Amor, razón, violencia

María Jesús Miranda *

Hace unos años cayó en mis manos el libro de Iris Zavala Bolero, Historia de un amor y desde entonces he estado acumulando material para escribir este texto. Para poner de manifiesto la vigencia de estas canciones en la educación sentimental de las generaciones más jóvenes he optado por utilizar como muestra para este trabajo en concreto cinco discos superventas publicados en los últimos seis años: para la canción española, Tatuaje 1 y Tatuaje 2; para el bolero, Gracias, de Tamara, y Mis Romances, de Luis Miguel y para el tango, Tinta Roja, de Andrés Calamaro, junto con algunas referencias a cantantes muy conocidos, como Serrat, Sabina y Cigala.

La prescripción social del matrimonio por amor es el  equivalente en el mercado matrimonial a la desamortización de la propiedad de la tierra en el mercado inmobiliario. Las mejores tierras, y las mejores mujeres, deben de ser para el que mejor las trabaje y obtenga así un mayor beneficio (personal y social, en virtud de la acción de la mano invisible). Todos, bienes y personas, quedan desagregados de toda vinculación previa, “libres” en el mercado. La tierra se conquista mediante el ingenio, la inteligencia aplicada a la innovación tecnológica (de ahí viene la palabra  “ingeniero”, el nuevo héroe del XIX);  también a las mujeres se las conquista, se las seduce, con ingenio. El marido ideal de una señorita del XIX es un ingeniero ingenioso.

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En esa época, en Francia cae la Monarquía. En España persiste el absolutismo, el “antiguo régimen” y la reina Isabel II se casa por conveniencia con un señor que asistirá impasible a las múltiples relaciones amorosas de su mujer. Pero en Inglaterra, país abanderado del desarrollo capitalista, la Reina Victoria se casa por amor y es fiel a su esposo durante los 16 años que dura su matrimonio, durante los que le da nueve hijos. Así, la monarquía es ejemplo moral de las nuevas familias burguesas y proletarias en una época que se llamará precisamente victoriana.

En una canción española, Romance de la Reina Mercedes se narra ese cambio de época: el hijo de Isabel II, Alfonso XII, se casa auténticamente enamorado de su prima Mercedes de Montpensier: “Una dalia guardaba Sevilla/ en el parque de los Montpensier/ que ataviada con blanca mantilla/ parecía una rosa de te/ De Madrid con chistera y patillas/ llegó un real mozo muy cortesano/ que a Mercedes besó en las mejillas/ pues son los niños primos hermanos/ Y un idilio de amor/ comenzó a florecer…” (Lichis, Tatuaje II). Esta boda romántica, de la que no hubo descendencia, reconcilió al pueblo español con los Borbones tras la I República, y garantizó su permanencia en el trono hasta 1931 (y quizá persista aún en la memoria colectiva).

Este romance se produce precisamente después de un periodo revolucionario en el que los varones obreros consiguen el sufragio universal masculino a cambio del salario familiar. Es decir, un nuevo pacto entre varones que relega a las mujeres a la dependencia material de los hombres, al cuidado de todo lo que lo requiera y al amor romántico… y esta vez por cien años,..

El amor romántico no es tanto una cuestión de piel como de sentimientos, de corazón, de palabras. Podemos así distinguir entre el amor “puro” y el “impuro”. Y también entre la mujer casta, que pertenece a un solo varón, y la impura, que se entrega a cualquiera. Una nueva trampa: la mujer no sólo debe casarse por amor, y renunciar por él a cualquier otra actividad, sino que debe permanecer fiel a ese amor “toda una vida”. La eternidad del amor y la distinción entre  buenas y malas mujeres son dos de los temas favoritos de los tangos, los boleros y las zambras.

Las letras de bolero son en su mayoría exaltaciones del amor romántico. “El bolero tiene la doble función de comunicar y persuadir/seducir con promesas eternas, acto preformativo por excelencia”. De ahí su mayor riqueza semántica,  pero también   su mayor potencial de engaño: “miente como mienten todos los boleros”, dice Sabina en La canción de las noches perdidas. La pretendida eternidad del amor aparece con gran frecuencia, ligada además a la persistencia de ese amor después de la muerte. Dado su carácter culterano, muchas letras de bolero parecen evocar el verso de Quevedo: “polvo seré/ mas polvo enamorado”. En la recopilación de Tamara Gracias figura el bolero Si Dios me quita la vida, cuya letra dice: “Si Dios me quita la vida/ antes que a ti/ le voy a pedir ser el ángel/ que cuide tus pasos/ pues si otros brazos te dan/ aquel calor que te di/ mi celo será tan grande/ que en el mismo cielo/ me vuelvo a morir”. La otra cara de la moneda es el conocido tema de Armando Manzanero -“Te odio tanto/ que yo mismo me espanto/ de mi forma de odiar/ Quisiera/ que después que te mueras/ no haya para ti un lugar/ el infierno/ es un cielo comparado con tu alma/ y que Dios me perdone/ por desear que ni muerta/ tengas calma”. Excesos de los celos.

Hay pocas letras de tango que hagan referencia al amor romántico; sin embargo, el tango-canción más popular y enfático, El día que me quieras, es sin duda el mayor himno al amor romántico conocido, y fue grabado por Andrés Calamaro en 2005: “El día que me quieras/ bajo la luz del cielo/ las estrellas celosas/ nos mirarán pasar/ y un rayo misterioso/ hará nido en tu pelo/ luciérnaga curiosa/ que sabrá que eres mi consuelo”. ¡Menuda conmoción cósmica por una parejita que se da un paseo del bracete!

Las letras de zambra aluden con mayor frecuencia a los amores románticos en los que la protagonista es la mujer que todo lo entrega por el amado o el amante que se busca la “ruina” por una mala mujer. En general, amores desgraciados, que suelen oponer la figura de la buena y la mala mujer, la mujer que se guía por “los buenos sentimientos” y la que se deja llevar por  “por los malos”, especialmente la lujuria y la codicia.

La más conocida entre las mujeres codiciosas es, seguramente, María de la O “que desgraciaíta gitana tu eres teniéndolo tó/ te quieres reir/ y hasta los ojitos los tienes moráos/ de tanto sufrir/ maldito parné/ que por su culpita dejaste al gitano/ que fue tu querer…”, grabada por Cristina del Valle en Tatuaje 1. La más lujuriosa, la Zarzamora: “Que tiene la Zarzamora/ que a todas horas/ llora que llora/ por los rincones/ ella que siempre reía/ y presumía/ de que partía/ los corazones/ lleva anillo de casao/ me vinieron a decir/ pero ya le había besao/ y era tarde para mí” (Diego Torres en Tatuaje 2). La generosidad hace perdonar la lujuria, como en la estrofa final de Ojos verdes que desde la muerte del dictador comienza con la frase “apoyá en el quicio de la mancebía”: “Serrana, para un vestío yo te quiero regalar/ y me dijo estás cumplío/ no me tienes que dar ná/ Subí a mi caballo/ y un beso le di / y nunca otra noche/ más bella de mayo/ he vuelto a vivir” (Antonio Carmona en Tatuaje 1): pero la codicia no tiene perdón, como se expresa en La falsa monea: ”Temí ser débil/ y perdonarla…” (Luis Eduardo Aute, Tatuaje 1) o en La bien pagá: “Yo pagué con oro/ tu carne morena/ no maldigas paya/ estamos en paz/ Si tu eres la bien pagá/ porque tus besos compré/ y a mi te supiste dar/ por un puñáo de parné…” (Joaquín Sabina en Tatuaje 1)…

La violencia entra en las letras de las canciones por dos vías diferentes. El derecho que el varón tiene de castigar a la mala mujer; en “Ay pena, penita, pena”, la mujer se duele de que el hombre esté entre rejas por su causa “cadenas de esclava/ yo me colgaría/ por tu libertá/… reniego de mi/ que tengo la culpa de tu mala suerte/ mi rosa de abril”.. O la disputa entre machos por una hembra traidora: “Dos hombres riñeron una madrugá/ dentro del colmao donde ella cantaba/ y el que cayó herío dijo al expirar/ por tu culpa ha sío/ Trini la Parrala”.

Pero sobre todo por la apología de un tipo de amor que obliga a la mujer a suspender el juicio, como decía Ortega, a entregarse enteramente y a aceptar de forma ciega cualquier comportamiento del varón.. Mucho despues,  Niklas Luhmann, en El amor como pasión, insiste en que esta entrega es la esencia del amor romántico. Y dice una conocidísima copla: “Eres mi vida y mi muerte/ te lo juro compañero/ no debía de quererte, no debía de quererte/ y sin embargo te quiero” (Marta Sánchez, Tatuaje 1)”.

(*) María Jesús Miranda. Profesora titular de Sociología de la Universidad Complutense. Ha publicado varios libros de temática feminista. El último de ellos, en colaboración con otras autoras, es Amor, razón, violencia (Catarata, 2009), de cuyo capítulo  Boleros, tangos y zambras: música popular y educación sentimental, la autora ha extractado este artículo.