La fiesta del Orgullo Gay: identidad y orientación sexual

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Julián Sauquillo *

A Carla Antonelli, entre multitudes, en el día del

Orgullo Gay.También a María Jesús Díaz Veiga,

por la ilusión de Leo con que vive todas las cosas.

Una cena con Carla Antonelli y algunos otros amigos transexuales puede alborotar la pétrea identidad sexual de alguna atractiva amiga. Así ocurrió aquella noche al parecer de todos los comensales. Mi antigua amiga consideraba que Carla, atraída por los hombres habitualmente -según confesó, por esta vez, en un suculento restaurante peruano del Barrio de Chueca- había caído seducida por un experimentado cuerpo de mujer. Carla habría conquistado, fundamentalmente, una identidad de mujer y, aunque sólo fuera por esta noche, su orientación sexual se deslizaba por los dedos como bombón helado derretido ante una mujer, según la hipótesis de mi amiga. ¿Sería, por fin, una mujer con deseos lésbicos? ¿Habría trazado un bucle con su cuerpo, desde la identidad masculina, para adquirir cuerpo de mujer y seguir admirando a las mujeres como tantos y tantos hombres? ¿O había percibido, Carla, en la mesa una presa confusa que desconocía ser un cuerpo con apariencia de mujer pero con identidad soterrada de hombre que, por fin, acababa de brotar? Mi amiga se sentía así, entre dudas, más halagada que paseando en un descapotable con James Dean. Aún no sabíamos que la identidad trasformada de una persona, como hombre o como mujer, puede tener dos orientaciones sexuales o, incluso, tres. Todo nos resultaba algo misterioso y un poco confuso. Deliciosamente inquietante. Pero no, para mi sorpresa y contra la opinión de mi amiga, en realidad, a Carla le gustaba yo, un hombre. Me dijo que tenía mi misma edad, tras bromear sobre mi “ancianidad” de catedrático con un “¿qué has hecho antes y por qué has tardado tanto?”. Y me daba toques con su palma abierta en mis antebrazos. Hubo un juego con nuestros pies. Siempre, nos decíamos "¡uy, perdón!" pero volvíamos a coincidir. Nuestros pies se encontraban "sin querer".

Sin embargo, a mi me intrigaban más los chicos transexuales que Carla. Dos en el Cielo y uno todavía en el Purgatorio. No me planteé mucho qué eran. Creo que Jean Genet, el chico más truhán que haya habido nunca en el Puerto de Barcelona y en la cárcel de La Santé, los habría tenido por cuerpos devotos de Nuestra Señora de las Flores. Creo que todos eran Ángeles. Los ángeles de este Santo del Mal. Estos trasgresores de la propia identidad en las señas del propio cuerpo eran personas profundamente sufrientes que habían pasado por la "tebaida" del sacrificio familiar, por el dolor de guardar un secreto, por las burlas de la "cadena de montaje" en donde el sindicalista honrado -uno, solo- había sido aliado del más perfecto de los ángeles, de alguna manera, el mío. Al trasmigrar de cuerpo, como las almas, han entrado en un reino de este mundo donde podían respirar pero guardan algo del otro infierno. Nunca van a ser normales. Al menos en nuestro mundo habían tenido suerte pues se habían salvado de prostituirse como otros ángeles menos afortunados, dijo uno. Buenos, incomprendidos, casi se habían salvado pero tenían algo corpóreo que no se debe al nacimiento. Algo que pende y, por fin, da, como un don, vello.

Al besarlos en los carrillos a todos y decirle al que más me interesaba "os encuentro muy bien", le di un cachete y se le cayeron dos plumas que todavía guardo en el bolsillo izquierdo de mi chaqueta. Procuro que no se me doble el frágil tronco y no se mustie el plumón de estas piezas raras venidas de un mundo que me resultaba antes ajeno. Son mis dos alas, con las que no os daré grandes sorpresas (mi identidad me ha dado buen resultado y me va a durar mientras viva, incluso si fuera longevo), pero que me hicieron ya volar a sabiendas de que la identidad puede "desvanecerse como todo lo sólido en el aire" (así dijo Marx). Cuando tratas con estos Ángeles de falo grande, espero para su ventura (no para la mía pues sigo siendo el mismo niño de la cabecera de El Rastro, castizo y todo), te das cuenta de que cada vez que tratamos a alguien, más si es un recién conocido, acudimos a un plano cartográfico como los del bachillerato. Viajamos con el otro y, lamentablemente, agradecemos por economía de esfuerzos que su identidad sea clara, reducida, limitada, burda, tosca. Nos da mucho miedo el otro. La conversación va más rápido cuando conocemos bien el género y qué hay debajo de la bragueta de la compañía. Así somos los humanos. Pero ellos son ángeles o mejor dulces demonios pues, caídos del cortejo divino de los padres y del nacimiento -hijos del deseo, de la ciencia y de la técnica, todo muy pecaminoso-, nos traen una consigna de la otra vida que llevaron: "desconfía de rápidos convencimientos y certezas acerca del otro". Sentarse con ellos en la mesa es empezar a navegar sin brújula, sin timonel y, por contra, a plena vela.  Le dije a María Jesús: “no quieras aclarar definitivamente la identidad y la orientación de nuestros comensales; no te confundas porque tu eres más auténtica que yo -yo soy más bandido y más cínico, aun bueno- y sólo te faltaba esto para volverte loca". No busques el “sexo verdadero” y menos “el sexo de los ángeles”. Quédate, si quieres algo necesario sin la inevitable contingencia de la noche, con que “ángeles son, sin duda, ángeles”. Navega.

2 Comments
  1. Toni Bach says

    ¡Vivan las cosas bonitas!

  2. Mª Jesús says

    Muchas Gracias Julian por todo, pero ahora por la dedicatoria de este artículo. Que sería de nosotros sin la imaginación y la sabiduría (sobre todo la tuya) que le ponemos a las cosas que nos ocurren en la vida y que nos salvan de la desesperanza. Todavía sigo sin tener claro ni mi orientación, ni mi identidad, pero tampoco se me hace necesario en estos momentos de la vida. Sin embargo, sí que se me hacen necesarias otras cosas………………………………….

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