de España que caían en desgracia de un día para otro. La propia materia del oficio político puede conducir a la desgracia a quien se interne en sus entresijos. Debieran abstenerse de la actividad política, incluso modesta, los que carecen de cautela o, pobres, desean dar su opinión. Ahora que no se entra en combate todos los días, la seguridad del Estado es el mayor campo de pruebas del mejor político. Aquí se impone el secreto y la discreción y… ¡ay de quienes se dejen llevar por su naturaleza! Juan José Millás ha utilizado una metáfora magistral para caracterizar este autodominio de la propia naturaleza por uno de nuestros más incombustibles políticos de la transición democrática. Dice, Alfredo Pérez Rubalcaba, antes joven deportista, “ha perdido a los sesenta toda su masa muscular, deviniendo en un flaco excesivo cuyo centro de gravedad se ha desplazado a la cabeza, irregular y calva, donde reinan los ojos. Con ellos convence, informa, seduce y observa”. No hay mejor forma de dominar la propia naturaleza que eliminarla, hablar poco y ser tan frugal que comas como quien hace la fotosíntesis. Tiene fama entre los periodistas de compartir con Piqué el evitar que los periodistas le hagan el titular, se lo dicta a ellos. Sabe que el tiempo (el Kairos) de la decisión es tan importante, considera tan fundamental controlar los tiempos de la acción política que ordena toda la táctica diaria a la consecución estratégica de unos fines.

No cabe duda de que su cámara privada contiene un sinfín de confesiones acerca de sus debilidades, aficiones, sacrificios altruistas, familia y sentimientos. No es ninguna sorpresa. Como marca el guión desde el arte de la guerra con Kautilya, hay que volverse lo más invisible posible y mostrarse vulnerable para disimular. Sabe muy bien que hay que buscar una ubicación justo detrás del responsable más visible de las decisiones. Lo más singular del caso de nuestro Ministro del Interior es que contemos con un político que haya conseguido justo reconocimiento entre la ciudadanía en el manejo magistral de la violencia política contra toda manifestación brutal de la fuerza. El político debe saber que, antes o después, habrá de vérselas con la administración pública de la violencia bajo su criterio más o menos solitario. No hay regla o medida definitiva y fija de acierto del político responsable en mitad del terremoto diario. Aquí sí reside su debilidad real. De la misma forma con que el alfarero brega estrechamente con el torno y el barro, el político se entiende con la violencia pública. Precisamente aquí el desacuerdo entre el político y la ciudadanía es casi siempre mayúsculo. El político más virtuoso se caracteriza por sopesar sus convicciones personales con su responsabilidad y cabe que sacrifique aquellas. A la hora de decidir, considerará la bondad de las consecuencias beneficiosas sobre la ciudadanía de sus actuaciones más controvertidas e, incluso, escabrosas. El ciudadano, en cambio, clama hágase justicia y “salga el sol por Antequera”.

Que el imperio de la ley marque los límites de la actuación pública en el Estado de Derecho no evita que haya que poseer un juicio político insomne con quienes lo desafían violentamente. Es necesario entender la inseguridad ciudadana que ocasiona un atentado como un cuestionamiento de la legitimidad democrática. Sostener la maquina administradora de la fuerza pública requiere de buena cabeza, ojos y oídos. De una perfección incluso en la insidia –dijo John Stuart Mill-, que soporte la responsabilidad de saber que no se puede combatir con florete a quienes se enfrenten con hacha. A veces, el fluctuante pueblo se aferra a imprudentes convicciones. Menos mal que no posee correlato en los mejores políticos, más responsables. No es para menos pues no se puede ser pacifista cuando el enemigo amenaza desde la otra orilla al cercano puerto. En otras ocasiones, menos frecuentes, coincide el juicio político de los representantes con el de la ciudadanía. Pero no son las más frecuentes.

Importa mucho que el oficio del político se fragüe también en duros debates parlamentarios, incluso en alguna escaramuza política. Son la matriz pública de los mejores representantes. De quienes poseen mejor oratoria y más curtida preparación. Tan sólo conviene separar las querellas de las calumnias en el espacio público. Dejar aflorar a aquéllas y evitar éstas.

1 Comment
  1. chris says

    Excelente artículo.Peca de longitud aun estando muy centrado en la latitud. saludos.

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