¿Un nuevo fantasma recorre Europa?

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Julián Sauquillo

Las revoluciones modernas superaron las políticas premodernas basadas en las diferencias estamentales. Abrieron la lucha por la igualdad de derechos, que no se saldaría básicamente hasta bien entrado el siglo XX. El auténtico logro de la Revolución francesa fue acabar con las estructuras estamentales feudales –asentadas en la nobleza, el clero y las corporaciones profesionales - y alumbrar al “individuo”, antes anulado por los “cuerpos intermedios” (los gremios) entre los sujetos y el Estado. Desde que acontecieron las revoluciones burguesas, las capacidades de cada individuo estuvieron envueltas en la lucha de clases y la estigmatización de la clase trabajadora.

Sin embargo, las revoluciones modernas tuvieron un signo muy distinto en Estados Unidos, en principio fuertemente vinculados a la cultura política inglesa, y en Francia. Al otro lado del Atlántico, el bicameralismo, las competencias del presidente de la nación y el control judicial de la constitucionalidad de las normas aportaron un sentido a la división de poderes mucho más fuerte del que se dio en Francia –Roberto Blanco Valdés lo ha expresado magníficamente. En la gran Revolución europea, el parlamento unicameral se acabó imponiendo al monarca y perduró el recelo hacia el ejecutivo –tradicionalmente ocupado por el rey- y la judicatura –ocupada por la “nobleza de toga”.

¿Qué importancia tiene todo esto hoy? Creo que el diferente camino de las revoluciones modernas –hasta el recrudecimiento de la seguridad tras el 11 de septiembre- todavía explica la reacción monocorde, unitaria en extremo, con que viene reaccionando una nación envidiable como Francia al problema de la inmigración y, en un extremo actual, la cerrazón ante las minorías gitanas de rumanos y búlgaros. La unidad política de Francia se viene defendiendo “a capa y espada” con mayor virulencia que en un Estado federal como E.E.U.U. Otra cosa es que los atentados hayan justificado un repliegue global a la comprensión de las diversidades culturales en territorios occidentales, ya sea Francia o Estados Unidos. Si el reto de las revoluciones fue la igualdad de derechos –muy escasamente lograda en un principio-, el desafío del siglo XX fue la “política del reconocimiento” (Charles Taylor). En sociedades “collage” como las nuestras, había que buscar un protocolo de entendimiento multicultural más o menos flexible o rígido con las minorías culturales. Un protocolo tolerante y pluralista que ha ido necesariamente en retroceso tras la demostrada vulnerabilidad de occidente a los ataques fundamentalistas. Hasta el 2001, los protocolos de Francia, Inglaterra y Estados Unidos eran diferentes. Ahora se han replegado a favor de la seguridad. Pero, hasta esta fecha, había diferencias notorias en el trato nacional a los inmigrantes. Francia sustituyó el absolutismo dinástico por el valor absoluto de la ciudadanía –una igualdad de todos bajo las leyes sin diferencias culturales. Mientras que en el Reino Unido cada minoría podía recrear sus idiosincrasias culturales y Estados Unidos aseguraba una homogeneidad cultural a la vez que administraba con cuenta gotas la diversidad cultural de las minorías. En cambio, la revolución francesa instauró una fe común basada en el culto a la igualdad de la ciudadanía (Gerd Baumann). La unidad política francesa (sin minorías) fue avanzada por Rousseau cuando señaló que, cuando el Estado está constituido, todos están obligados por la ley y quien no obedece es “como extranjero entre ciudadanos”. Es inconcebible que haya minorías bajo este imperio legal de las mayorías ciudadanas. Estas mayorías, en la Francia revolucionaria, son equiparadas a una voluntad unánime.

Europa, a mayor escala que los Estados nacionales, ha pretendido crear un demos unitario que asentara una Constitución europea en vez de un Tratado de la Unión. Pero viene fracasando. A la vista de los primeros esperanzados, como Jürgen Habermas, y de los cada vez más numeroso euroescépticos, Europa no logra formar un pueblo unido capaz de justificar los sacrificios de los más ricos a favor de los más pobres de los nacionales europeos. Ahora emerge la política alemana como una política fuerte que no mira tanto a Europa como a la salida de la crisis de sus propios nacionales. “¡¡”Ay Europa!!”. Las diferentes culturas, las diversas lenguas, las recientes guerras, las variadas religiones… se oponen a la visión de un demos europeo, incluso a su esperanza. No hay un pueblo europeo con una población de las escalas de la India o de Estados Unidos. Y, mientras tanto, la Constitución europea naufraga. A la vez que el culto francés a la unidad política puede convertirse en un modelo polémico para Europa.

Sería una fatalidad política espantosa que Europa no consiga construir una identidad en un diálogo auténtico entre sus diferentes nacionales, que no superara sus discrepancias, y sí lograra aunar voluntades –las de sus mandatarios y las de sus ciudadanos- en el rechazo de una raza, una cultura, un pueblo: el gitano. Echaríamos por la borda una herencia de derechos humanos que debiéramos acrecentar y no dilapidar. Debemos estar prevenidos a que estas deportaciones no sean ocasionales –Italia antes y ahora Francia apuntan ya a una constante política- y estén basadas en el concreto estado de los papeles de cada ciudadano Vigilemos que Europa no acabe formándose en la execración racial. Porque, entonces, sí podríamos temblar ante la conversión de los gitanos en un nuevo “fantasma que recorre  Europa”, parafraseando a Marx y a sus desvelos por la “clase trabajadora”.

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