Una unidad de desatino en lo universal

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Francisco Serra

Hace unos días, un profesor de Derecho Constitucional aprovechó el aletargamiento en que tradicionalmente entra la Universidad a comienzos del mes de julio para ir a ver a su hija Marina que, en Galicia, disfrutaba de un largo veraneo en casa de su abuela. Las tormentas que le impidieron los primeros días ir a la playa le parecieron una grata liberación frente al tórrido calor que se había instalado en Madrid. Una tarde, después de pasear con su mujer y su hija bajo ese fino orvallo que en la cornisa cantábrica es casi permanente, pensó en sentarse cómodamente frente al televisor para disfrutar de un partido de la selección nacional de fútbol que parecía estar siendo más efectiva de lo habitual en los trances mundialistas. Al darse cuenta de que estaba programado para la misma hora en que su hija solía cenar mientras se solazaba con los dibujos animados de Bob Esponja, decidió evitar un conflicto intergeneracional y acompañar a su cuñado y su novia a un bar donde poder deleitarse (y sufrir a la vez, pues frecuentemente los avatares de la selección habían hecho que su clasificación no se resolviese hasta los últimos minutos) con La Roja. Todos los establecimientos estaban llenos de hombres y, algo hasta ahora menos habitual, también mujeres, muchos de ellos portando banderas o luciendo camisetas con los colores de la selección nacional y sólo tras un largo deambular encontraron destartalada cafetería que llevaba años funcionando en los bajos de una inmensa torre de apartamentos, que era la viva encarnación de esa especulación urbanística que había devastado todos los litorales del territorio nacional.

El partido (la semifinal frente a Alemania) discurría entre cautos movimientos de ambos equipos hasta que los chicos de La Roja empezaron a enhebrar ese juego que les había convertido, por una vez, en la admiración del mundo entero. El profesor, habitualmente displicente, se sorprendió al emocionarse con las jugadas que no llegaban a culminar en un resultado positivo hasta que, finalmente, Puyol remató con habilidad y casi todos los parroquianos se pusieron en pie y se abrazaron, aplaudieron, lloraron, rieron, en una explosión de júbilo incontenible. Mientras caminaba, feliz, bajo la lluvia ahora más intensa, para reunirse con su mujer y la madre de ella, el profesor meditaba en las extrañas características del sentimiento nacional. En una célebre conferencia, en el siglo XIX, Renan había afirmado que la nación era un “plebiscito cotidiano”, siempre sometida a un acuerdo que debía ser continuamente revalidado en la realidad diaria. No hacía muchos días que el Tribunal Constitucional había zanjado la interminable discusión sobre la conformidad del Estatuto de Cataluña con la Constitución de 1978 restando importancia a las consideraciones del Preámbulo en las que se establecía que el Parlamento catalán entendía de forma ampliamente mayoritaria que Cataluña era una nación, poniendo de relieve lo que ya se había destacado en sentencias anteriores del mismo Tribunal, que los preámbulos no tienen carácter “normativo”. Sin embargo, pensó el profesor, el sentimiento nacional no tiene nada qué ver con normas y no sabe de preámbulos, sino que tiene que ver con banderas, con camisetas, con guerras (en otro tiempo, afortunadamente) que luego demostraron ser casi siempre absurdas y nada “justas”, con “amigos” y “enemigos”, con padres e hijos.

El profesor, de niño, había vivido seis años en Tarragona y sus primeros recuerdos eran de él y sus hermanos jugando en la playa de Salou bajo la atenta mirada de su madre. La familia de su padre procedía de Xátiva (entonces, Játiva) y con naturalidad en la “intimidad” utilizaba indistintamente el castellano y el valenciano (que, por supuesto, no pensaba que fuera un dialecto del catalán). Cuando vinieron a Madrid y murieron su madre y sus demás parientes próximos, su padre dejó de utilizar el valenciano y únicamente en la ducha o cuando se enfadaba recurría a la lengua materna. El profesor recordaba cómo, pocos años antes de morir, su abuela había empezado a enseñarle palabras en valenciano, pero no llegó a tener más que conocimientos rudimentarios de esa “lengua” y siempre había sentido como una pérdida no llegar a dominarla.

Ya de vuelta en Madrid, en vísperas de la final del Mundial, una desbordante manifestación recorrió las calles de Barcelona en protesta contra la sentencia del Alto Tribunal y el profesor, mientras veía las imágenes en la televisión, se preguntó cómo podía llevarse a cabo una convocatoria reclamando la insensatez de una decisión judicial. En realidad, lo que se pretendía era proclamar el sentimiento nacional del pueblo catalán. Lo que la sentencia del Constitucional había acabado remachando, por el empecinamiento de un, por otra parte, voluble magistrado, era la inviabilidad práctica de conciliar la consideración de “España como nación” con la idea de que el Parlamento catalán definía a “Cataluña como una nación”, la imposible identificación entre “naciones” y “nacionalidades”, cuando ambos términos en muchas ocasiones en el siglo XIX fueron utilizados indistintamente. Dejar en manos de un Tribunal tan “politizado” como actualmente lo está el Tribunal Constitucional la solución de un problema “político”, disfrazándolo de controversia “jurídica”, no era más que una muestra de la insensatez de los partidos políticos mayoritarios.

Un gran constitucionalista, Smend, defendió en la Alemania de Weimar,que el Estado era un factor de “integración” y, para alcanzarla, desempeñaban un papel fundamental, los símbolos políticos, las elecciones, las banderas, las fiestas colectivas, todas aquellas manifestaciones del fervor popular a través de las cuales el individuo se sumergía en la comunidad. Y al día siguiente, con el triunfo por primera vez de La Roja en el Mundial de fútbol, el profesor, en compañía de sus amigos, se animó a acercarse al centro y perderse en la multitud que festejaba la victoria. A la mañana siguiente, vio por la televisión imágenes de cómo se había celebrado en Barcelona casi con la misma intensidad, no sólo la obtención del merecido trofeo, sino la belleza del juego realizado. El profesor caviló que tal vez muchos de los que el día anterior habían salido a la calle con la enseña catalana también se dirigieron, exultantes, a Canaletas con la bandera española. Lo que las hazañas de La Roja habían puesto de manifiesto era que el Tribunal Constitucional se había embarcado en una viaje imposible, porque la afirmación nacional no tiene que ver con “normas”, “Constituciones” ni “Estatutos”, sino con expresiones de ira y de júbilo, de amor y de odio y tal vez, parafraseando a Machín, se podía querer a dos naciones a la vez … “y no estar loco”.

Cuando era niño, en sus libros de Formación del Espíritu “Nacional” se aludía con frecuencia a la fórmula joseantoniana (con resonancias de Ortega) de España como “unidad de destino en lo universal” y él y sus amigos, como muestra de su incipiente antifranquismo, la corregían diciendo que en realidad era una “unidad de desatino en lo universal”, del mismo modo que, como la mayoría de los españoles de la época, cuando eran obligados a cantar el “Cara al Sol” en el patio del colegio, coreaban “imposible el alemán” en lugar del poco inteligible para ellos “impasible el ademán”. Pasados los años, reflexionó el profesor, el alemán seguía siendo una lengua imposible (aunque él hubiera empleado muchos años en intentar conocerla) y España una unidad de desatino en lo universal. Preparándose un combinado, se acomodó en el sofá para asistir a los momentos más celebrados del “debate sobre el estado de la Nación” que, probablemente no por azar, se había hecho coincidir con la fecha emblemática de la Revolución francesa, que, según admiten la mayoría de los historiadores, está en los orígenes de los modernos “nacionalismos”.

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