La multitud: el júbilo de la celebración del Mundial de fútbol

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Julián Sauquillo

La algarabía en la que todos nos hemos sumergido para celebrar el triunfo de “la roja” es extraña. Es un brote multitudinario de júbilo que no guarda continuidad alguna con gobierno o jefatura política alguna. Seremos más o menos fríos en la expresión de nuestra alegría, más o menos conocidos o famosos, pero todos somos iguales y tan pequeños entre la multitud que manifiesta en la calle su contento. Así es por más que algunos, muy pocos personajes públicos, puedan recibir en las instituciones reales, centrales, comunitarias o locales del país al equipo ganador. El reconocimiento público es debido. Hacen bien en recibir a los ganadores, no me cabe duda. Pero no es éste el tema. Lo que me preocupa es que no hay más grandeza o señorío, en estos casos, que el de la multitud. Apenas pasados los discursos, las alfombras y las fotos, el bar de un pueblo o un locuaz jubilado pasan a adquirir el mayor protagonismo como cualquier otro desconocido comiéndose las uñas de ilusión. El elemento que celebra no son las instituciones o los representantes, aunque se aúpen en los magníficos balcones de la Plaza misma de la Generalitat. Quien vitorea es la multitud en cuyo magma se diluyen todos los individuos en pleno júbilo. No hay mayor referente social de la alegría que la multitud anónima con sus “héroes”. No hay forma de dar otra vestimenta ordenada al júbilo caótico de la calle. Ni Vicente del Bosque con su aspecto de caballero antiguo lo logra. Es tan sabio que, por discreto, ni siquiera lo pretende.

Ya se veía venir. La masa alegre succiona cualquier mensaje público (“no vayan al río Manzanares que está colapsado con los fastos” resulta ingenuo), cualquier finalidad (“a ver si el triunfo ayuda a solucionar la crisis” es ilusorio), toda aspiración de relieve autonomista (“fíjense en que la mayoría del equipo es del “Barça” y ondea bonita la señera” parece lindeza), consejos de salud (“eviten marchar los ancianos y los niños por el calor”, viene ya tardío), y no digamos cuestionar si el triunfo es de derechas o de izquierdas. Jean Baudrillard ya dijo que la masa, cuanto más auscultada con  sondeos, más se comporta como un “agujero negro” que se traga todo fin, lema o meta social. El júbilo escapa totalmente al orden social o político. La alegría iguala al que estuvo en palco del campo de Johannesburgo con el del bar de debajo de su casa al que ya nadie fía. Estatus, clases, posiciones sociales, curriculum, todo se iguala en la pertenencia a la masa. Todo se difumina en la multitud, auténtica soberana de la celebración. Los poderes públicos pueden hacerse fotos con los ganadores, preparar recorridos, situar pantallas gigantes, o reforzar a la policía. Pero el júbilo se desborda y no se somete a ninguna forma política o social.

Siempre me ha llamado la atención el grabado que ilustra un texto clásico del pensamiento político: El Leviathan de Thomas Hobbes. Es la representación del soberano absoluto como un vigoroso rey de brazos torneados y abiertos que sujeta con sendas manos la espada y el báculo, bajo su cabeza calada con el cetro real. Esta parte del grabado se ha interpretado hasta la saciedad: la autoridad de la Iglesia está bajo la potestad del Rey. Pero lo que más me sorprende es la composición del cuerpo del soberano: una infinidad de hombres y mujeres perfectamente ataviados y acicalados. Toda la comunidad obediente está en el cuerpo del rey. En su base regia, la ciudad está desierta. Unas lomas abrazan una villa despoblada: calles, plazas y edificios carecen de compañía humana. Apenas unos monumentos dan pétrea vida a la deshabitada ciudad. No había vida real fuera del cuerpo del soberano. Ahora, en cambio, la multitud jubilosa ha invertido las tornas. La calle se puebla de una multitud exaltada y no hay forma social y política que ponga orden o dé forma alguna. Hay algo agónico en el esfuerzo público por contener (por representar) a la multitud en su alegría desbordada. El soberano de Hobbes se ha quedado desnudo, abandonado, en nuestros días. El efecto no deja de ser inquietante para cualquier responsable público. Lo es incluso para mí, sin cargo alguno, que preferí no salir de casa tras la victoria. Pero los representantes coinciden, inútilmente, en darle un aspecto social al desbordamiento. Lo hacen así porque: “La  multitud –al saber de Baruch Spinoza- resulta temible a los que mandan”.

Es tan magnética la multitud contemporánea que, por momentos, diluye las diferencias entre gobernantes y gobernados en un magma igualitario de alegría en desorden. Nadie resiste a la pertenencia a la multitud. Nos da una oportunidad de diluirnos en su seno. Mientras nos succiona, la muchedumbre nos libera de nuestra propia autonomía, de la condena a tener que elegir qué hacer. Y no hay quien destaque en su ser, se suba donde se suba. Entre las masas futbolísticas de la Gran Vía centenaria, me ha parecido ver a un dandi, al “hombre de las muchedumbres” de Edgard Allan Poe, que se infiltraba entre la multitud porque sabía que fuera de su trepidar no existía más que el ahogo. Al menos, durante estos últimos días de alegría.

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